Hay infinidad de razones por las que nuestro entorno se puede creer con derecho a rechazarnos.

Imagina cómo llevaría tu familia o tus compañeros de trabajo que dejaras tu trabajo de oficina para ser bailarín o artista plástico. Fíjate en cómo se habla en tu familia de aquella prima tuyo que ya va por el octavo novio. Imagina qué diría tu padre si decides ser donante de médula. O cómo llevaría tu madre que decidas no tener descendencia siendo hijo único.

La sociedad es compleja. No hay dos personas iguales. Ni con deseos ni intereses ni cualidades iguales. Sin embargo el grupo social se empeña en que todos sigan un mismo camino, se supone que hay una edad indicada para casarse, que casarse implica tener hijos, que tiene que ser con una persona del sexo contrario, y a ser posible de tu misma raza, que tienes que hacer un trabajo que tenga mensualmente la misma remuneración y te de una seguridad, etc etc etc.

Si te sales de ciertos parámetros sociales, es posible que muchos miembros de tu familia, si ésta es tradicional como son la mayoría, te juzguen. Tal vez has salido del armario y muchos de tus primos, tíos o antiguos amigos o compañeros de trabajo se muestran desconfiados, irritados o desconcertados.

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¿Qué hacer en estos casos para no sentirse mal?

  • Lo primero de todo es darte cuenta de que el problema no lo tienes tu.

Un verdadero problema familiar es cuando un miembro de la familia estafa o arruina al resto, un hijo recibe una pésima educación de sus padres o es abandonado, un miembro de la familia abusa física o psicológicamente de otro, etc. Esto si es un gran problema. Y sin embargo existen familias donde se ha escondido y tolerado a un miembro abusador.

Un verdadero problema laboral es cuando un jefe abusa de sus empleados, no respeta el convenio o realiza despidos improcedentes. Sin embargo estos sucesos son tolerados en muchas empresas.

Como vemos ni las familias ni los amigos ni los ámbitos laborales son perfectos.

agamenaguerPero es ilógico que lo paguen justos por pecadores. Los sujetos que deberían ser cuestionados son los que ejercen mal su poder sobre otros. No los que viven su vida libremente sin afectar lo mas mínimo la vida del resto. Así que si alguien te muestra rechazo por ejercer tu libertad, esa persona es posiblemente verdugo y a la vez víctima de un sistema social enfermo. Pueden ser, en esencia, personas maravillosas, pero esta vez se están equivocando. Dales tiempo, si esa persona o personas te importan, o dales carpetazo, pero no te lo tomes personalmente. No tiene que ver contigo.

  • Reafírmate.

Si el problema no es tuyo ¿por qué debería afectar a tu comportamiento?

No huyas de tu entorno si no lo crees necesario, pero encuentra otro entorno paralelo positivo. Rodéate en tu tiempo libre de gente que te elija, que te valore, que te devuelva lo maravilloso que eres, para poder mantener tu autoestima y asertividad frente a la gente que se refiera a ti despectivamente. No cambies tu forma de actuar sólo por el hecho de que alguien te mire con recelo, porque entonces le estarás cediendo tu terreno. El otro te estará logrando imponer su manera de ser.

Muestra que eres feliz con lo que eres. Tu satisfacción derrumbará todos sus estereotipos.

  • No aceptes insultos o invasiones de tu intimidad.

Las personas tienen derecho a pensar lo que quieran pero no a atacar con ese pensamiento a otras. Si expresas el deseo de ser respetado, pues todo el mundo tiene ese derecho, no tendrán más opción que respetarte con sus actos y palabras, y eso acabará logrando que te respeten con su pensamiento.

Los prejuicios son la máscara de las perversiones, del deseo de imponer tu realidad al otro. Ese mal uso del poder se suele convertir en una moral mal entendida. De tal forma que los prejuicios hoy día logran que muchas personas se sientan culpables por ejercer su libertad sin agredir a nadie. Cuando la sociedad entienda que el que tiene el gran problema, que el mas perverso de todos, es el ejecutor del prejuicio, la mayoría de sus sufrimientos se disiparán.

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Hay perversiones alicatadas de ideales hasta el techo”.

Millas.

 Rocío Carballo. Psicoterapeuta. 

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