No sé vosotros pero yo llevo ya tiempo escuchando tonterías sobre qué sentido tiene el Orgullo LGTB, si ya lo tenemos todos, o lo que más me indigna, como periodista y como lesbiana, lectores que protestan porque usamos las «etiquetas» lesbiana, gay, bisexual, transexual, porque según ellos no es necesaria tanta visibilidad, basta con decir «persona».

Pues no, es que yo soy una mujer lesbiana, y eso me hace diferente a otra persona en vivencias y en posibilidades legales que tengo para conducir mi vida.

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Mi visibilidad y mis etiquetas son muy importantes para poder crear referentes y convertirme en un ejemplo para jóvenes y niños LGTB que aún no entienden lo que les pasa, para homófobos que lo son más por desconocimiento e ignorancia.

¿Por qué seguimos necesitando visibilidad, etiquetas, orgullo? Por ejemplo por él. Un niño de 11 años que vive en Cartagena, una ciudad ubicada en Murcia, donde los partidos de derecha han apoyado el pin parental, o sea que no sea necesario para los niños recibir educación sobre diversidad sexual, un niño que vive en España, en un país donde el matrimonio igualitario es legal desde hace 15 años, donde gays y lesbianas famosos se pasean por los platós de televisión, etcétera.

Pero donde las orientaciones sexuales aún no están normalizadas porque aún mi cabeza no encuentra explicación a que un niño de 11 años reciba una paliza por «maricón».

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Quiero que te lo imagines, tiene 11 años, le gusta jugar con sus juguetes, con el móvil, ver dibujos, coleccionar cromos, los abrazos y los mimos de sus padres. Es simplemente un niño que estaba feliz y orgulloso de comenzar este año una nueva etapa educativa en un instituto, en este caso el Instituto Isaac Peral de su ciudad.

¿Recordáis vuestra emoción y lo mayor que os sentíais? Pues a este niño le duró tres días, porque ya al tercero no quería ir. Un grupo de adolescentes mayores, de 15 años, se metía con él y no quería seguir yendo a las clases.

Sus padres indagaron en el comportamiento del pequeño, que siempre había sido buen alumno, y ahí les contó como lo llamaban maricón, como le decía que lo esperarían a la salida, cómo se burlaban de él en los cambios de clase o en lo recreos. 

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Pero hace 3 días de los insultos se pasó a la agresión física, solo porque al agresor, un chico de 15 años marroquí, le pareció que la víctima era homosexual y tenía que lastimarlo por eso. 

Lo cogió y le dio varios puñetazos que lo dejaron inconsciente. Otra madre tuvo que intervenir para que no le siguiera pegando en el suelo.

“Estoy completamente rota”, admite la madre de la víctima. “Después de la agresión, mi hijo ha vuelto a dormir conmigo porque tiene pesadillas y se despierta asustado: me pide que lo abrace”.

El instituto Isaac Peral ha expulsado durante 15 días al adolescente homófobo e intolerante, pero la familia del niño, que ha tenido que ser ingresado en el hospital, está recogiendo firmas para que no vuelvan a admitirlo.

El agresor no nació siendo homófobo, claro que no. Es lo que ve en su casa, es la educación que ha recibido. ¿Y aún pensamos que la educación sexual y de diversidad no debe ser obligatoria?

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