Adrián y Fabio son una pareja argentina que llevaba tiempo intentando adoptar. Preparados para soportar la odisea del proceso, se inscribieron en varios registros de los que parecía no iba a haber respuesta. Pero la hubo.

Inicialmente pensaban adoptar a un solo niño que como mucho tuviera 8 años, pero leer sobre los huérfanos que pueden pasarse hasta la mayoría de edad en un orfanato les removió tanto que ampliaron el margen. “Nos conmovió el testimonio de esos chicos que en algunos casos llegan a los 17 años (…) Empezamos anotándonos para adoptar un nene o una nena de hasta 8 años. Después, fuimos ampliando la barrera de la edad a 10 o 12 años, con hermanitos si eran dos, para no separarlos«, explica Fabio a los medios. El registro de Mercedes les echó un órdago: No separar a 3 hermanos de 12, 14 y 16 años, Cyntia, Diego y Mariana.

Llevaban ocho años juntos e incluso habían hecho ampliaciones en la casa para el niño que llegase así que, por qué no. «Nos fuimos para Mercedes (…) En la entrada del centro decía -Juzgado penal juvenil- en la puerta. Estuvimos a punto de no entrar. Nos invadió el miedo, teníamos mucha incertidumbre».

Pero entraron. Y llegó una primera mala noticia. El peque de los tres hermanos se negó a conocer a sus posibles papás: Tenía multitud de prejuicios frente a la homosexualidad y sus amigos del orfanato le decían que ni se le ocurriese. Adrian y Fabio no se molestaron, más bien decidieron ir acercándose al pequeño progresivamente.  «No quería venir a Neuquén y que lo cargaran por tener dos papás putos…» explicaba Adrián a los medios. «(…) así que al principio nos juntabamos solo los cuatro, con las nenas. Cuando nos vimos, nos dijimos dos palabras, nos abrazamos y nos largamos a llorar los 6, la directora, y la trabajadora social también«, recuerdan. -Foto inferior, Cyntia, Diego y Mariana-.

«Vimos una personita que estaba por ahí y después, atando cabos, relacionamos que era él. Los otros chicos del hogar se abalanzaban pidiéndonos que los adoptáramos. (…) Durante tres meses, estuvimos yendo todos los fines de semana. Llegábamos el viernes y, el domingo, nos tomábamos el bus de vuelta. La etapa más difícil (…) porque los chicos ya sienten que están con vos y vos ya querés estar con ellos. Les dolía la panza, la cabeza, se sentían mal y nosotros queríamos cuidarlos», relata Adrián.

Finalmente Diego accedió a conocerlos, pero solo como el nuevo padre de sus hermanas.

Hasta que un día, sin darse cuenta, les llamó papás.

«Un día Diego dijo que era su primer almuerzo en familia. No me lo voy a olvidar nunca«.

 

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