Cuando se recurre a medicina reproductiva, antes o después madres y padres hemos de plantearnos hablar de los orígenes. De la revelación de sus orígenes a nuestra descendencia. Hay que decidir si contamos una ristra de leyendas, con frecuencia mal pergeñadas, o si, por el contrario, narramos una historia real de amor y carne.

El tiempo pasa muy rápido. Demasiado en ocasiones. De pronto el verano de 2015 está muy lejos, pero fue el verano pasado, poco después de su quinto cumpleaños, en una de aquellas tardes tan secas y calientes, cuando supe que no lo estábamos haciendo del todo mal.

Era tarde de piscina y, tumbados en la toalla, mi hijo me preguntó si todo lo que veíamos había sido siempre igual. Le respondí que no, que las cosas antes no estaban así. Me miró y me dijo “y entonces yo, antes, ¿dónde estaba?” Él es impaciente. Nunca desaprovecha un buen pie para organizar su propio relato. Yo dije, señalando al cielo, –Tú estabas por ahí…, flotando– y él, rápido como es, no me dejó acabar, “¡Ahhh, claro!… y entonces bajé y me metí en la tripita de Kara hasta que vosotros pudisteis cuidarme”.

Sus ojos claros me miraban fijos, esperando como siempre que se adelanta a mis palabras, que reconociese su madurez y sus brillantes desarrollos. Le sonreí y asentí. –Sí, sí, hijo, así fue. Hasta que los padres pudieron cuidar de ti–. Él agregó “Y ahora ya siempre me cuidan mis padres” y, viendo venir a su amiga Vega, salió disparado, dispuesto a convencerla para jugar a perseguir arañas con sus pistolas de agua.

 En 1476 se publicaba la trágica historia de dos jóvenes amantes, pertenecientes a familias enfrentadas, que tenían prohibido amarse. Obra de Masuccio Salernitano, el relato se fue expandiendo, entre otras razones porque daba motivo para reflexionar sobre las imposibles exigencias que los clanes podían imponer a sus miembros. William Shakespeare utilizó el argumento para una de sus obras más conocidas. Romeo y Julieta no eran dueños de sí mismos; sus destinos estaban en manos de otros, del tronco familiar que gobernada la vida de todas las ramas.

En el cambio de la familia extensa a la familia nuclear, constituida en referente a lo largo del siglo XIX, la filiación natural, centrada en la filiación matrimonial, adquiere un protagonismo excepcional. Matrimonio y familia agnada. Aunque casi en desuso, es posible encontrar aún en ciertos textos el uso de la palabra agnado. Según la RAE, “dicho de un pariente respecto a otro: que lo es por consanguinidad, al descender ambos de un tronco común de varón en varón”. Toda una filosofía vital encerrada en cuatro palabras.

La irrupción de los nuevos modelos familiares, cimentados en una arquitectura íntima y particular, dinamita toda esta organización. La familia construida se basa en otras premisas, en las que la biología no constituye, con ser importante, el núcleo esencial. En la familia construida es el deseo personal e individual, sin caminos previamente trazados, lo que la hace nacer y evolucionar. De ser un fenómeno social y reproductivo pasa a ser un proyecto personal y escogido. Un acto plenamente volitivo.

La filiación deja de ser la trasmisión de sustancias corporales, para serlo de memorias y relaciones particulares que configuran la identidad de las personas. El parentesco deriva del compartir. Esta “consanguinidad construida” forma el centro de las nuevas relaciones de parentesco. Y es así porque se construye sobre unos pilares específicos y nuevos, como son:

-Igualdad de género y libre elección de la pareja, con independencia del sexo

-Separación entre sexualidad y reproducción

-Proyecto a la hora de constituir una familia y decidir sobre la reproducción

-Reproducción asistida: la procreación es elegida y no simple consecuencia de actos biológicos

Todo lo cual conduce a un nuevo manejo en la narrativa de la historia familiar.

En un estudio se analizaron tres modelos de familia, según se hubiese recurrido a donación de óvulos/semen, adopción o gestación subrogada (GS). Se buscaba cuántos menores conocían su historia antes de los 7 años, edad considerada decisiva para que la niña o el niño reciba esa información. El mayor porcentaje de revelación de orígenes correspondió a la GS, el menor a la donación de óvulos o semen, quedando la adopción en un plano intermedio. Ni que decir tiene que este, y otros trabajos, están centrados en familias heterosexuales tradicionales, las únicas que pueden ocultar a sus hijos su origen. Las demás narramos a nuestros pequeños sus biografías sin ambages.

En nuestras familias, sea la adopción, sean el donante o la donante, forman parte de la vida y la unidad familiar. Son figuras hacia las que se trasmite amor, pues les debemos todo lo que somos y es, a todas luces, motivo de orgullo.

La gente que piensa diferente, que actúa diferente, es la que consigue trasformar las sociedades. Radicales de uno u otro signo desearían la vuelta de la familia agnada, fuese de varón en varón o de hembra en hembra. La realidad es otra y futuro se escribe con letras de colores diversos.

Mi hijo, hace unos días, preguntó a una amiguita “y tú ¿en qué tripita has crecido?”. Casi a punto de responder, la niña lo pensó mejor y dijo, “no lo sé; tengo dos mamás y un papá. Lo voy a preguntar”, concluyó.

En el coche, volviendo a casa, Alonso quiere jugar. “Veo, veo … una cosita … empieza por FA”. –Farola, fabrica, farol…– respondo. Me mira con su mejor cara de pícaro. “¿Te rindes, papi?”. –¡Nooo!, …farmacia… famoso…–. “¿Te rindes, papi?”. –Sí, me rindo–. “¡FAMILIA!”, exclama radiante, mientras con sus brazos hace un gesto que nos abarca a los tres.

Sí, definitivamente creo que no lo estamos haciendo mal.

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