«Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada» (Edmund Burke)

El pasado 17 de agosto Le Monde publicaba una tribuna en la que se reclamaba al gobierno polaco el cese de sus ataques a las minorías sexuales.

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El texto está rubricado por un grupo de 70 personalidades del mundo de la literatura, el cine o la filosofía, entre los que se encuentran Isabel Coixet, Paul Auster, Judith Butler, Sophie Calle, Isabelle Huppert, Margaret Atwood, Pedro Almodovar, Alía Trabuco, etc. La petición se ha trasladado también a la Unión Europea.

El detonante han sido los hechos acaecidos el 7 de agosto en Varsovia, cuando cuarenta y ocho activistas LGTB+ fueron arrestados, algunos de ellos brutalmente, con el argumento de que habían participado en una reunión ilegal y violenta. Dos días después miles de personas protestaron, en toda Polonia, contra la violencia policial y contra la detención de la activista trans Malgorzata Szutowicz, «Margot«, y sus compañeros.

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Lo sucedido no es más que el último episodio de un largo historial de LGTBfobia que el recién elegido presidente, Andrzej Duda, aviva al asegurar que «ser LGBT no es ser gente, es una ideología», por lo que hay que evitar la «propagación de la ideología LGBT en las instituciones públicas». Su primer ministro, Mateusz Morawiecki, no le va a la zaga y se muestra a favor de la creación de «centros de rehabilitación» para «tratar» a las personas LGBTQ+.

La instauración de las llamadas zonas libres de LGBT, que suman ya más de 100 municipios y regiones; las homilías del arzobispo de Cracovia, que considera a las personas LGBTI una «plaga arco iris» o la aparición de carteles en los que se puede leer que los «homosexuales preparan a la sociedad para aceptar la pedofilia», van en la misma línea de pensamiento y cuentan con el visto bueno de la oficialidad.

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Pese a todo, las agresiones físicas y verbales no han conseguido imponer el miedo. Al contrario. Los símbolos LGTB  han trascendido y pasado a ser emblema de la lucha por los derechos y las libertades de todos, como se evidenció cuando las diputadas de la oposición acudieron, a la apertura de la actual legislatura, componiendo con sus vestidos la bandera arcoiris.

La Unión Europea, por su parte, ha sancionado a seis ciudades polacas por su manifiesto rechazo a homosexuales, personas trans e intersexuales, de modo que no recibirán ayudas europeas en el marco de los programas de hermanamiento.

El posicionamiento de la sociedad civil internacional, representado en la tribuna de Le Monde, es importante y valiente.

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Importante por denunciar «la represión dirigida contra la comunidad LGBT+ (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero y todos los demás) en Polonia».

Valiente por señalar la razón fundamental del crecimiento del odio. «Los ataques homofóbicos están aumentando en Polonia porque son tolerados por el partido gobernante».

Esa es la realidad. Una realidad que históricamente hemos visto muchas veces. Porque, cuando algún tipo de odio se acerca al poder, las persecuciones son la norma. Cristianos, científicos, judíos, negros, homosexuales, libertarios… han sido perseguidos por gobiernos de toda época y condición.

Ahora el odio florece en Polonia. Pero no sólo en Polonia.

España se ha apuntado también al discurso del odio hacia el colectivo LGTBIQ+. Odio especialmente dirigido hacia las personas trans y generosamente repartido a través de sínodos, foros diversos, encuentros variopintos y redes sociales.

Se dice que quien siembra vientos, cosecha tempestades y la siembra de ese odio está dando abundantes frutos. Las agresiones en Girona, Alicante, Córdoba, Asturias, Zaragoza, Álava… son ejemplo de lo que aquí está sucediendo.

Y, al igual que en el país centroeuropeo, los ataques están aumentando «porque son tolerados por el partido gobernante». Tolerados, cuando no apoyados, pues no otra explicación tiene encontrar documentos firmados por miembros del Gobierno que institucionalizan la transfobia.

En España, como en otras naciones occidentales, el maridaje de ideologías totalitarias, entre derechas e izquierdas, está generalizando un mismo mensaje de rechazo a lo diverso.

Usan justificaciones diferentes, pero tienen el mismo objetivo. Dicen hablar en nombre de la libertad, de la familia o de la mujer, pero pretenden definir la vida de los otros.

En Polonia serán zonas libres de LGTB.

En España serán zonas libres de trans, o libres de malas y malos homosexuales o, siempre igual, libres de quienes se nieguen a comulgar con la doctrina oficial.

Como individuos y como sociedad debemos adoptar un posicionamiento tan claro y valiente como el tomado ante el gobierno polaco. Hoy. Porque mañana puede ser tarde.

Porque el odio no tiene límite.
Porque el hostigamiento a las personas trans es sólo el primer paso.
Porque «Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada»

(Martin Niemöller. Versión del poema en el New England Holocaust Memorial).

2 Respuestas

  1. feminiateo

    Es horrible lo que pasa en Polonia. Ante la LGTBfobia, tenemos que construir movimientos más fuertes, donde la gente se relacione de una manera más estrecha y para ello tenemos que dejar atrás esa época de individualismo exacerbado de la que venimos. Son muy positivas también las alianzas con los feminismos. Las personas que no respondemos a lo que el heteropatriarcado esperaría de nosotras tenemos que estar más organizadas, al menos tanto como la gente conservadora, que se reúne un rato todos los fines de semana en sus templos. En torno a una nueva religión atea/agnóstica, no dogmática, feminista, antirracista, ecologista y aliada de los movimientos LGTBIQ, lo conseguiríamos, y seguramente se formarían muchas comunidades. En infinito5.home.blog escribo sobre ella.

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