Popularmente, siempre se ha considerado a la Factoría Disney como la gran culpable de las desmesuradas expectativas románticas que las mujeres del siglo XX han albergado con respecto al amor. Sin embargo, profundizando un poco en el asunto, podríamos decir que las perspectivas creadas por príncipes azules y demás son el más evidente (el menos sutil) perjuicio de entre otros mucho más cruciales y subrepticios que han recaído sobre el género femenino. Hay un fragmento perteneciente a Un cuarto propio (Virginia Woolf, 1929), que ilustra muy bien lo que quiero decir y además es perfectamente aplicable al cine de animación Disney:

“Todas esas relaciones entre mujeres, pensé, recorriendo rápidamente la espléndida galería de mujeres ficticias, son demasiado simples. Se ha excluido tanto. Traté de recordar algún caso (…) en el que hubiera dos mujeres presentadas como amigas. (…) Hay de vez en cuando madres e hijas. Pero casi sin excepción se las ve en su relación con los hombres (…) y qué pequeña parte es esa en la vida de la mujer. (…) Supongan, por ejemplo, que los hombres solo figuraban (en la ficción) como amantes de las mujeres, nunca como amigos de los hombres, soldados, pensadores, soñadores. (…) La ficción se empobrecería de un modo increíble, como ya ha sido empobrecida incalculablemente por las puertas cerradas a las mujeres. “

mirales.esHe ahí el gran quid de la cuestión: nuestras mentes de niñas habrían crecido fatalmente empobrecidas respecto a las relaciones con nuestro propio sexo, si la única fuente de información hubieran sido las películas Disney que veíamos. Es una manera de simplificarnos. Es una manera de reducirnos, como bien dice Virginia Woolf, a meros acólitos de los hombres. ¿Y cuántos ardides más, cuántas tretas más hacen falta para seguir diluyendo la identidad femenina, para que carezca de patrones íntegros donde apoyarse y fortalecerse?

Vamos a realizar un pequeño gran paseo por la cronología Disney para desmenuzar punto por punto todo lo que nos concierne como mujeres. Vamos a poner especial atención en cómo han evolucionado esas relaciones entre mujeres, que normalmente avanzaban con el lento paso del cambio socio-cultural.

El debut de la primera princesa Disney se produjo en 1937 con la aparición de Blancanieves. Para ser del todo justas, debemos señalar que Blancanieves no es en absoluto una mujer: es una niña, y se nos presenta en un contexto bastante precario. No hay referencia al padre ni muchísimo menos a la madre, sólo cuenta con la “custodia” de una madrastra cuyo papel va a constituir uno de los ejes narrativos más socorridos de las primeras películas Disney. Pero, ¿no habíamos señalado y criticado que en dichas historias no se ilustraban relaciones entre mujeres? Pues sí: de hecho, esta es la única que se ilustra, y es de naturaleza tan insultante que reduce todo el contacto posible entre féminas a sentimientos como la envidia, los celos y la competitividad. Lo siento, chicas: lo único que podemos sentir las unas por las otras es un instinto irrefrenable de matarnos para conseguir ser las más guapas, las que cantan mejor y/o las que consiguen al príncipe. Que se lo digan si no a La Cenicienta o a La Bella durmiente (analizaremos sus casos más adelante). mirales.esDe todas las villanas Disney, el caso de la madrastra de Blancanieves es posiblemente el más sangrante: no es solo que la tía sea mala, malísima a rabiar, sino que vive tan obsesionada con ser la más hermosa del reino que está dispuesta a cargarse a la pobre niña. Lo deja bien claro desde el principio, mientras Blancanieves se dedica a cantarle a un pozo (sí, sí, a un pozo) para que le traiga al amor de sus sueños. Pero oye: ipso facto. Al minuto lo tiene ahí, entonando con una voz de barítono que alucinas y enamorado hasta las trancas de ella. Si lo llego a saber me compro un pozo y me dejo de cambios de acera inoportunos.
En fin, que la chiquilla se ve obligada a marcharse porque la reina se la quiere quitar de en medio (la escena de la huida por el bosque es la más impactante de la peli, con paranoia incluida), y acaba refugiándose en la cabaña de los siete enanitos. Lo primero que hace (no mintáis, en realidad es lo primero que haríamos todas) es reparar en lo alarmantemente sucio que está todo y concluir que, si lo limpia, tal vez la dejen quedarse con ellos. Y, por mucho que los enanitos hayan gozado de una histórica fama de entrañables, entre ellos se encuentra Gruñón, el personaje más resentido y más explícitamente machista de toda la saga Disney. mirales.esEl caso es que pese a todos sus esfuerzos la madrastra termina dando con ella, y persuadiéndola de probar la famosa manzana que la sume en un coma reversible únicamente por medio de un beso de amor. Entonces aparece él, muy oportunamente, para despertarla y llevársela a un castillo que surge de entre las nubes cual epifanía. Este hecho, aparentemente puntual, tiene su explicación antropológica: la mayoría de princesas Disney están desesperadas por encontrar al hombre de sus sueños porque, desgraciadamente, hasta no hace mucho ese era el único medio de emancipación que se consentía a las mujeres. La alternativa era permanecer bajo la sempiterna custodia de su familia y sufrir el consiguiente ensañamiento social, cebado en particular con las llamadas “solteronas”.

