Antes de casarse en octubre del año pasado, les pasaron muchas cosas. Lo de los hijos fue una de ellas.

Elisa tiene un hijo que en ese entonces tenía diez años. Es uno de esos niños con diagnóstico de autismo o probablemente síndrome de Asperger. Por lo tanto tenía un equipo terapéutico formado desde su diagnóstico, que fue a los tres años. Tres psicólogas. Dos que realizaban en consultorio un abordaje neuro-cognitivo y una acompañante en el colegio, que es un colegio normal. Por ese entonces ella estaba casada con el padre de sus hijos. Era una mujer heterosexual de clase alta como cualquiera, vista desde fuera y para quienes no tienen la capacidad de ver bien a las personas, cosa que no es nada buena para un equipo terapéutico.

Ella siempre llevó a su hijo puntualmente, prolijo, limpio y feliz. Tomado de su mano, hablando con él, tomándose tiempo para él. Cuando se divorció dejó de hacerlo porque tuvo que buscarse un trabajo de los que no le gustan nada, un trabajo de esos de estar ocho horas en una oficina haciendo tonterías. Pero sólo estuvo un año y medio con ese trabajo. En cuanto pudo, lo dejó y se dedicó a lo que le gusta, que es escribir, salir al parque, cocinar, ocuparse de sus hijos. Ahí volvió a ser la madre que lleva al niño a todos lados, que lo baña, que le da todas las comidas, que le cocina, y todas esas cosas que requieren mucho tiempo. Ya no tenía automóvil ni ayuda doméstica y su apariencia había cambiado mucho. Por lo demás, era la misma madre de siempre. Sin embargo, empezaron las malas caras.

Cuando anunció su casamiento con Lu, la convocaron a una reunión motivada por las “conductas desajustadas” que estaba teniendo Federico en el colegio.

Llegó a la reunión, con la presencia del padre de sus hijos y las tres terapeutas, notó que había algo en el ambiente. Dijeron que había que hacer algo distinto, cambiar la estrategia. No se trataba de una estrategia clínica. Le dijeron que esas conductas desajustadas se debían, seguramente, a la inestabilidad que estaba sufriendo Federico. Las miradas se dirigían a ella. Recomendaron que Federico se quedara en una casa única. Ella preguntó en qué casa les parecía que debía quedarse. No pudo evitar que la pregunta le resultara irónica, pero sólo a ella. Aquellas profesionales no tenían el vuelo suficiente para captarla. Dijeron que ellas no podían recomendar eso, que debían decidir los padres.

Ahí salta el tipo que es el padre y empieza a decir que ella estaba evidentemente alterada e inestable que el niño debía quedarse con él.

Elisa se negó rotundamente. Las terapeutas comenzaron a argumentar a favor del padre. Toda la reunión consistió en intentar convencerla que dejara a sus hijos exclusivamente en manos del padre.  Ellas también tuvieron la osadía de decir que los hermanos no debían separarse y la miraron en tono compungido, le dijeron que pobrecita la hermana que “ese tema de ella” la había agarrado en plena adolescencia, que los hermanos tenían que estar juntos. Con esto querían decir que Elisa debía dejar a sus dos hijos con el padre. Volvió a negarse rotundamente. Le dijeron que debía abandonar la visibilidad y el activismo. Volvió a negarse.

Les dijo que ellas no tenían experiencia en este tipo de caso. Las tres reconocieron que era la primera vez que trataban con un niño cuya madre se divorciaba de un hombre y volvía a casarse pero con una mujer. De hecho Elisa y Lucía eran las primeras mujeres que se casarían en su país. Se preguntó de dónde habían salido aquellas mujeres. Reconocieron que su hijo (tenía y sigue teniendo) una muy buena relación con Lu.  Lu es profesora de música y tiene experiencia en trabajar con pacientes psiquiátricos. A Federico le encanta la música. Tuvieron mucha piel rápidamente. Reconocieron que no había ninguna certeza de que pudieran conectarse las “conductas desajustadas” con su vida en la casa de Elisa.

Pocos días después se citó con el tipo ese que es el padre de sus hijos, el que paga las terapias, en una cafetería. Le dijo que no quería más a ese equipo terapéutico. Que se negaba a seguir dejando a su hijo en sus manos. Que eran clasistas y homofóbicas. El tipo le dijo que, evidentemente, estaba muy alterada, que estaba paranoica, psiquiátrica e incapacitada para ocuparse de sus hijos. Le dijo que hablara con ellas.

Lo hizo, les explicó que no quería que siguieran tratando a su Fede. Lo hizo personalmente en una reunión en la que las convocó a las tres. Las dejó sin argumentos, totalmente pasmadas. Sin embargo, no estaban dispuestas a abandonar su postura. Cobraron por esa reunión.

Cuando el padre se enteró que las había descartado como terapeutas de su hijo, saltó a decir que ella no le había informado nada y que había tomado una decisión unilateral. Volvió a tratarla de psiquiátrica, alterada, y otros adjetivos muy ofensivos. Intentó volver a contactarse con ellas para que siguieran tratando al niño. Asustadas, abandonaron.

La maestra y la directora del colegio le dijeron que Federico andaba de lo más bien, que lo veían muy bien. Ellas no habían visto ninguna “conducta desajustada”. Al igual que Elisa, ellas lo veían de lo más feliz. Les preguntó a las desechadas terapeutas cuándo habían ocurrido las “conductas desajustadas”. Le dijeron que durante el tiempo de espera para entrar a clase, en dos ocasiones. ¡Todo ese lío por dos ocasiones! Empezó a entrar con él. Vio el caos que había en los corredores. La maestra venía de lejos, por lo que solía llegar tarde. Fede esperaba al menos veinte minutos amontonado con una cantidad de niños haciendo todo tipo de cosas con muy poco control, en ausencia de su acompañante terapéutica. Ese tipo de situaciones son casi imposibles de tolerar para un niño autista. Empezó a llevarlo a la hora justa desde entonces a la actualidad.

En mi país ya no es políticamente correcto ser homofóbico. Quienes lo son, te discriminan solapadamente. Una de las formas de discriminación solapada es a través de una simulada preocupación por los hijos, por sus posibles sufrimientos, por su bienestar. Los que no tienen amor en sus vidas se pasan la vida jodiendo a los que sí lo tienen.

Este es sólo el comienzo de una batalla por sus hijos con una sensación de soledad e incomprensión. Una vez más, Lu y Elisa contra viento y marea.

Elena Solís

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