Tenía 11 años la primera vez que un hombre puso las manos sobre mi pecho. Y lo más irónico es que ni siquiera tenía tetas. Apenas dos bultitos diminutos que mi madre quiso proteger con un pequeño sujetador que tenía una mariposa bordada.

Pero un sujetador no podía protegerme de la violencia machista. Porque después de ese hombre, con el que estaba emparentada políticamente, vino un profesor del colegio y después uno de la universidad. Cada vez que sufría un episodio de acoso sexual curiosamente volvía a ser una niña de 11 años, asustada. Sin saber cómo reaccionar o defenderme.

Mi familia, muy conservadora, nunca me habló de sexualidad ni de sexo. Ni de deseo, orientación, identidad de género, límites, acoso. Nunca me empoderaron. ¿Y sabéis qué? No cambiaría a mi familia por nada. La amo. Pero si me hubiera gustado aprender en el colegio sobre todos esos temas que deberían estar al alcance de todas las niñas y niños, de todos, y no sujetas a las creencias de sus familiares y tutores.

Tampoco fue fácil «descubrir» que yo era lesbiana. Tuve varios novios a los que llegaba a querer como a mis mejores amigos, pero con los que no lograba sentir de esa manera en que sentían mis amigas. A esta altura podéis imaginar que nunca se había hablado en mi ambiente de homosexualidad, y menos de lesbianismo, que es más invisible aún.

Fue a los 23 años y casi por casualidad que besé a una mujer. Y ahí todo cambió. ¿Cómo habría sido mi vida y la de dos compañeras del cole que son lesbianas también si hubiéramos escuchado una clase sobre diversidad sexual? Una de ellas tardó muchos años en aceptarse y pasó etapas muy dolorosas por sentirse rara, por sentirse enferma.

Ahora soy una mujer lesbiana, activista y empoderada. He educado a mi familia y vivo con libertad y felicidad mi vida. Pero la persona que más me importa en el mundo está recién empezando su camino. Se llama Lucas y es mi hijo de dos años.

En septiembre dará un paso muy importante: entrará al cole. Aprenderá como funciona el mundo en términos matemáticos, biológicos, literarios, físicos. Pero eso no es suficiente.

Mi hijo es mi hijo, pero no me pertenece. Él es una persona que tiene derechos básicos. Y uno de ellos es crecer informado sobre las trampas que el patriarcado ha construido sobre lo que es «ser hombre» y «ser mujer», conocer y respetar la diversidad sexual y la identidad de género. Yo quiero que mi hijo conozca su cuerpo, sepa detectar y defenderse de un abuso, aprenda de consentimiento, de que solo sí es sí, y no lo que dicen las películas y canciones.º Quiero que nuestra familia esté blindada de los discursos de odio que últimamente proliferan en los espacios políticos. Y eso solo se logra con la educación.

La estabilidad e integridad de nuestras familias y nuestros afectos no puede depender del ánimo o creencia de los padres de los niños que se están educando hoy.

En Quebec es obligatorio que los niños de 5 años comiencen a aprender de diversidad y distintos tipos de familia. En Gales acaba de prohibirse el veto parental. Los padres no tendrán derecho de retirar a los niños de las clases donde se eduque en estos temas. ¿Y por qué? Porque han entendido que los niños sí o si deben tener toda la información que les permita conocer sus derechos y los de los demás. Y, por supuesto, respetarlos.

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2 Respuestas

  1. feminiateo

    El pin parental es reflejo de un modo cristiano de ver la vida. Desarrollemos una nueva religión atea/agnóstica que se base en valores como la igualdad y la no discriminación. Lo explico más en infinito5.home.blog

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