mirales.esLa siguiente princesa de nuestra lista es La Cenicienta, estrenada en 1950. Como se ha indicado anteriormente, la premisa resulta muy parecida a la de Blancanieves, pero al menos aquí se molestan en introducir un pasado para la chica. Por supuesto ni palabra de su madre, pero sí de un padre que tuvo el desacierto de casarse en segundas nupcias con una mujer envidiosa (repito, no hay variantes) que además venía acompañada de dos niñas de su misma calaña (a falta de una, tres). La pobre Cenicienta crece rodeada de abusos y humillaciones, hasta el punto de quedar relegada al papel de sirvienta (es cierto que la cargan de tareas domésticas, pero el pretexto es la imposición de la madrastra sobre ella, no es algo arbitrario como en Blancanieves). A favor de Cenicienta, hay que decir que tiene un carácter mucho más definido que el de su predecesora: se revela contra las injusticias e intenta descubrir su lugar en el mundo, aunque asociándolo de nuevo a encontrar el amor de un príncipe. Como hito principal de la historia, señalar que se introduce el primer personaje femenino con influencia positiva: el hada madrina. Parece que fuera necesario recurrir a la magia para que una mujer encuentre apoyo fuera de sí misma (al margen, claro está, de los pajarillos cantores que aquí vuelven a aparecer como melodioso acompañamiento de la protagonista). Continúa también el concepto de amor a primera vista: el príncipe convoca un baile al que asistirán todas las damas casaderas del reino para así poder escoger a la que más le guste (muy equitativo todo) y, por supuesto, terminar escogiendo a nuestra Cenicienta.

mirales.esEn La Bella Durmiente (1959) es la primera vez que la princesa tiene madre y padre, aunque para el papel que desempeñan es como si no los tuviera. Al margen de esta, Aurora (que así es como se llama) posee otra ventaja evidente con respecto a las anteriores: no se tiene que molestar en buscar al príncipe de sus sueños porque la comprometen con él cuando apenas acaba de nacer. ¡Hurra! Y no solo eso, sino que además cuenta con el amparo de tres hadas madrinas que la bendicen con unos dones de lo más originales. ¿A que no adivináis cuáles son? Exacto: una belleza de infarto, una voz impresionante (como se ha visto, las princesas Disney bien podrían haberse dedicado a protagonizar musicales en Broadway) y me da que el tercero habría sido una capacidad especial para comunicarse con los animales (fundamentalmente con los pájaros) si no llega a ser porque la despechada Maléfica apareció justo a tiempo de evitarlo. mirales.esEsta es la primera vez que la villana no posee un motivo personal contra la protagonista, sino que tiene más que ver con su propia vanidad y el agravio con que la ofendieron los padres de Aurora (esta premisa se repetirá en La Sirenita, como veremos más adelante). A modo de represalia, lanza una maldición contra la niña que la condena a morir antes de los dieciséis años tras pincharse el dedo con el huso de una rueca. Sí, tal cual: con el huso de una rueca. No hay un arma más letal con la que matarse que un instrumento de costura. ¿Por qué será que no me sorprende? ¿Ni siquiera para morir podemos exceder los límites de lo doméstico? Por tratar de evitar este fatídico destino, las tres hadas la conducen a una cabaña en el bosque y la educan como si fuera una campesina. Pero, una vez más, cuando crece su única ambición es encontrar al hombre ideal: Maléfica intentará truncar su sueño para consumar la venganza, aunque el primer beso de amor volverá a estar ahí para redimirla.

mirales.esCon La Sirenita (1989) el factor de la voz en la protagonista se vuelve tan relevante que por fin la vemos perteneciendo a un coro musical (¡después de tanto talento desperdiciado!), aprovechando la leyenda de fatales seductoras que estas criaturas marinas llevan tras de sí. Quizá porque se estrenó treinta años después que La Bella Durmiente, por primera vez la protagonista tiene una personalidad distinta de la tan trillada princesa que sueña con un príncipe salvador. Esa inquietud queda sustituida por la curiosidad hacia el mundo humano, por una ambición de salir fuera del agua que perfectamente puede interpretarse como una metáfora de la libertad. Otra vez encontramos la ausencia de la madre y la presencia de la villana, que de nuevo carece de motivos personales contra ella pero quiere vengarse de su padre. Excepto en el caso de Blancanieves (y tal vez La Cenicienta), hay que decir que todas las antagonistas podrían haber sido hombres al no haber una justificación argumental ineludible y relacionada con el sexo de la princesa: muy poco habría cambiado si Maléfica o Úrsula hubieran sido personajes masculinos.

mirales.esEn esta historia es Ariel quien ve al príncipe primero, quedando prendada de su atractivo; es ella quien toma la iniciativa y, encontrándose con la oposición de su padre, recurre a Úrsula para que la transforme en humana. Aunque persiste la premisa de amor a primera vista, en esta ocasión los tortolitos sí que pasan algo de tiempo juntos para justificar su enamoramiento. Pero él debe besarla antes del tercer día (seducción express) para que la metamorfosis sea definitiva y por primera vez se muestra reacio a hacerlo: tal vez porque la princesa no se encuentra sumida en ningún tipo de coma profundo. Después de algunos giros escabrosos todo sale bien y logran casarse, no sin que antes ella se haya reconciliado con su padre (¿dónde demonios está mamá?).

Y hasta aquí llega la primera parte de este pequeño gran paseo. Hay que sentarse en el margen del camino y reflexionar porque, como veis, esa “pequeña parte en la vida de una mujer” que constituye su relación con los hombres se ha convertido (por alguna razón) en una gran parte. En una parte inmensa, algo más que desproporcionada. ¿No tenéis la extraña sensación de que alguien está escandalosamente interesado en convencernos de que las relaciones entre mujeres, si no es con el objetivo de machacarnos unas a otras, carecen de sentido hasta el punto de desaparecer de la Historia? Como se ha dicho alguna vez, no hay manera más eficaz de someter a alguien que aislarlo por completo de los suyos. ¿Podéis esperar para saber cuántas películas hacen falta para salir de ese aislamiento?

Inma Miralles

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