Natasha Birrittella tiene 23 años y cursa cuarto año de Medicina en Argentina. Nos encanta compartir con nuestros lectores historias de vida que hablan de amor, que hablar de aceptación. Por eso publicamos ésta, escrita por Natacha para Clarín:

“Nuestra historia debiera ser una más y quizás no merecería ser contada: sólo somos dos jóvenes que se quieren. Pero también somos dos mujeres y eso ha sido siempre motivo de silencios. O de marginalidad. O de ocultamiento. O de rupturas familiares. O de vida en el closet. Pero si nuestra historia merece ser contada es porque la Argentina está cambiando: pudimos ponernos de novias y la familia no dio opinión. O casi, ya les voy a contar. En breve nos hicieron saber: “¿Están felices juntas? Si es así, no tenemos nada que decir”.

Hay también algo más: hasta hace poco, a las parejas de un mismo sexo se las mantenía un poco distante de los integrantes mayores de la familia. Como que a lo mejor se molestaban. Como que a lo mejor les dolía o se enojaban. Nosotras, en cambio, nos fuimos a vivir con mi abuela por sugerencia de mi mamá. A todas nos viene bien, ¿entones por qué no? Nosotras podemos estar juntas y ella estar en compañía de alguien. La abuela –les confieso– hay días que está bien y entiende mi pareja… a veces parece aceptarlo, otras no tanto. Y hay días que parece olvidarse. Le sucede con muchas cosas, ya tiene problemas de memoria.

En cuanto a nosotras, todavía hay gente que se molesta cuando nos besamos en la boca, a la vista de todo el mundo, o caminamos por la calle de la mano o abrazadas. Una vez un señor que estaba repartiendo revistas de una iglesia nos empujó con violencia y dijo que estábamos haciendo algo contra la ley de Dios. Pero ni Casandra -mi novia a la que llamo Candy- ni yo nos hacemos problemas por eso. Hace cinco meses que vivimos juntas en la casa de mi abuela Mecha y todo marcha bien. Lo que nos incomoda de verdad son los chicos que a veces nos abordan en el boliche proponiendo la formación de tríos, cuartetos o quintetos. En tales casos ponemos claramente un freno y nos quedamos en la nuestra. Allá ellos con su morbo. Nuestro camino va por otra parte.

Tanto para mí como para Candy las cosas empezaron a encaminarse en 2012 cuando paralelamente, y sin conocernos aún, terminamos de definir nuestra identidad sexual. En ese año me di cuenta de que no estaba enamorada ni enganchada ni entretenida. Pensé en quedarme sola y dedicarme a estudiar. Ahí me propuse hacer las cosas de otro modo. Mi primer amor fue con una chica. El proceso de todos modos fue complejo. Cuando estábamos en la secundaria intentamos cumplir con el mandato social: salir con chicos, pensar en un noviazgo políticamente correcto y aceptable para las familias, casarnos y tener hijos.

Pronto nos dimos cuenta de que nuestra elección no iba por ahí. Nos gustaban las chicas y también, de manera casi natural, nuestros primeros y respectivos amores fueron con mujeres. Atrás quedaron los novios –con los cuales hubo de todo menos enamoramiento–, los entusiasmos no siempre correspondidos, las idas y vueltas hasta que finalmente, como se dice, salimos del closet y asumimos nuestra condición.

Comprendimos además que cuando una se enamora las cosas se mueven más allá del sexo del otro o la otra. Y así fue en nuestro caso.

Nos conocimos el año pasado en el cumpleaños de una amiga. Yo –estudio Medicina, estoy en cuarto año– había ido sin muchas ganas con la idea de comer algo y volver a mi casa, sin planes de, tras apagar las velitas, ir con todos a bailar como se estila en esos casos. Candy estaba ahí y yo sentí claramente que ella me gustaba.

Las dos nos mirábamos sin decir palabra pero la tensión que se había generado era evidente. Después nuestra amiga nos metió en un taxi junto a otra chica para ir a Kika, un boliche situado en pleno Palermo Hollywood. Al rato, la tercera en discordia se bajó y nos quedamos solas y mudas como antes. En la puerta del boliche no sabíamos de qué hablar. Yo le hacía chistes cada vez más tontos mientras mi cara se prendía fuego.

