Nuestra vida cambia cuando tenemos un hijo. O eso dicen.

Cierto es que cambian nuestros valores: otro ser, en muchos momentos, pasa a ser prioritario a nuestra propia salud y deseos.

Sobre todo con nuestro primer hijo. Nuestro pensamiento se dedica la mayor parte del tiempo a pensar en sus necesidades y cubrirlas. En cuidar de él lo mejor que sea posible. Sabemos que un hijo necesita miles de atenciones. Sus ritmos circadianos, es decir, sus horarios para comer, para dormir, etcétera, pasan a estar por delante de los nuestros y además están en constante cambio, por lo que nosotros estaremos en una constante adaptación. Eso, muy seguramente, en mayor o menor medida, afectará a nuestro sueño y a nuestros propios hábitos.

Metidos en esta dinámica, llega un momento en el que las cosas que antes nos interesaban (bajar a tomar un café, leer el periódico, arreglarnos, despertar el deseo de nuestra pareja, etcétera) pasan, o a un segundo plano, o a resultarnos superficiales y poco interesantes. “Eh, tenemos una vida a nuestro cargo, ¿qué nos importa lo insignificante?” Nuestro amor es tan inmenso que su bienestar es lo único que nos importa.

Pues esta no es la mejor manera de ser padres o madres. No olvidemos que nuestro hijo no es nosotros mismos. Nuestro hijo tiene un camino propio. Un día elegirá por sí mismo, empezará a cometer errores que nosotros no podremos controlar y a base de equivocarse aprenderá quién es y quién quiere ser. Nosotros le cuidamos hasta que pueda valerse por sí mismo y le damos un hogar y todo nuestro amor pero no podemos olvidarnos de que nosotros seguimos en la partida de la vida. Y seguiremos cuando nuestro hijo ya no dependa de nosotros. Igual que tú no eres tus padres y que, posiblemente hoy en día, vuestros caminos son parejos pero independientes, tu vida no puede centrarse exclusivamente en tus hijos porque el curso natural de la vida implica que ellos aprendan a cuidar de sí mismos y vuelen del nido algún día.

mujer_arreglandosePor eso es importante hacer un esfuerzo por cuidarnos, y digo esfuerzo porque sé la energía que absorbe uno o más hijos. Y cuidarnos no sólo implica cuidar de nuestra alimentación y nuestro sueño. Cuidarnos implica darnos momentos para nosotros en que no esté nuestro hijo ―podemos confiar su cuidado a nuestra pareja, a un familiar cercano, incluso a un profesional. Es muy importante que busquemos a alguien de confianza, pues el objetivo es que no estés pensando en dónde estará y si estará bien, el objetivo es que desconectes de tu hijo por un tiempo. Poder delegar es vital para no saturarnos ante el cuidado de un niño. No podemos ser omnipresentes y omnipotentes, y tratar de serlo es una fuente de frustración.

Debemos buscar momentos de ocio. Aunque parezca que ya no nos apetece, recordar con qué hobbies disfrutábamos antes y tratar de volver en alguna ocasión a ellos, nos hará volver a entregarnos al disfrute y nos permitirá desconectar.

Debemos seguir disfrutando de nuestro cuerpo, que no sólo es un organismo lleno de herramientas para cuidar de nuestro hijo y traer dinero a casa, es también nuestro medio para el placer y la comunicación.

Una manera muy importante de disfrutar de nuestro propio cuerpo, es sentirnos sanos y atractivos. No sólo has de buscar tiempo para ti sin tu hijo. Trata también de darte, de vez en cuando, un regalo. Algo como un masaje facial, un baño de espuma, una cena con amigos, una noche para salir a bailar. Mantén estos momentos, estos regalos, como prioridades. Intenta darte unas horas a la semana para mover el cuerpo, ya sea bailar en casa tu disco preferido, si lo prefieres o no tienes tiempo para ir a otro lugar, o ir a Pilates, al gimnasio, a pasear, etcétera. El sexo también es un fantástico deporte. No dejes de comprarte tus cremas para la cara y el cuerpo, si es que las tienes, ni tu maquillaje preferido. Sentirte en tu cuerpo, sano y atractivo, es importante para tu identidad. No dejes de fijarte en ese traje rojo, en esos pantalones elegantes en los que te fijabas antes. Y ahora, de vez en cuando, porque te lo mereces más que nunca, cómpratelos.

Nadie te va a agradecer, a corto plazo, tu dedicación a tus hijos más que tú mismo. Así que hazlo. No pierdas tu capacidad de ser egoísta, en el buen sentido de la palabra. Cuando “egoísmo” es, como el propio nombre indica, amor a uno mismo, mantener un cierto egoísmo sano es crucial para tu salud, física y mental. Y, aunque no lo parezca, también para la de tus hijos.

El cuidarse requiere un esfuerzo cuando centramos todo nuestro pensamiento en cuidar a otros. Racionaliza la energía que empleas en los demás y haz una balanza con la energía que empleas en ti. Antes de madre o padre, eres persona. Y cuando tus hijos vuelen, seguirás siéndolo. La persona que eres te acompañará toda la vida. No esperes a encontrarte con ella cuando tus hijos hayan crecido: cuídala ahora.

Rocío Carballo. Psicoterapeuta.

www.rociocarballo.com

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