Nada espero, a sus 85 años, de Monseñor Fernando Sebastián Aguilar. Por eso he buscado en la red. Y he encontrado la dirección. Y he enviado estas palabras.

A. L. se sometió, durante 10 años, a «tratamiento» para dejar de ser homosexual: diez Padres Nuestros y diez Aves Marías, junto a 75 miligramos diarios de un antidepresivo y otros 20 miligramos de sulpiride, un antipsicótico. No funcionó. Intentó suicidarse.

H. R., 21 años. Mayo de 2009, Plaza Mayor de Madrid. Tras acabar un acto del Día contra la Homofobia, tres jóvenes comienzan a seguirle lanzándole improperios. Los insultos crecen y pasan de llamarle «enfermo» a amenazarle con que iba a ser un «maricón muerto», que le iban a cortar los genitales para metérselos por el culo.

Octubre de 2013, centro de Palencia. “Cuando mi marido y yo pasamos por la avenida Modesto Lafuente de Palencia, para recoger el coche aparcado, fuimos sorprendidos por dos individuos que al grito de ‘son maricones’, ‘maricones de mierda’ e ‘hijos de puta’, fuera de sí, empezaron a pegarnos puñetazos y patadas en el culo, el pecho y la cabeza”.

Rusia: diversos grupos de extrema derecha persiguen a gays por todo el país, los torturan y difunden las imágenes en internet (7-8-2013).

Brasil 2012: 338 asesinatos motivados por homofobia.

Daniel Zamudio, joven homosexual, murió en marzo del 2012, a los 24 años, tras ser atacado por cuatro sujetos en el centro de la capital chilena.

El viernes 22 de noviembre de 2013 Joel Arquímedes Molero Sánchez, un joven gay de 19 años, es asesinado a la salida de una discoteca en Chachapoyas (Amazonas). Le cortaron los genitales, le torturaron, descuartizaron e incineraron.

Roberto, 14 años, de San Basilio, a cuarenta minutos en autobús del Coliseo romano. Una madrugada saltó por su ventana. Murió. Dejó una carta en el ordenador. No pudo soportar los insultos y la vergüenza de “confesar” su homosexualidad (13-8-2013).

2013 en Novara, entre Turín y Milán, una chica lesbiana de 15 años, se arroja por la ventana. No podía más.

Jamey R., vivía en las afueras de Buffalo, Nueva York. El 18-09-2011 se suicidó como consecuencia del constante acoso que recibía de parte de compañeros de la escuela.

Guayaquil, Ecuador. 2013. Zulema es una joven de 22 años. Internada por la fuerza en una clínica para «curarla»: al salir del trabajo dos hombres, con violencia, la metieron en un coche y se la llevaron. Su padre observaba la escena. «Todo es por tu bien ‘mijita'», le gritaba.

España, Constitución de 1978: «Nadie puede ser sometido a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes«. Código Penal, reformado en 1988: «…los insultos, amenazas y coacciones, que forman parte de lo que se ha denominado tortura psicológica…»

Santidad: acaba de designar para el capelo cardenalicio a Don Fernando Sebastián Aguilar. El nuevo Príncipe de la Iglesia, mientras se preparan los fastos del consistorio público para su nombramiento, ha comenzado a hablar y, supongo que en el desarrollo de su labor pastoral, educar a aquellos que le escuchen.

El arzobispo emérito de Pamplona y Tudela ha dicho que la homosexualidad es una deficiente sexualidad que se puede normalizar con tratamiento: “Muchos casos de homosexualidad se pueden recuperar y normalizar con un tratamiento adecuado”.

Nada cabría replicar a su magisterio si hubiese hablado de pecado. Pero ha hablado de enfermedad, pues sólo el enfermo requiere ser tratado, no el sano. Lo que no ha hecho es especificar a qué «tratamiento adecuado» se refiere: castración química o quirúrgica, flagelo y cilicio, tortura, electroshock, jaculatorias y rezos, homeopatía, fármacos surtidos o cualquier otro que su mente haya imaginado. Pero tratamiento.

¿Tratamiento?

La Organización Mundial de la Salud excluyó la homosexualidad como enfermedad en 1990. Siempre había pensado que los Cardenales tendrían una cultura general de mayor calado. Es evidente mi yerro.

No soy quién para valorar los méritos de Don Fernando al cardenalato, seguro que los posee aun en demasía, pero resulta insoportable pensar que alguien, supuestamente educado en el “amor a Cristo”, pronuncie palabras de dolor y de muerte, justo, en la primera entrevista concedida tras ser ascendido al Olimpo vaticano.

Los defensores del tratar la llaman «terapia de reorientación sexual» y pretenden que si alguien es “infeliz, enfermo o se siente en momentos de tribulación” por ser homosexual pueda tratarse y volverse “normal”.

Santidad, imagine una adolescente alta, tan alta como Usted quiera pensar. A la que toda su vida han llamado jirafa, larguirucha, chupanubes… Rompetechos… Pepinoide. Malformada. Enferma.

¿Duda Usted que será infeliz y que tratará de operarse y acortar sus piernas para ser “normal”?

El homosexual no es el enfermo, lo es la gente que lo degrada y ultraja, sin piedad, sin causa, sin pausa. Con saña.

Ser blanco o negro, amarillo o aborigen australiano no es una enfermedad. El racismo sí lo es.

Y mata.

Ser homosexual, heterosexual o bisexual no es una enfermedad. La homofobia sí lo es.

Y mata.

Santo Padre, las palabras del nuevo Cardenal van a encontrar tierra fértil, donde arraigar y crecer, básicamente en dos grupos sociales: el conformado por gente de poca cultura, amalgamada con superstición religiosa o candidez, y los fanáticos radicales, los ultras.

En el caldo de cultivo que ambos representan, sus ideas darán alas y servirán de apoyo para justificar crímenes, para torturar, para ejecutar, para recluir al grito de “es por tu bien”. Sus palabras, duras como acero, serán el aliento para que los crédulos callen y los vándalos ataquen. Supondrán un armazón para construir el insulto, la amenaza, la vejación.

Mañana, pasado, una persona será apaleada, de voz o de obra, o morirá en este nuestro mundo, tan evangelizado, por ser eso: homosexual. Lesbiana. Gay.

No será Don Fernando quien embarre los bajos vuelos de su rojo traje, pero sí será su sombra la que se quede tras la espalda que salta al vacío; será su recuerdo quien ponga la bala en la recámara, quien apoye el dedo asesino en el gatillo del fusil.

Francisco, permítame que pregunte: ¿de qué Iglesia habla Usted? ¿De la que tortura o de la que acompaña? ¿De la que agrede o de la que defiende? Porque la palabra, el verbo (In principio erat Verbum . . .), puede dar la vida o puede arrebatarla.

Un prelado, feliz mientras imagina la púrpura ciñendo sus carnes, ha gritado al mundo entero que el homosexual no es como el resto de los hijos de Dios. Usted tal vez no lo note, Santidad, pero no lo dude: hay palabras que al pronunciarlas dejan las manos manchadas de sangre.

En Don Fernando las excusas y justificaciones, si las hubiese, serán estériles. No es posible restañar la herida ni limpiar sus bordes de la ponzoña vertida. Lo dicho ha devenido en hecho y alimentará, largo tiempo, a los intolerantes, cebará a los acosadores, incitará a los verdugos.

Sucede ya.

Que Dios le perdone.

 Si puede.

Pedro Fuentes Castro

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