Leo en Euforia Familias Trans–Aliadas una frase demoledora: “En memoria de Edu”.

Edu ha muerto. Busco en la prensa y sí, ahí está la noticia. Los titulares hablan de suicidio, investigación… mientras ella se desdibuja entre las letras. “La Guardia Civil y el Juzgado de Instrucción número 3 de Llíria investigan si el acoso y las burlas han sido el detonante para que una joven transexual de Llíria se quitase la vida el pasado miércoles por la tarde.”

Edu no era un titular. Tenía carne y huesos, sueños y esperanzas. Como seguro que también dudas y miedos. Porque cuando se tienen 18 años hay de todo eso y más. Porque la adolescencia nunca es fácil. Mucho menos si te sientes marcada. Mucho menos si, por los pasillos del insti, las miradas, las medias sonrisas, los murmullos te persiguen como parte de tu sombra; mucho más si temes girar cualquier esquina por si tras ella te embisten los gritos de ¡maricón! ¡bollera! ¡subnormal! ¡enferma!…

Ekai, Alan, Thalía,… Edu.

Torno a escribir sobre la muerte de una persona trans. Y es como la primera vez. El mismo dolor, la misma impotencia, el mismo desarraigo de una sociedad que sigue sin ver, sin entender, sin amar.

No te conocí. Las noticias me cuentan que te gustaba bailar y subir a las redes sociales videos y fotos cantando canciones de tus artistas favoritos. Un inocente pasatiempo que era objeto de burlas, de estigma. Te gustaba “La Voz” y es fácil imaginar que, al acostarte, después de otro día agotador afrontando odiadores, tu mente fantasearía con un plató donde recibir, para variar, cariño y piropos y aplausos.

Ahora tu voz ha quedado muda. Para siempre. No habrá más Edu cantando desde el recuadro multicolor de Instagram. Si se calla el cantor calla la vida, y tu vida calló para siempre un 29 de octubre, dejando detrás, muertas de espanto, la esperanza, la luz y la alegría. ¿Quién, Edu, quién nos va a cantar ahora?

Vuelvo a preguntarme cómo es posible, cómo este reguero de angustia y muerte de niñas y niños y niñes no cesa. ¿Cuánto dolor hace falta para cambiar las leyes? ¿Cuánto para cambiar la sociedad y sus ojos, ciegos a vuestra existencia?

Cuándo entenderán todos, todos, ¡TODOS!, que Edu podríamos haber sido cualquiera. Que podría haber sido mi hija o tu hija, mi hermana o tu hermana. Que hay que actuar. Por ella. Por nosotros. Por todas y todos y todes.

No podemos ignorar tu muerte Edu. Tu vida y tu adiós deben ser un aldabonazo en la mente colectiva. Mucho más ahora que el odio crece por todas partes. Porque la transfobia es odio y el odio no tiene ni religión ni ideología, solo odia y, por eso, se escucha el mismo discurso a un lado y otro del espectro político. Por eso lideresas socialistas, como Amelia Valcárcel o Alicia Miyares, coinciden con lideresas de la ultraderecha, como Rocío Monasterio o Alicia Rubio, en negar que las mujeres trans seáis mujeres. Pero lo sois, ¡claro que lo sois!!

Frente a la transfobia tenemos que alzarnos y hacer. Porque hay un montón de cosas por hacer. Grandes, como una Ley Trans estatal e integral, y sencillas pero que aportan mucho. Cosas tan simples como tratar a los jóvenes trans con el nombre correspondiente a su identidad de género, tan simples como dejar que se definan. Tan simples como preguntarles que quieren, qué esperan. Tan simples como no callar ante el acoso a una compañera, a un amigo, a une vecine, a… nadie. Tan simple como enseñar en las escuelas que somos iguales en la diversidad.

Dice la prensa que te quitaste la vida. No. No ha sido suicidio.

Edu, te mató el odio. Y la indiferencia. La de todos. La de esta sociedad que, día tras día, justificándose en que ha de velar por todes, amparándose en que sabe mejor que vosotres lo que os conviene, pretende deciros cómo vivir, qué sentir o cómo amar. E incluso, si la dejamos, con qué ojos es lícito mirar las puestas de sol.

Esas rojas puestas de sol, de este otoño claro, que tú ya nunca más verás.

Un beso, Edu.

Aunque para ti -y para mí- llegue tarde.

Si se calla el cantor, calla la vida,
porque la vida misma es toda un canto.

Si se calla el cantor, muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría.

(Horacio Guarany)

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