Casandra me miraba como si yo estuviera loca. O eso creía yo. Finalmente vinieron en un taxi las demás chicas y entramos. A Candy la agarró un chico con intenciones de hablar y se perdió del grupo. Enseguida me di cuenta de que ella no estaba y fui a su encuentro. Me acerqué hasta donde la había visto y le empecé a hablar.

“Te vine a buscar”, dije, y eso fue como abrir la puerta a lo que después vendría. Sería entonces las tres o las cuatro de la mañana. Esa noche, cuando terminó todo, dormimos en la casa de nuestra amiga, a esa altura convertida en un Cupido involuntario; en esa ocasión no hubo más que un piquito de buenas noches entre nosotras. Cada una durmió en un cuarto diferente y muy temprano ella se fue a trabajar y yo me quedé sola a la espera de un milagro.

Mundos íntimos. Somos novias, nuestras familias no nos condenan y vivimos con mi abuela de 87 años

Semanas después salí de vacaciones al Norte y ella fue con su familia a los Estados Unidos. Pasaron quince días o quizás un mes hasta que volvimos a encontrarnos. Superados los miedos iniciales nos contamos nuestras vidas, hablamos de la edad en la cual descubrimos ambas que nos gustaban las chicas, en fin, esas cosas básicas y necesarias. Muy pronto parecíamos y de hecho éramos una pareja de enamoradas. Nos quedábamos charlando en la parada dejando pasar muchos colectivos, o en un bar tomando una merienda interminable. Antes hablé con mi mamá, que es psicóloga, y le conté todo lo que me estaba pasando. Ella terminó aceptando mi verdadera identidad sexual. Al principio se mostró un poco molesta… pero no mucho. La afectó no tanto que yo me apasionara por una persona del mismo sexo sino lo difícil que es una elección como la mía en un mundo a veces hostil y aún prejuicioso en ciertos círculos. Pensó que las cosas no serían fáciles para mí. Pero apoyó mi libertad y eso me facilitó elegir cómo quiero vivir y alcanzar a mi modo la felicidad… si es que tal cosa existe. Algo parecido le pasó a Candy con su mamá que es muy religiosa. Lidera grupos de catequesis y todo. Por momentos Candy tuvo miedo de que la madre se pusiera mal. Pero al final ella aceptó nuestro noviazgo sin que se generara gran drama. También sus hermanos. También mi hermana.

Mi padre murió cuando yo era chica y el papá de mi novia no tuvo mayores problemas. Además Casandra y él se ven poco porque el papá casi siempre está de viaje. Lo nuestro es un tema para pensar. Muchas veces creemos ser de mente muy abierta hasta que chocamos con nuestros propios esquemas demasiado rígidos. Nos enojaba la idea de pensar que necesitábamos hacer un proceso por el hecho de ser homosexuales. ¿Acaso la gente hace un proceso para ser heterosexual?

Un día yo estaba cocinando y mi mamá me llama. Sabía, me dijo, que Candy y yo queríamos vivir juntas. Que a lo mejor podía irme a vivir con mi novia en el departamento de arriba junto con mi abuela y así ganar todas. ¡Con la abuela Mecha, me sorprendí! Eso sí que era raro. Pero ni yo ni Candy vimos ningún problema después de pensarlo. El asunto es que pasamos de vernos un par de días a la semana a estar juntas todo el tiempo. Nos mudamos las dos y nos instalamos juntas en un cuarto de la casa que convertimos en nuestro espacio de intimidad.

Mi abuela siempre me preguntaba cuándo le iba a presentar a un novio. Es obvio que su personalidad es típica de otra época. Ella está marcada por ciertos mandatos que al parecer deben cumplirse. Hombre y mujer. Mujer y hombre. Pero la abuela nunca condena. Por problemas de senilidad ella a veces entiende y a veces no. Depende de cómo se levantó ese día. Recuerdo una vez en que volviendo en auto con la abuela del cumpleaños de mi primo, le pregunté si sabía quién era Candy. Le dije que era mi novia y ella se echó a reír. No nos gusta que ella crea que somos sólo amiguitas o algo así. Se lo explicamos bien y ella dijo que bueno, que podría ser.

