Si echamos la vista atrás, todos recordamos nuestros años mozos. Se trata de una época en la que te descubres, en la que la rebeldía forma parte de tu instinto, en la que se despiertan en ti nuevas curiosidades, sentimientos; unos años: en los que empiezas a pensar.

Precisamente quizá sea esta última cuestión la que más afecta en la adolescencia. Las preguntas, las cuestiones, los actos impulsivos que te llevan a hacer una reflexión, en muchas ocasiones tardía, de las consecuencias que se pueden desprender de los mismos.

Sin duda, todos coincidiréis conmigo en que la adolescencia está marcada por unos años conflictivos, con problemas y cargados de preocupaciones, en los que ninguna respuesta parece tener salida a lo que uno mismo está viviendo. Pero, ¿qué ocurre si a todo esto le sumamos lo que socialmente no es común? Pues que como la nitroglicerina, obtenemos “un cóctel explosivo”.

Varios estudios apuntan a que el suicidio entre adolescentes del colectivo LGTB es colectivamente más amplio que el de la población general. La cultura, tradicionalmente heterosexual y las nuevas formas de homofobia propician síntomas de depresión, que en muchos casos llevan hasta el fatal desenlace.

Si algo caracteriza a nuestro país es el alto grado de aceptación de la libertad sexual de cada individuo. Pese a todo, España aún tiene deberes pendientes que pasan sobre todo por una mejor educación en igualdad y por el respeto a la diversidad.

Epítetos como: marica, bujarra, bollera, marimacho, trucha, machorra, tortillera, entre otros muchos, se siguen escuchando en muchos patios de colegio y a las puertas de algunos institutos. Si bien no es una actitud generalizada, la adolescencia conlleva el intentar destacar, convertirse en líder, pero sobre todo, en llamar la atención. Para ello, muchos jóvenes no dudan en utilizar cualquier método para lograr su objetivo. Alguno de ellos, pasa por cebarse con el más débil, y en ese punto, y de forma equivocada se piensa en el homosexual. El distinto y el diferente, es blanco de las mofas de algunos de sus compañeros.

Normalmente las vejaciones no pasan del insulto, aunque en más de una ocasión se traspasa la delgada línea que separa un comportamiento adolescente, del “matonismo”. Es ahí donde la educación ha de jugar un papel primordial. Aparentemente llamar marica o bollera a un compañer@, parece no tener consecuencias pero, ¿es realmente así? ¿Qué piensa la persona que está sufriendo esa clase de acoso?

Precisamente los acosadores parten de la idea de que el homosexual, al igual que el gordito, el empollón o el que tiene granos, es una persona débil, de la que mofarse es más fácil. Aparentemente puede ser así, pero nada más lejos de la realidad. El acosado es fuerte, aguanta, le busca un razonamiento lógico al comportamiento de sus compañeros, pero muchas veces no encuentra respuesta.

Somos nosotros, los más adultos, los que llevamos un camino recorrido Y los que tenemos una visión amplia del problema, los que debemos aportar soluciones. Por todo ello, debemos exigir a los poderes públicos que apliquen la varita mágica de la que disponen y que incidan en la educación en valores. Pero no en los valores impuestos por una confesión determinada, sino en una conciencia cívica que nos lleve a propugnar un respeto, una libertad y sobre todo, una convivencia en igualdad.

Es terrorífico comprobar, como hoy en día, y en pleno siglo XXI existen casos como el de Phillip Parker, Jamey Rodemeyer, Alexander “AJ” Bets Jr, Carlos Vigil, Ayden Keenan-Olson, Jadin Bell, Josh Pacheco, Brandon Elizares, Jay “Corey” Jones, Kennet James… Se trata de una lista de “ángeles perdidos” que tiene demasiados nombres.

http://www.youtube.com/watch?v=wEOawRNEvtk

Adolescentes que no encontraron salida, víctimas de una sociedad egoísta y que no les supo dar respuesta. Nombres que se suman a otros muchos, que sufren, padecen y afrontan los efectos de la homofobia. No nos engañemos, la homofobia no es algo aislado, parte de un comportamiento social, y por tanto forma parte de todos. Por esto, es labor de la colectividad mayoritaria,  alzar la voz para gritar ¡Basta ya!  

El cóctel explosivo, al igual que las bombas, puede desactivarse. Las herramientas son la tolerancia, el amor, el respeto y sobre todo el conocimiento y la educación.  Hoy en día ser homosexual es más fácil, pero cuidado, no se puede bajar la guardia ante comportamientos vejatorios que pueden llevar incluso a quitarse la vida. La lucha continúa, porque como nos enseñó Jamey Rodemayer: “Ahora estoy seguro de que todo mejorará”.

Cristian Delgado

@crisda9delgado

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