El correo me llegó hace varias semanas. Unos padres -gais- me contaban que a su hijo, en el cole, un amigo le había preguntado: “¿es verdad que tú eres alquilado?, ¿que eres de vientre?”. El pequeño, con poco más de cinco años, debió abrir unos ojos como platos y respondió que no sabía qué era eso, pero que preguntaría a sus padres. Y estos hablaron con los padres del niño y todo quedó en algo infantil y… y yo pensé: ha empezado.

Al inicio del Bajo Imperio Romano, durante la dinastía de Los Severos (s. II-III d. C.), Paulo, jurista clásico, escribió sus comentarios al Edicto del Pretor. En ellos aparece una frase que ha servido, durante siglos, para establecer la filiación de los menores: Mater semper certa est,… pater vero is est, quem nuptiae demonstrant.

La madre siempre es cierta. El padre, quien demuestran las nupcias, es decir, el contrato matrimonial.

La máxima creaban dos tipos de descendencia: los hijos legítimos, los matrimoniales, que poseían todo el derecho a nombre, herencia y reconocimiento social, y los ilegítimos, los adulterinos, los bastardos, para los que no había más que oprobio y desprecio.

El hombre tenía la potestad para decidir si quería ser o no padre y reconocer, si lo deseaba, a los hijos espurios. La voluntad de la mujer, su deseo de ser o no madre, de cuidar o no a la descendencia, no contaba para nada. Era madre por obligación, por imperativo legal. Que para eso era mujer. La naturaleza la había hecho así, le había tocado la parte mala y tenía que tragar y aguantar en una situación que, si bien aseguraba el cuidado del menor, implicaba un castigo por no haber sido recatada, por ser ligera, por haber mantenido relaciones pecaminosas. Relaciones que al hombre en nada obligaban, pero que a ella la marcaban de por vida. Era, y siempre sería, la perdida, la madre soltera, la madre del bastardo.

Legislaciones de casi todo el mundo asumieron este sistema de filiación y la segregación de los menores en razón de nacimiento ha sido continuada a lo largo de la historia. La Constitución Española de 1978 rompió esa norma secular en su Artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento,….

Una norma efectiva hasta ahora. Porque ahora ha vuelto el bastardaje.

Ahora asistimos, estupefactos y dolidos, a la aparición de los nuevos bastardos, los ilegítimos del siglo XXI: las niñas y niños nacidos gracias a una técnica reproductiva llamada Gestación por Sustitución (GS).

La diferencia fundamental es que, ahora, la bastardía es derivada del hecho de que una mujer pueda decidir que parir no la vuelve madre, que ha gestado y dado a luz, sí, pero al hijo de otra u otras personas. Y eso, esa maternidad elegida que escapa del latinajo mater semper certa est, que rompe con la norma heteropatriarcal, hay colectivos que no están dispuestos a permitirlo. Y si para ello hay que insultar a esas mujeres, llamándolas hornos o vasijas, da igual. Como igual da acosar a menores llamándolos alquilados, vendidos, mercadeados. Como igual da ponerlos en riesgo de bullying. A grupos como Hazteoir o Nosomosvasijas les da igual.

Antes, el bastardo se debía al rechazo del padre. Ahora el bastardo se debe a que una mujer, libremente, decide que NO quiere ser la madre. Y eso levanta ampollas porque… ¿hasta dónde vamos a llegar? Madre es la que pare y no hay más que hablar. Siempre ha sido así. La ley dice eso.

Como antaño, se pretende que estos hijos carezcan de derecho a nombre, bienes y reconocimiento social. Se pretende negarles la filiación intencional y, por tanto, su herencia, sus apellidos, su dignidad. Y algo más, porque al obligar a la mujer a ser inscrita como madre, se la fuerza a tener un heredero y a dar unos derechos a quien no considera su hijo.

Si “la política crea extraños compañeros de cama”, los privilegios lo hacen aún mas y así, por miedo a perder poder y regalías, se amartelan el patriarcado eclesial de beatas y santurrones con pseudofeminismos ilustrados que se consideran, en un derroche de narcisismo, elegidos para ser la voz y el alma de todas las mujeres.

La determinación de la mujer de no ser madre -aun cuando geste y para-, el convertir la maternidad en un acto voluntario, intencional y autónomo rompe esquemas tradicionales, pero, sobre todo, hace temer una pérdida de influencia -y de privilegios- a quienes, durante años, han vivido de decir a las mujeres qué, cómo y cuándo hacer. Despotismos “feministas” y “príncipes” de la Iglesia, antes enfrentados por el control de la libertad femenina, unen hoy fuerzas ante la posibilidad de una mujer que escape de su tutela y actúe sin seguir dictados evangélicos o códigos hembristas. Y poco les importa dejar heridos a su paso.

Niños y niñas, nacidos por GS, son acosados, perseguidos, señalados con palabras soeces que los vuelven diana de insultos y desprecios. Marcados con la saliva del lenguaje que humilla, son víctimas propicias para el acoso escolar.

Seguiré –seguiremos– peleando contra toda persona que insulte a mi hijo, a mi familia, a la mujer que me ayudó a ser padre. Una mujer con una dignidad y una humanidad que ni siquiera pueden imaginar quienes la denigran. Porque para ell*s solo existe su mundo pobre, seco y materialista; porque nada harían por otro sin beneficio propio.

Ellos, ellas –la oposición– son los auténticos bastardos. Porque bastardo es quien, aprovechando su posición de poder político o mediático, lo usa para atacar a menores. Para dañar a niñas y niños.

Mi hijo, mañana, tendrá que hacer frente a dos realidades de su vida. Una, ser hijo de un matrimonio de dos hombres; otra, haber nacido mediante gestación subrogada. Dos situaciones que él conoce y que han de ser respetadas por la sociedad siempre. Pero una parte de esa sociedad ha decidido hacerle ver que, en realidad, las cosas no son así, que él no es más que el hijo de dos maricones y que ha nacido de un vientre mercadeado.

Hoy pido, a todo el colectivo LGTBI, ayuda para prevenir el acoso al que se quiere someter a mi hijo, vuelto bastardo por quienes dicen defender derechos humanos.

Hoy pido, a toda la sociedad, que se una a mi grito de padre y, mirando de frente a quienes acosan a niños en razón de su nacimiento, diga alto y claro: Basta ya.

¡Basta ya!

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