“¿Por qué no? Mientras se quieran para mí está bien”, agregó y lo repitió varias veces como para convencerse e incorporarlo como posibilidad. La argumentación acerca de mi sexualidad vuelve una y otra vez. Pero ella se olvida y al día siguiente debo volver nuevamente con la aclaración necesaria. Hace unos días fui al supermercado y la abuela, desde su silla, me dijo: “Y qué se hizo de la otra nena, tu amiguita…?” A mí me encantaría que dejara de preguntarlo pero son cosas de la edad y puedo entenderlo. Los años a veces juegan una mala pasada. Pero hasta hoy la convivencia entre las tres marcha bien.

Me importa mucho mi relación con Candy. Debo decir que lo sexual se dio entre nosotras de manera muy relajada. A veces hay amigas que me preguntan sobre la diferencia que observo entre mi relación actual y el sexo que tuve con chicos. En tal caso les digo que a veces los varones se sienten obligados a satisfacer a la mujer. Es como si cargaran una pesada cruz sin poder disfrutar del acto en sí. Entre Candy y yo no ocurre eso. Las dos disfrutamos a pleno de nuestra sexualidad. Es cierto que una mujer conoce mejor que nadie lo que le gusta a ella en ese plano y eso indudablemente facilita las cosas cuando se junta con otra.

Pero no hay una ley en tal sentido. Nosotras aprendimos a tener sexo a fuerza de prueba, error y sobre todo de confianza. Somos fieles y siempre hablamos a calzón quitado sobre lo que sentimos y nos pasa. Nos gusta imaginar situaciones distintas, fantasear un poco. No creo que por eso seamos diferentes al resto de las personas.

Como ya dije, nuestras familias nos apoyan y eso es fundamental. El problema en todo caso son las miradas ajenas al ámbito familiar. Por ejemplo, las miradas de sorpresa cuando nos ven juntas por la calle. O las miradas que nos juzgan desde una moral discutible porque vamos de la mano al salir de compras o al cine o a tomar algo juntas en un bar.

Debo decir que las miradas que más nos molestan son las de algunos chicos que hacen una competencia entre sí para andar diciendo por ahí que se acostaron con dos o tres chicas que a su vez se “calientan” entre ellas. Debe ser que se creen más hombres por eso. Es como cuando ellos compiten por ver su tamaño. Quizás por eso casi no vamos a bailar a los boliches.

Nuestra vida cotidiana no difiere mucho de la convivencia de cualquier pareja. Obviamente discutimos cada tanto por tonterías y nos agarran tremendos ataques de celos sobre todo cuando se habla de las ex. No es un tema de charla elegido, pero a veces surge. Yo particularmente soy muy celosa y no tengo reparos en confesarlo. Pero lo hablamos y listo. Pasamos a otra cosa. O nos vamos con la abuela que camina por la casa con su bastón y su confusión. A menudo ella está acompañada por una empleada que la ayuda, pero otras veces no.

Aprendimos a movernos en ese laberinto un poco alocado sin mayores inconvenientes. Existe un lugar común según el cual en toda pareja de lesbianas hay una que la juega de varón y otra más femenina. No se dio eso en nuestro caso. Al contrario. Candy y yo competimos por establecer quién es más minita que la otra. Hay días en que nos vestimos con ropa más relajada y otras veces usamos tacos, borcegos de cuero brillante, remeras entalladas que nos marcan bien el cuerpo. Igual no definimos nuestra identidad por la manera de vestirnos.

También los roles de pareja se dan naturalmente y de una manera llevadera. Casandra se inclina más por la cocina y yo soy me obsesiono más por la limpieza y esas cosas. Pero hasta los roles mutan con el tiempo. También el enamoramiento inicial va cambiando. Lo que nos unió hace unos meses no decae. De tanto en tanto nos decimos te amo… una frase que respetamos mucho, quiero decir, no la decimos todo el tiempo y en cualquier situación.

La relación avanza. Hace poco Casandra me regaló anillos de compromiso y todo. Cada cual lleva puesto el suyo como una señal de que aún yendo contra la corriente vamos a llegar al mar.

Por Clarin

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