[Lee aquí el cuento n.º 1]

Con la vida en las manos – La pensión

Lu vino para la casa de Elisa con la llamada activada. Fue duro. La hija adolescente de Elisa se fue para lo del padre. Dolió mucho. Decía que no volvería mientras Lu permaneciera en la casa. Elisa tenía que tener muchos cuidados. Muchas cosas valiosas estaban en juego. El amor de Lu, el amor de su hija. Era un momento de tensión, de grandes emociones, en las que pensar bien era difícil. Elisa comprendió que la relación con su hija no iba a romperse por eso, que la había criado, que la había apoyado, que había velado sus sueños toda la vida. También pensó que recibir a una persona por amor, protegerla de una situación violenta, que esa persona fuera un ser amado, era, en definitiva, y a pesar de todo, una buena enseñanza. Pero la adolescente se fue y dejó un vacío. Elisa se sintió muy mal. Lu peor. Elisa pensó mucho y comprendió que para su hija era difícil. Que era demasiado pronto para imponerle la presencia de Lu, que había que hacer un proceso y que las patadas y el revólver nada tenían que ver con su hija adolescente. En una semana Lu y Elisa consiguieron una pensión. La adolescente volvió a su casa. Lu compartió un cuarto con cinco compañeras en pequeñas cuchetas y un baño con veinte. Era lo mejor que podían pagar.

Fue una linda época que duró seis meses. Lu hizo grandes amigos. Hubo noches difíciles. En una ocasión Lu pasó una noche en la calle porque hubo una pelea en la pensión. Un inquilino se puso violento. Así que Lu y sus amigas caminaron por todo el barrio hasta que amaneció. Otra noche Elisa fue a buscarla como a las tres de la mañana y gritó en la calle “Te amo, Lu”, gritaba como una loca despertando a los vecinos que abrían los postigos. La vieron a Elisa patear una bolsa de portland, caer al suelo, ser rescatada por los compañeros de Lu. Es increíble que su pie izquierdo no se hubiese lesionado, sobre todo teniendo en cuenta que calzaba pantuflas.

El proceso fue haciéndose. Lu fue teniendo su lugar con los niños. No intentó conquistarlos, quizás por eso los conquistó. Consiguió el cariño del hijo de Elisa, y poco a poco el de la hija, aunque a veces pone caras largas porque es adolescente, porque hay que crecer, porque no es fácil, porque tiene un poco de rabia, claro que sí.

Los amigos de la pensión colaboraron en el casamiento. Cocinaron. Ayudaron en la limpieza. Aprontaron la casa. Pusieron unas sillas alquiladas debajo de la claraboya, bajo la tibia luz de octubre en la casa que las acogía a ellas, a los niños, y a los invitados. Uno hizo de cocinero. Otro de mozo. Una fue repostera. Dos limpiadores.

Todavía hoy, cuando suena el timbre, Lu y Elisa saben que puede ser uno de ellos, que viene de visita, que trae mate y bizcochos, que viene a charlar, a buscar la luz de la casa, los aromas, pan casero, mascotas, niños, calor.

Elena Solís

http://elenasolisescritora.blogspot.com/

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