Suena el teléfono y la mujer responde rápidamente.

-Dígame

-Hola, Mamá, soy Luis, ¿cómo estás?

-¡Hijo! Bien, bien, estoy bien, ¿qué tal tú?

-Bien. Mira mamá, te quería decir una cosa…

-Dime, hijo, dime

-Mamá, soy gay

-Ahhhhh…eehhh…vaya… bueno, puesss, bien, hijo, bien, bien (¿cómo le digo yo esto a su padre?)

-Y otra cosa, mamá

-¿Otra?

-Sí, mamá, que tengo pareja, se llama Andrés

-¿Andrés? ¡Uy, qué bonito! Bueno, pues bien, hijo, bien (¿Andrés???)

-Y algo más, mamá. Queremos ir al pueblo. Los dos.

-Los dos, claro, hijo, claro. Los dos, pero… ¿juntos?

-Sí, mamá y he pensado quedarnos en casa

-¿Los dos? ¿En casa? Pero, hijo, es que hay poco sitio y…

-Sí, mamá, lo sé. Pero he pensado que papá duerma en la cama de la nena, la nena en el sofá, nosotros en vuestra cama y tú…

-No, hijo, no. Por mi no te preocupes, que yo, en cuanto cuelgue el teléfono, me caigo muerta.

Cuando se habla de familias LGTB+, se suele pensar únicamente en parejas homoparentales con hijos y orgullosas de su modelo familiar. Son familias LGTB+ construidas así desde el inicio. Pero en realidad son más, muchas más, las familias que tiene que hacer un tránsito y reconstruirse, las que entran en esta clasificación desde la heteronormatividad cuando uno o más de sus hijos, un día cualquiera, sale del armario.

Salida que no suele ser sencilla, por desgracia, pese a los cambios sociales. Ni para quien sale ni para quienes, en cuestión de segundos, ven como muta su “vida familiar normal”. Esas familias están ahí y necesitan ser reconocidas. Porque para muchas de ellas el camino no es fácil y precisarán ayuda.

El espectro de reacción familiar a un armario abierto es muy amplio. Desde madres y padres que abrazan al hijo o hija y no piden mas que felicidad, hasta los que, sin el menor rastro de amor, los echan de casa tildándolos de vergüenza para la familia o al grito de ¡no eres hij* mío, mía! aderezado con maricón, bollera u otros aditamentos según se tercie.

Entre ambas posturas, una gran mayoría se sienta, reflexiona y comienza a reasumir conceptos, cambiar ideas, modificar futuros y redecorar su vida. Con frecuencia pagando algún peaje emocional.

Hace unos días fui a una reunión en la sede del Programa LGTBI de la Comunidad de Madrid. Se trataba de hablar ante un grupo de madres (padres esa tarde solo uno, pero otros días suele ir alguno más). Cuatro personas acudimos para hablarles de nuestras familias. Familias gais y familias lesbianas. Dos mujeres y dos hombres con historias diferentes, trayectorias diferentes y un hecho en común: todos  teníamos hijas e hijos. Éramos familias homoparentales con niñas, con niños llegados al mundo por diversas vías.

Las madres comenzaron contando sus reacciones, sus experiencias, sus temores, sus vivencias aquel día -y los siguientes- en que su hija dijo “soy lesbiana” o su hijo afirmó “soy gay”. Luego hablamos nosotros y, finalmente, se estableció el dialogo. Hubo de todo. Risas, alguna lágrima, preguntas. Dolores viejos. Miedos nuevos. Ideas preconcebidas rotas una y otra vez, ansias por aprender, por entender, por narrarse a sí mismas.

Una de ellas confesaba creer que tenía muy normalizado el hecho de que hubiese hombres gais. Hasta que le tocó a ella. Y todo giró. Y descubrió que no sabía nada de homosexualidad y que una cosa es decir que ser gay está bien y otra convertirse en la madre de un gay.

Cuando íbamos de salida, otra se acercó y comentó que nunca había pensado en tener nietos. Hasta que su único hijo le dijo que era homosexual. Aquella noche dijo a su marido que nunca serían abuelos. Y pasó las horas siguientes rumiando esa idea. Pero hoy…bueno, juraría que se fue, calle Alcalá abajo, con otro brillo en la mirada, con otra óptica sobre sus futuribles.

Vendrá un mañana en que no harán falta estos grupos, estos apoyos, porque nadie se detendrá a pensar que ser homo, hetero, trans, etc. clasifica a las personas. Pero, en el hoy, saber que se puede recurrir a ellos y encontrar voces amigas, es importante.

Personalmente, me emocionó ver a ese grupo de mujeres, a las que un día el corazón les dio un vuelco, mirando de frente y desnudando el alma. Y me dolió ver la ausencia de hombres. El ser “hombre” sigue pesando. Pesa como una losa y a muchos no les deja descubrir que el cariño no tiene nada que ver con sexo, género, edad, ni ninguna otra cosa y que un hijo, una hija es un don ¡tan maravilloso! que no hay nada en el mundo que justifique perderse su amor. Ojalá lo descubran antes de que sea tarde… o al menos antes de que una criatura les grite en medio de la calle: ¡abuelooo!!

Sí, hay mas familias LGTB+ de las que pensamos y mirarlas, reconocerlas y hablarles es otra forma de luchar contra la LGTBfobia, de vencer la ignorancia, el miedo, el dolor.

Otra forma de decir SÍ a la vida.

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