Luces de colores han ido ataviando calles, casas, balcones. El rito eterno ha vuelto. Es el fin de lo viejo, el retoñar de lo nuevo. Entre papelillos y espumillones, risas y abrazos, gritos y copas, le diremos adiós a este 2014 y esperaremos, con todos los sueños en la mano, a 2015.

Atrás quedan muchas cosas, buenas y malas, que es de lo que está hecha la vida.

No es posible hablar aquí de todo lo acontecido; ni todo tiene el mismo protagonismo para cada uno de nosotros. Personalmente, tengo que celebrar dos sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que suponen un espaldarazo formidable al reconocimiento y la normalización de la gestación subrogada. Espaldarazo que ha ratificado el Ministerio de Justicia, desechando una sentencia de nuestro TS, esa que pretendía que dos niños valencianos cambiasen de padres, como si padres o hijos fuesen traje de temporada, cromos que se canjean.

Bien cierto es, sin embargo, que Francia, el país condenado por el Tribunal de Estrasburgo, ha hecho oídos sordos y continúa sin reconocer los derechos de los menores, pese a lo ordenado por la justicia. Hay más de 2000 niños franceses esperando ser tratados con la dignidad que merecen.

Esto, esta actitud de un Estado que fue referente de libertad e igualdad, refleja, mejor que otros hechos, los claroscuros con los que 2014 se despide.

Lo que se gana en los tribunales, en la calle, en la lucha diaria con el entorno cuesta mucho lograr que se vea reconocido por personas, y personajes, que de la discriminación, del maltrato al diferente hacen bandera y orgullo cuando no es más que miseria y estupidez.

No sabría decir qué ha predominado en estos doce meses, si lo dulce o lo amargo.

Dulce es que el matrimonio igualitario se haya extendido. Si en el 2013 se legalizaba en Nueva Zelanda, Uruguay o Francia, este año se han añadido Luxemburgo y Finlandia. El ascenso ha sido imparable en Estados Unidos, donde ya es posible en 24 de sus estados, más el Distrito de Columbia. Y progresa en Brasil.

Al otro lado, Rusia, con una ley amarga que se ha ejercido en 2014 con violencia, con crueldad. Una ley que protege a los torturadores, desprecia al torturado y, cómo no, impide la adopción de niños rusos por personas homosexuales. Y nuestro Gobierno, en vez de presionar y pelear, aceptaba, hace unos meses, esa situación. La adopción nacional es marginal y la internacional está cerrada para nuestras familias. Es pura segregación.

En España, Cataluña aprueba en el Parlament una Ley contra la Homofobia y Extremadura se apresta a ello. El Vaticano empieza a pensar que tal vez tengan que cambiar sus definiciones. Uganda criminaliza por ley las relaciones homosexuales. En 38 países de África, las relaciones homosexuales continúan siendo un crimen. La homofobia institucional potenciando y nutriendo a la individual.

Más allá de la consideración de delito, las agresiones homófobas se erigen como auténtica plaga mundial, de la que ningún país está libre y a las que no se presta ni la atención ni la prevención adecuada. La homofobia ha matado, este año al menos a 216 personas en Brasil. Perú, Honduras, México… Son países donde la vida de una persona homosexual está en peligro.

Los homófobos se sienten con derecho a vejar, cuando no asesinar, mientras los estados, las leyes y el miedo social les permiten moverse con impunidad.

¡¡De la Europa de los estados nación a la Europa de los maricas!! ¡¡El Primer Ministro de Luxemburgo se comprometió con su amado!!”. Era el mensaje que el 27 de agosto lanzaba al mundo el diputado griego Nikos Nikolopoulos.

Aunque tampoco hay que ir tan lejos para encontrar discursos similares. El Tribunal Constitucional avalaba el matrimonio igualitario a finales de 2012, lo que no ha impedido a D. Oscar Ramírez, concejal del PP en Barcelona, negarse, a mediados de octubre, a casar a una pareja de lesbianas.

El concejal del PP del Ayuntamiento de Valencia, Silvestre Senent, afirmaba que “Yo no me fijo en eso, yo no tengo esas desviaciones“, refiriéndose a la homosexualidad. Como muestrario de incultura, la frase es redonda.

“¡Fuera de aquí, maricones!” fue el grito que escucharon dos hombres, a finales de septiembre en Madrid. “A mi pareja le rompieron la nariz; yo tengo contusiones por todo el cuerpo”, narraba Miguel, fácil es entender que con el alma también contusionada.

“Maricón”. “Bollera”. “Anormales”. Las palabras les llegaron a dos adolescentes, en Murcia, antes de ser agredidos a pedradas.

