Tener un hijo cambia las cosas, sobre todo cuando es el primero. Es una cosa tan pequeñita y tan frágil, tan dependiente, que todas nuestras alertas se despiertan. No queremos cometer un error, no queremos que se haga ni medio pequeño rasguño, ni que pase hambre. Si le duele la tripita nos planteamos llevarle a urgencias para evitar un mal mayor. De ahí que si eres primerizo/a, tus amigos que ya han sido padres-madres más de una vez, se rían de tu histeria y tu perfeccionismo, que desde tu inexperiencia es totalmente comprensible. El nivel de estrés que experimentamos influye en nuestra respuesta hormonal, como haría si tuviéramos una entrega de trabajo importantísima o el examen de una oposición. Por este método, el organismo se permite olvidarse de necesidades aplazables, como el deseo sexual o el sueño, para centrarse en  dar lo mejor de sí en su principal cometido del momento.

Es, por tanto, común que durante los primeros meses tras el nacimiento o la adopción, nos olvidemos de que existe el sexo, e incluso de que nosotros también tenemos que comer o dormir. Toda acción u omisión repetida en el tiempo se convierte en un hábito y, en ocasiones, cuando nuestro o nuestros peques empiezan a crecer, a adquirir cierta autonomía mínima y todo se relaja, nos hemos hecho al nuevo inquilino y ya no nos asaltan momentos de pánico por no saber que hacer, nuestra mente y nuestro cuerpo se han adaptado a vivir sin sexo. Romper cualquier inercia, sobre todo hormonal, cuesta. Requiere ponerle leña al fuego para volver a arrancar.

Con esto quiero decir que para recuperar la pasión no vale con decir: “¡Venga, vamos a tener sexo!”, “¡Oh, tenemos que tener sexo esta semana, al menos una vez!” Eso os hará dramatizar la situación y os creará una nueva fuente de estrés, que de nuevo influirá en vuestra respuesta hormonal y parasimpática (esta última regula tus ciclos circadianos —hambre, sueño, etcétera— y te permite fluir en el arte de disfrutar).

kMás bien hay que mirar la situación con humor y buscar momentos de intimidad confiando nuestro retoño a un ser querido en el que confiemos, o encontrando momentos en que esté en el cole, en algún cumple… Ponernos un buen vino, tal vez buscar un spa atractivo si a nuestra pareja le gusta, usar técnicas de excitación nuevas, jugar con las fantasías sexuales de nuestra pareja… Debemos de arrancar el motor y coger carrerilla. Eso requiere un esfuerzo inicial y, sobre todo, imaginación. Cuando el motor esté en marcha, más adelante, ya tal vez podemos dejarnos llevar sin más y poner el punto muerto.

En definitiva, no dramatizar, innovar y buscar momentos de intimidad, son nuestras mejores estrategias de ataque.

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