España. Caravaca de la Cruz, Región de Murcia. Lunes 20 de octubre. Poco después de las dos y media de la tarde dos jóvenes, chico y chica, salen de su instituto. Tienen 16, 17 años. Tres chicos que estudian en el mismo centro van tras ellos. Les gritan. “Maricón”. “Bollera”. “Anormales”. Les apedrean. Una piedra golpea la cabeza de la chica. Cae al suelo. La rodean. Unos vecinos se acercan. Los matones huyen.

Tras el revuelo inicial de la noticia, no parece que se vaya a presentar denuncia alguna. Podría haberse llegado a algún pacto (al fin y al cabo, en una población como esta, casi todos se conocen) entre agredidos y agresores. No hay acusación a cambio de que no se repitan los ataques. Y se entiende. Nada se les puede reprochar. Porque la vida en una capital no es la vida en un pueblo. Porque la tradición oral, las presiones sociales, las colectividades familiares o relacionales, en los entornos cerrados, tienen tal consistencia que pueden solidificar el aire que las rodea.

Ha habido una agresión. Unos adolescentes han sido (lo serán en el silencio) martirizados. Sin embargo, no es el puñal que se clava en la espalda, ni la cuerda que estrangula, quienes matan. Lo hace la mano tras la hoja, el brazo tras la soga.

Los machitos malcriados que apedrearon e insultaron eran marionetas dirigidas por otras manos. Ellos, impotentes mentales, son reflejo de la educación recibida, del ambiente viciado que respiran. Los verdaderos culpables son otros.

Y tiene nombres y apellidos.

Juan Antonio Reig:  siervo de la diócesis de Alcalá de Henares, en Madrid.  Ese que elaboró una guía con lecturas y consejos para curar la homosexualidad, sin darse cuenta que es quien más necesitado está de sanación. Él, que reprueba que ya desde niños se tenga «atracción hacia las personas de su mismo sexo«. «Y a veces para comprobarlo se corrompen y se prostituyen o van a clubes de hombres nocturnos«. Al parecer, conoce qué hay en los locales nocturnos de hombres. Lo que lleva a preguntarse ¿cómo entiende este santo varón de la vida, buena o mala, de esos locales? ¿Cómo sabe que “para comprobarlo se corrompen y se prostituyen”? ¿Experiencia propia? Porque según afirma, «la prostitución existe«. «No hay más que salir a la noche madrileña«. ¿Por dónde sale este señor en la noche madrileña? ¿O será que para él todo Madrid es un gran prostíbulo?

La Educación, punto donde brilla con luz propia el ministro José Ignacio Wert Ortega. Si bien sus predecesores no le van a  la zaga. La normativa del Ministerio de Educación debería incluir, con carácter obligatorio, el material adecuado para la enseñanza de la diversidad familiar y sexual; hacer que libros, videos, charlas y debates sobre la pluralidad de opciones fuesen de uso común y formasen parte del proyecto curricular de cada centro. Debería de ser obligatoria la enseñanza de los DDHH. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». En lugar de eso hay una reforma que perpetúa la agresión al diferente. Se educa para la discriminación como referente cultural; para convalidar el escarnio y la mofa o, como mínimo, justificar la ocultación en el “qué dirán”, el “que no se note”, el “mejor no verlo”.

El resultado es sangre adolescente en una calle de un pueblo de España.

Debe existir respeto a la libertad en la educación de los hijos, qué duda cabe. Pero esa libertad no puede pretender que, con dinero publico, se financien políticas discriminatorias y homófobas. Desviar gasto público a colegios o instituciones que validan la vejación al homosexual, como una marca distintiva, no es tolerable. Suprimir la financiación del Estado a esas políticas segregadoras sería otra forma de definir qué está bien y qué está mal en nuestras escuelas e institutos. Eso sería educar en igualdad. Educación para chicos y, especialmente, para grandes, que tan necesitados de ella están.

Los Partidos Políticos. Aunque hay varios, es imposible no referirse al Partido Popular. Su recurso contra el matrimonio igualitario, mantenido hasta sus ultimas consecuencias, fue una inyección de moral, un aval, para todo aquel que pensaba que la discriminación tiene sentido. Señores populares: las leyes cumplen dos funciones. Una es dar una normativa en la que todos converjamos y que debe ser igualitaria. La otra es educacional. Si usted le dice a la gente que todos somos iguales y todos tenemos derecho al matrimonio, en realidad está diciendo muchas mas cosas. Entre ellas que la homofobia es un delito que atenta contra la ética y contra las personas. Su recurso, su política, justifica la homofobia y los hace responsables, como partido, de la sangre, de las agresiones físicas y verbales, del dolor de miles de niños y jóvenes.

Chicas y chicos marcados.

Muchos crecen callando, ahogándose, sollozando. Porque aún no se les educa para ser ellos. Porque no se les dan referentes que muestren la normalidad que lleva implícita toda orientación sexual. Ser homosexual, bisexual, transexual, intersexual… es tan natural como ser heterosexual. Hay que decirlo alto y claro desde todas las instancias sociales. Y, sobre todo, hay que arrojar de las instituciones, de la sociedad, a los responsables de que la homofobia viva y medre en nuestro mundo. Ya han causado bastante mal. ¡Basta!

 

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