Es el propio Ministerio del Interior quien revela que, de los llamados “delitos de odio”, las agresiones por la orientación y la identidad sexual son las mayoritarias, por delante de motivaciones racistas u otras. Dato que nos habla de una filosofía de vida que pervive en una parte de la sociedad española. Dato frío que se narra de puertas afuera. El ministerio acaba de presentar un nuevo protocolo de actuación policial, para estos casos, que establece qué se debe recopilar e incorporar al atestado policial. Se quiere visibilizar los delitos de odio y poner el foco de atención en las victimas. Y… ¿ya está? ¿Un protocolo? ¿Para cuándo un ministro dando una rueda de prensa diciendo que las diferentes orientaciones sexuales son todas ellas normales; diciendo que el trastorno, la desviación, se llama homofobia? ¿Para cuándo una Ley Integral contra la Homofobia de carácter nacional? ¿Para cuándo una educación en la escuela, en TODAS las escuelas, contra los delitos de odio? Este Protocolo no hace prevención del delito, lo visibiliza, sí, mas no lo combate.  No corrige el mal en su base, en su origen, sólo sus manifestaciones. En pleno 2014 estos pastiches hipócritas son ignominiosos.

Falta educación en los Derechos Humanos. Una carencia que se muestra cuando se expulsa a dos chicos de una hamburguesería por besarse y dar “mal ejemplo” a los niños, mientras nada se habría dicho al ver una pareja heterosexual en la misma actitud. La incultura ignora algo elemental: el respeto. Ese que exigen quienes no lo ofrecen a los demás.

El yin y el yan han ido salpimentando los meses. Los Reyes se reunieron, ¡por fin!, con colectivos homosexuales. Un colegio rechazó a Rodrigo por ser hijo de dos hombres y la Audiencia de Sevilla aprecia, en este 2014, indicios de que el centro se negó a escolarizarlo debido a la condición sexual de sus padres. Ana Mato, aplicando una lógica personalísima, recorta derechos reproductivos. En el Parlamento, el ministro Catalá habla de la inclusión de la gestación subrogada en la legislación española con absoluta normalidad. Los estudios psicológicos publicados a lo largo del año concluyen lo que ya sabíamos: que nuestros hijos gozan de una excelente salud, en todos los aspectos… Mientras que TVE presentaba un nuevo programa en “formato familiar” con unas reglas claras: para participar era preciso compartir techo y ser hombre y mujer, cruda forma de discriminar a otras familias.

Ha sido el año en que Álvaro y Jorge se han quedado embarazados y empiezan a poner cara de tontos cuando se imaginan a su hija llorando porque tardan en darle el biberón… El año en que Judith, al fin, ha tenido su prueba de embarazo positiva y siente que sí, que puede ser.

El año en que han nacido Marina, Galileo, Elena, Iago, Claudia, Enzo, Maren, Ohian, Paula, Leo, Martin, Daniel… y tantos, ¡tantos!, que sería una larga letanía nombrarlos a todos.

El año que, en Madrid, en la Delegación de Gobierno, en un acto presidido por la Sra. Cifuentes, se ha presentado un libro: Corpus Jurídico de la Familia Homoparental. ¡La realidad de nuestras familias ya da para un tratado jurídico! Y ahí conozco a Jonatán Cruz Ángeles, que está haciendo la primera tesis doctoral sobre familia homoparental y legislación a ambos lados del Atlántico.

Ha habido, hay, muchas artes y partes oscuras. Pese a eso, 2014 no ha sido mal año. Por los niños nacidos, por los derechos logrados, por la visibilidad alcanzada. Porque cada día somos más los que estamos decididos a cambiar el mundo, pese a quien pese.

Porque lo imposible no existe para las familias LGTB.

Ayer, en la calle, paseando con mi hijo, mi marido dejaba descansar su brazo sobre mis hombros. No sé si alguien nos ha mirado. Bien o mal mirados. No lo sé. No estoy pendiente. Ya no.

Esto, esta vida, es la que he deseado. Pero se la debo a otros. A aquellos que sufrieron golpes y palizas hace apenas algo más de 50 años. A la visibilidad que otros, en tiempos difíciles, hicieron de su verdad, de su hombría, de su dignidad. A hombres y mujeres que levantaron la cabeza sabiendo que se la podían rebanar.

Estoy feliz y me siento muy afortunado. Tengo la familia y la vida que quiero y doy las gracias por ello. Pero esto no puede resultarme gratuito. He de pagar la deuda con el pasado. Y lo tengo que hacer trabajando por el futuro.

Por mi hijo, claro.

Por las niñas, niños y jóvenes homosexuales que rumian su dolor y su miedo en pueblos repartidos por todo el planeta.

Por los miles de hijos y miles de hombres y mujeres homosexuales, transexuales, bisexuales que merecen poder pasear bajo cualquier cielo sin disfraces y sin miedos. Con la sonrisa bailando siempre en la luz de sus ojos.

Que el nuevo año venga preñado de vida para todxs nosotrxs y nuestras familias.

Un abrazo enorme.

Pedro F.

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