Hace seis años nació Samuel, el segundo de nuestros tres hijos. Tiene una hermana mayor de 9 años y uno más pequeño de 3.

Siempre fuimos una familia «normal», rodeada de amigos, de la gran familia de mi marido y mis dos hermanos, con quienes tenemos una relación muy cercana.

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Mi marido y yo trabajamos, aunque yo me reduje la jornada, por lo que a las 3 de la tarde ya estoy libre para recoger a los niños del cole y poder disfrutar de la crianza.

Desde que Samuel tenía unos 3 años notábamos que era mucho más sensible y que tenía comportamientos que suelen atribuirse más a las niñas que a los niños. Yo pensaba que era solo por tener una hermana mayor y por ende su ejemplo, aunque a mi marido no le hacía tanta gracia e intentaba que se comportara de manera más masculina.

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Un día tuvimos una discusión muy grande porque Samuel quería disfrazarse en Halloween de Frozen y mi marido le compró sí o sí el de Supermán. Samuel se negó a ponérselo y al final yo improvisé un disfraz de perro para que al menos pudiera salir con sus hermanos.

Samuel quería llevar el pelo largo, usar faldas, zapatos de brillantina, jugar con muñecas, yo lo apoyaba aunque también me sentía culpable, mal, no quería que lo ridiculizaran, y más de una vez nuestra familia extendida hizo bromas con respecto al comportamiento de Samu.

Mi marido tenía muchos conflictos internos. Nuestro hijo más pequeño no se parece en nada a Samuel, por lo que la explicación de que seguramente había influencia por tener una hermana mayor ya no tenía sentido.

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A medida que se hacía mayor las demandas de Samu aumentaban, estaba más irritable, más frustrado, más triste, yo no sabía que hacer, mi marido cada vez con menos paciencia e imponiéndole todo. Las cosas en casa estaban mal, hasta que un día mi hija mayor nos dijo: «¿Por qué no le dejáis en paz? ¿Por qué no dejáis que Samu sea como le sale ser?».

Yo no supe que contestar. Mi marido dijo: «Porque las cosas no son así y Samu está mal». Sus palabras se me clavaron dentro. «¿Está mal? ¿Porque tú lo dices? ¿Y si no está mal?».

Eso fue determinante para mi y lo llevé al psicólogo. En pocas sesiones me confirmó que Samu era trans. Mi marido lloró mucho, nunca lo había visto así. Yo creo que me sentí aliviada de saber qué le pasaba, que tenía, y cómo podíamos ayudarlo.

¿Y ahora qué? Pues nada, tocaba cambiar todo, nuestra vida, nuestras ideas, todo. Hablamos con Samu, le preguntamos: ¿tú sientes que eres una niña? «No lo siento», nos dijo, «sé que lo soy».

«Lo sabes, ¿y por qué no nos lo habías dicho?», le preguntó mi marido. «Porque tú te ibas a enfadar», le respondió. Creo que esa fue la vuelta de tuerca de mi él, que le dijo: ¿y cómo te quieres llamar?».

«Elsa», respondió con una sonrisa. Lo tenía claro.

Y es aquí cuando empieza el duelo por dejar partir a Samu y dar la bienvenida a Elsa. No es fácil, es realmente muy duro, pero ver a Elsa tan feliz y tan llena de vida, como si fuera otra persona, compensa.

En casa no tuvimos que hacer muchos cambios, sus hermanos se acostumbraron rápido a Elsa. El problema fue salir del armario con los demás, en el cole, en el trabajo, con la familia y con los amigos.

La gente se siente con el derecho de opinar de todo, así que nos llegaron varias críticas por lo que estábamos haciendo, que era una etapa, que los niños juegan, que «disfrazarlo» de niña no iba a cambiar el hecho de que fuera un niño, que estábamos siendo muy blandos, que le estábamos arruinando la vida, que no sabíamos criar, que vaya ejemplo para los demás niños.

Insisto, fue muy duro y sobre todo doloroso escuchar eso de gente que queríamos y que nos importaba. Algunas de estas personas siguen en nuestra vida y otras no.

La otra cara de la moneda ha sido el apoyo y el amor que mucha gente nos ha brindado, por ejemplo en el cole de Elsa, muchas madres con las que yo no tenía tanta relación han sido grandes aliadas, los profesores. Gente que nos ha dado las gracias por ser valientes y anteponer la felicidad de nuestra hija.

Nuestra familia ha cambiado mucho. Es verdad que hemos dejado de ver, por ejemplo, a un hermano de mi marido y a los sobrinos porque creen que esto es una aberración, y es doloroso para los primos no verse, pero también hemos estrechado los lazos con quienes han acogido nuestra realidad.

Lo más importante es que dentro de casa todo ha ido mejor. Mi marido empezó terapia y aunque le ha costado es un gran apoyo para Elsa. A veces se nos sale lo de Samuel, pero cada vez lo hacemos mejor.

Sí, ha sido duro, pero otras familias viven cosas más duras con sus hijos, al menos nosotros tenemos en casa a nuestra hija sana y feliz.

C.M.

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