La igualdad es un bien escaso. Abundar, abundar, solo abunda en los discursos políticos pero, acabado el mitin, la dejan atrás, tirada en el suelo, como una cáscara vacía entre otros restos de la fiesta.

A las personas se nos cataloga por múltiples factores. Cuando, además, se trata de menores, al catálogo se suma la razón de nacimiento. Dime de quién eres y te diré cuánto vales es una norma plenamente vigente.

La mitología ya enseñaba que los hijos de Zeus, dios supremo del Olimpo, no eran como los hijos de los dioses menores, siempre un punto por debajo en la tribuna olímpica. Si en la tierra de los mitos había linajes, en el mundo mortal la estirpe lo condicionaba todo y las diferencias entre una hija legítima y una bastarda suponían que, salvo excepciones, el destino de una fuese honorable, mientras la otra era carne de desprecio toda su vida.

La bastardía ha evolucionado y las legislaciones actuales rechazan discriminar en razón de nacimiento. Pero se discrimina. Los bastardos siguen siendo una dolorosa realidad que, en la Europa del siglo XXI, afecta de modo especial a les hijes, hijas e hijos de las familias LGTBI+. Porque conculcar sus derechos se sigue viendo natural, dado que pertenecen a una familia anormal.

Tomemos la libertad de circulación, un derecho fundamental que, con permiso del COVID2019, debe garantizarse a todos los ciudadanos de la Unión Europea. Y que, especialmente, hay que garantizar para los menores, sea como sea su familia. Lejos de ello, la realidad es que se garantiza solo para ciertos modelos familiares. Las familias LGTBI, al cruzar fronteras, podemos perder la calificación de familia y los menores el estatus de hijos nuestros. Con lo que niñas y niños pueden quedar en desamparo.

VER: Putin busca prohibir por ley a las familias homoparentales

Para tratar de revertir esta situación, NELFA, la Red Europea de Asociaciones de Familias LGBTIQ*, ha dirigido a Helena Dalli, Comisionada de la UE para la Igualdad, una petición insistiendo en proteger un derecho que, hace 16 años, la Unión Europea ya prometía a ciudadanos y familias pero que, aún, no se ha materializado.

De modo individual, los estados tampoco reconocen y protegen la diversidad familiar  y es muy habitual que, por ejemplo, en familias con dos madres, solo se reconozca como tal a la mujer que da a luz y se obligue a la otra a adoptar a su propia hija. Algo que es una discriminación respecto a familias heterosexuales y genera inseguridad jurídica para el menor, porque, pongamos por caso, si la madre legal falleciese antes de completarse la adopción ¿en qué situación quedarían los pequeños y su otra madre?

VER: El gobierno anuncia una nueva ley de diversidad familiar

Se trata de una realidad que hace daño.

Daño a Lauge, un niño nacido en 2015, que tiene dos madres -de dos nacionalidades diferentes-, que se divorciaron un año después de su nacimiento. Pese a eso, fue cuidado por ambas hasta 2017, cuando su madre biológica se mudó con él a su país de origen, Bulgaria, sin conocimiento de su madre danesa. Dado que Bulgaria no reconoce a las madres no biológicas como madres legales, la madre danesa fue borrada del libro de familia y hace casi 3 años que el pequeño no la ha visto.

Daño a Sofía, que lleva casi dos años, toda su vida, esperando ver reconocida su familia.

Sofía tiene dos madres, Sinéad, irlandesa, y Kashka, polaca. Viajaron a España, a un centro de reproducción, para recibir tratamiento y Kashka quedó embarazada. Y decidieron que su hija naciese en España para asegurarse que ambas constasen en el certificado de nacimiento (Familia en la foto de portada)

Hoy Sofía es apátrida. Ni Irlanda ni Polonia reconocen ese certificado y no le conceden la nacionalidad. «Nadie hace preguntas a las parejas heterosexuales cuando sus hijos nacen en el extranjero de un donante anónimo», cuenta Sinéad, mientras escucha voces que justifican el maltrato a su hija como el justo castigo a su delito, a emigrar buscando otras leyes. El justo castigo por querer saltarse la legislación de su país.

Daño a Valentin, un pequeño francés nacido en 2019 por gestación subrogada, al que el Estado le niega que tenga dos padres, Christophe y Ghislain.

Como Sofía, tiene una filiación legalmente establecida y, como Lauge, su país solo reconoce la paternidad del padre biológico y obliga al otro a adoptar. Cuentan sus padres que «pedirle a un padre que adopte a su propio hijo es extremadamente humillante», además, si alguna desgracia les sucediera, Valentin se convertiría en pupilo del Estado, en un paria al que sus abuelos ni podrían cuidar.

Somos muchas las personas LGTBI que nos desplazamos a otros estados para fundar nuestra familia. Y, al regresar, vivimos el mismo calvario. En Francia, como en España, hay padres intentando adoptar a sus propios hijos y viendo cómo, más de una vez, se les deniega esa adopción -que es juez dependiente-, mientras por detrás se escuchan las voces de siempre diciendo que es el justo castigo a su delito, a emigrar buscando otras leyes. El justo castigo por querer saltarse la legislación de su país.

VER: Esta pareja de lesbianas adopta a 3 hermanos para que no los separen

La sabiduría popular es tajante: siempre ha habido clases. Pero duele.

Duele saber que, cual hijos de un dios menor, las niñas y niños y niñes de las familias LGTBI+ son discriminados. Duele saber que la política no está dispuesta a dar el mismo trato a todas las familias. Que inseminación, adopción, gestación subrogada, método ropa, homoparentalidad, transparentalidad… son elementos que sirven para discriminar, para criminalizar.

A nosotras, a nosotros, padres y madres, nos toca pelear. Por su futuro. Por dejarles un mundo mejor y más respetuoso.

A nosotres nos toca cambiar el siempre ha habido clases por el Todas las Familias Somos Iguales.

También te puede interesar

loading...

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.