No es justo, que por ser gay, como tú o como yo, una persona tenga que pasar por todo esto solo por haber nacido en un país diferente. Te compartimos la historia de Giusep entrevistado por Madridiario:
Giusep, como le gusta llamarse, nació en Argelia. Tiene 19 años y una cicatriz en la frente de una paliza que le dio su padre para que dejara de ser gay. Cuenta a Madridiario, que las manos se le han quedado enrojecidas por trabajar 14 horas al día en una frutería de Nápoles, de ilegal. Escapó a Italia porque tenía miedo a acabar en un club de alterne o muerto. Allí, cuando pensaba que estaba a salvo por estar en Europa, encontró los golpes de su tío, que era quien le acogía.
En España, ha estado en la cárcel, en la calle y, ahora, en un centro de refugiados en la Comunidad de Madrid. Aunque ostenta esa condición y ha encontrado el apoyo de entidades como la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) y el Colectivo de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales de Getafe (Colega Getafe), le quedan meses de espera para saber si puede vivir definitivamente en nuestro país. «En España puedes tener un trabajo, una casa y derechos -afirma-. Con esas tres cosas estás seguro».
“A los 15 años ya no era como el resto de chicos. Ahí es cuando creo que me cambió el carácter. Engordé, no salía de casa. Me relacionaba a través de las redes sociales y me vestía como un ‘emo’. En el colegio se reían de mí. Los compañeros me tiraban piedras, me enseñaban sus partes. Los profesores dejaban a la gente hacer bromas conmigo.

Aquello se convirtió en algo muy serio. Mi padre intentó cambiar mi forma de ser pegándome. Me daba palizas cada día y utilizaba cualquier cosa que tuviera a mano. Mi hermano mayor, también.

Mi madre no tenía opinión en casa.

Intenté suicidarme dos veces, una con pastillas y otra tirándome desde la ventana.

Mi padre me pegó una vez con algo de metal que me abrió la cabeza. En el hospital, me llevaron a la Policía para que lo contara, pero la Policía le llamó y él me volvió a pegar. Eso no tendría que haber ocurrido. No sé si tendría que haber habido un juicio, pero eso no puede pasar”.

“En Argelia, los chicos como yo solo pueden trabajar en strip clubs. Eso te obliga a cambiar. Aunque no te aceptan en ningún otro sitio, yo no quise entrar en eso.

Temía que me torturaran. Cuando recibes violencia, te conviertes en violento.

Nuestra comunidad en Argelia tiene miedo a cambiar. La religión y las tradiciones importan mucho. Yo vivía en una ciudad. En los pueblos, todo es mucho peor. Te llevan al campo y te matan.

Mi madre sabía lo que pasaba y me ayudó a escapar. En África, una mujer puede haber sido todo lo abierta de mente que quiera, pero en cuanto se casa, su marido siempre estará por encima de ella”.

“Conseguimos un visado para irme a Italia, a una ciudad muy bonita, a casa de mi tío. Él está muy metido en la religión. También empezó a pegarme. Cuando se acabó el permiso, de turista, ya no podía seguir allí, así que me fui a Nápoles.

Tenía 18 años. Al principio estaba solo, vivía en la calle, me refugiaba en el metro y el tren. No podía casi comer ni ducharme. Me puse enfermo.

Empecé a encontrar a otra gente. Conocí a un chico de Marruecos que era como yo. Era mi amigo. Cogíamos ropa de los contenedores y la vendíamos por 50 céntimos. Con eso comprábamos algo de pan».

“Quise escapar a Inglaterra. Compré un documento falso. Pasé por Francia y, en España, en el aeropuerto, me cogieron. Por primera vez en mi vida fui a la cárcel. Pasé dos días sin casi comida en una celda.

Cuando me sacaron, estuve una semana en la calle, en un parque de Vallecas. Pedí ayuda en todos los bares. Eso fue hace dos meses.

Conocí a unos chicos árabes de mi edad. Uno era palestino, otro era sirio… Eran refugiados. Me hablaron de una fundación. Un abogado empezó a tramitar el asilo. Si no les hubiera encontrado, seguiría en la calle, comiendo en la iglesia”.

“No quiero volver a Argelia, no puedo volver. Solo mantengo el contacto con mi madre. La llamo para decirle las cosas importantes. Sabe que estoy aquí.

En España puedes tener un trabajo, una casa y derechos. Con esas tres cosas estás seguro. Ahora, por las mañanas recibo clases de castellano. Por las tardes voy a un curso de cocina con otros refugiados. Me gustaría ser cocinero, nos han dicho que puedes ganarte la vida. Tiene que haber algo para un chico de 19 años que habla cinco idiomas.

De momento, tengo la tarjeta blanca. En unos días, me darán la roja, aunque me han dicho que hay gente a la que han expulsado en ese paso. Conseguir el asilo tarda seis meses. El centro en el que estoy no puedo quedarme más de dos. Luego, no sé. Quiero poder salir, ir a restaurantes, descansar, ser feliz. Esto me deprime, a veces lloro. En España, me siento seguro sobre mí mismo, pero no sobre mi situación”.

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