¿Vamos a ser madres? Sí. Vamos a serlo. Tomar la decisión fue fácil. Mi chica y yo teníamos claro desde que nos conocimos que íbamos a formar una familia con dos o tres hijos. Pero cuando se acercaba el momento los nervios me superaron. Iba a ser real, realmente íbamos a traer a un bebé al mundo y nuestras vidas cambiarían para siempre.

Vamos a contarte nuestra experiencia para que sepas todos los detalles. Lo primero es decidir quién se embaraza. Tanto mi mujer y yo queríamos vivir la experiencia. Decidimos que yo, por ser mayor dos años, lo intentaría primero. Cuando nuestro bebé tuviera un año sería el turno de ella para embarazarse y darle un hermanito o hermanita.

Acudimos a la clínica IVI, de la que teníamos muy buenas referencias. El primer paso para la búsqueda de nuestro bebé fue someterme a un procedimiento de estimulación ovárica, para así producir más óvulos y tener más posibilidades de conseguir el embarazo. Recibí durante días una inyección de gonadotropinas, hormonas relacionadas con la reproducción.

Naturalmente en cada ciclo producimos un solo folículo, por ende un solo óvulo.
Algunas mujeres viven mal el proceso de hormonación. En mi caso, afortunadamente, lo noté muy poco.

Ese mes fui menos exigente en mi trabajo y me dediqué a cuidar mi cuerpo, comí sano, dormí lo máximo que pude, y salí a dar largos paseos con nuestros perros. Tuve citas especiales con mi pareja y busqué espacios para ver a mis amigas más queridas. Quería crear una energía propicia para todo fluyera bien.

Tuve que hacerme un par de ecografías para comprobar que mis folículos crecían de forma correcta y sana. El médico determinó que todo estaba bien y me pusieron una inyección de hCG, una hormona que ayuda a que madure el ovocito.
Al día siguiente se planeó la inseminación artificial.

No participamos en la elección del semen del donante. En España la legislación sostiene que el donante siempre debe ser anónimo. En la clínica escogieron la muestra del donante según el aspecto físico de mi mujer, intentando así que se pareciera a las dos.

Lo recuerdo como un día especial, bonito. Mi pareja se pidió el día en el trabajo y nos fuimos juntas a la clínica, tan ilusionadas como nerviosas. ¿Y si sale mal? ‘Pues lo seguiremos intentando’, pensábamos. ¿Y si sale bien? El miedo y la alegría nos desbordaban.

Teníamos todo para conseguirlo. Muchos ovocitos por mi parte, y un semen que pasa estrictas muestras de control, que tiene alta movilidad y capacidad de lograr el embarazo.

La inseminación es rápida y no se siente ningún tipo de dolor. Me colocaron un espéculo y me introdujeron una cánula. A diferencia de una relación sexual, donde el semen se introduce en la vagina, gracias a la cánula el semen se deposita directamente en el útero, ahorrando el viaje de los espermatozoides y poniéndolo todo bastante fácil.

Nos fuimos a cenar al mismo restaurante en el que tuvimos nuestra primera cita, pensando que nos traería buena suerte.

Mentiría si dijera que los días que siguieron estuve tranquila y centrada en mi trabajo. ¡Me obsesioné! ¿Estaría o no embarazada? ¿Y si no lo estaba? Nuestras expectativas eran muy altas.

Mi mujer fue muy comprensiva y paciente (por eso la elegí). Esperamos diez días para hacer la prueba (los más largos de nuestra vida). A las 6 de la mañana estábamos juntas en el baño y… nos quedamos boquiabiertas. No reaccionamos, no nos abrazamos. ¡Íbamos a ser madres y estábamos paralizadas! Todas las mujeres que han pasado por esto entenderán que es uno de los días más felices y plenos de la vida.
Aunque decidimos no decirlo hasta los 3 meses, porque como primerizas corríamos el riesgo de algún aborto espontáneo, ¡no me aguanté ni 24 horas! Lo conté a toda mi familia y amigos. Afortunadamente la pequeña Elisa es tan testaruda como sus madres, y sigue en mi vientre desde entonces.

Nos quedan cinco semanas para poder abrazarla. Nos sentimos felices, tan afortunadas, aunque yo bastante temerosa del parto. Ya os lo contaré, pues es tema para otro artículo…

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