Las personas hemos sido educadas para competir por razones de supervivencia. A través de un sistema de premio y represión hemos ido siendo condicionados para tener cabida dentro del marco social y económico. Sin embargo, este funcionamiento no tiene en cuenta que al reprimir las pasiones de un ser humano, este acaba desarrollando una serie de síntomas que con el tiempo pueden acabar derivando incluso en enfermedades. Los trastornos de ansiedad o las depresiones son claros ejemplos de esta teoría desarrollada por Sigmund Freud a principios del siglo XX.

En lugar de recibir una educación emocional que nos permitiera aprender a gestionar y expresar nuestras emociones de forma asertiva, la norma nos dijo que los hombres debíamos ser fuertes y que no debíamos llorar. O que las mujeres debían atender, soportar y sacrificarse. Afortunadamente hemos ido superando determinados estereotipos, pero todavía queda un largo camino por recorrer.

Durante siglos la relevancia otorgada a la formación académica ha sido mucho mayor que la que se le ha dado a la formación emocional. Sin embargo, la madurez de las personas y su capacidad para sociabilizarse e integrarse en la sociedad desde la felicidad no viene determinada por el número de títulos universitarios que la persona acumule. La madurez, la determina la gestión respetuosa de las emociones, con uno mismo y con los demás. De poco sirve una ingeniería sin unas determinadas habilidades sociales, si no se tolera la frustración, si no existe la capacidad de trabajar en equipo, si no hay un cierto control de la impulsividad…

Pese a que muchas de estas capacidades nos han podido ser inculcadas directa o indirectamente en nuestros hogares, todavía vivimos en una sociedad profundamente hipnotizada por sus dependencias emocionales hacia personas y cosas. Una sociedad voraz únicamente preocupada por su propia realidad psicológica, es decir, por aquello que directa y exclusivamente le concierne a sí misma. Pero cada vez hay más personas interesadas en cuidarse las unas a las otras.

Hay personas que han descubierto que la felicidad no está en la acumulación, sino que está en su interior. Que valoran lo que tienen, no lo que quieren; y que han aprendido a vivir con austeridad disfrutando de las pequeñas grandes cosas que nos ofrece la vida. Son personas ambiciosas (no codiciosas) que han hecho de dar lo mejor de sí a cada momento y de disfrutar haciéndolo su victoria y su felicidad diaria. Son personas que han despertado en la consciencia. Que han decidido emprender un camino de alegría, consciencia y sabiduría. Se puede hacer, claro que sí, no se necesita ninguna aptitud especial. Te lo explico en nuestra próxima cita.

César Cidraque Llovet

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