Si no te dedicas a la terapia psicológica, seguramente te sorprenderías al saber el porcentaje de consultas que nos llegan por parte de padres o madres que se sienten desbordados por el comportamiento de sus propios hijos. No hay una edad para que los niños puedas establecer un maltrato verbal o físico en casa. Nos llegan casos de 3 años…de 10 años…de 15 años.

El maltrato en la familia es un problema sistémico, es decir, de todo el sistema familiar. Suele deberse a tres causas principalmente, aunque por supuesto, cada caso es un mundo y ha de tratarse en su genuinidad.

1. Porque no hay unos límites claros en la familia. La autoridad de padres o madres no es ejercida, o es ejercida de una forma aleatoria o incoherente.  

2. Porque los padres o las madres ejercen un control absoluto, y una educación excesivamente rígida, sobre sus hijos.

3. Porque hay maltrato en casa, verbal o físico, por parte de algún padre, madre o cuidador, o de ambos, ya sea hacia el niño o entre ellos o ellas.

En el segundo de los casos referidos, el control es tal que el niño encuentra solo una forma de reafirmación: la  violencia, ya sea física o verbal. En ese caso, cierta flexibilidad en el vínculo es necesaria para que el pequeño crezca y genere una identidad independiente de la expectativa y el control paterno o materno.

En el tercero de los casos, el niño habrá aprendido y normalizado la conducta de invasión y vejación. En ese caso, es imposible que el niño cambie su comportamiento si no cambia el de su sistema familiar.  Es el caso más complejo de tratar, pues el maltrato se habrá introyectado en el pequeño como un código de conducta inherente a las relaciones humanas, y además, muchas veces los mayores no nos damos cuenta de que estamos pasando la frontera de los insultos, acusaciones y maltrato con nuestra pareja. En ocasiones, cuando el niño es adoptado, una conducta agresiva puede tener relación con una experiencia de maltrato en los primeros años o meses de vida.

Ahondemos un poco más en el primero de los casos, ya que es el más común. Habitamos una generación donde tener hijos es una de las experiencias más elevadas de nuestra vida. En el caso de las familias homoparentales incluso más, ya que ha sido una decisión voluntaria y, en muchos casos, costosa. En este contexto, cualquier frustración de nuestro hijo, se vuelve algo insoportable para nosotros, de forma que, que el pequeño sacie al instante cualquier de sus necesidades y antojos se convierte en un imperativo para los padres o madres.

La vivencia es que el niño es un individuo sagrado, que nunca ha de frustrarse o sufrir. Pero corremos el riesgo de olvidar ponerle límites a nuestros hijos, u olvidar cuidar de nosotros mismos al tiempo que cuidamos de ellos, priorizarnos a nosotros cuando sea necesario, tomar decisiones que a lo mejor no satisfagan al pequeño a corto plazo, o decir no cuando es no.

Sin embargo, “es la estructura la que hace que los niños sientan que el mundo es seguro, predecible y confortable. Por ello es de vital importancia que los adultos les pongan reglas y límites desde muy pequeños. También las rutinas cotidianas como comer, bañarse, dormir, etc, ayudan a éste propósito. Todo lo anterior, les da a los niños la sensación de regularidad y seguridad” afirma Schaefer (2005), especialista de referencia en este campo.

Cuando el niño no siente esa estructura, ejercer el poder desde la fuerza (el maltrato físico o verbal en cuestión) les funcionará como un regulador de su autoestima y ansiedad, alterados ante dicha ausencia de límites. No poniendo límites correremos, por tanto, el riesgo de que nuestro pequeño se convierta en un tirano.

En palabras de Craig, 2001,  “que los padres apliquen una autoridad sobre sus hijos, pero que al mismo tiempo alienten la comunicación y el cariño, origina que los niños sean más seguros de sí mismos, tengan un mayor autocontrol y competencia social. Con el tiempo, adquirirán mayor autoestima y lograrán un mejor desempeño escolar”.

Realmente este es un caso tan común porque no es fácil saber dónde esta el límite o cómo ejercer una autoridad sana. Cuando no sepas cómo resolver esta u otra situación, mi recomendación es que acudas a terapia a tiempo. La ayuda profesional es un buen complemento cuando nos toca enfrentar algo que no tenemos por qué saber enfrentar.

Rocío Carballo

Psicoterapia para adultos y niños

info@rociocarballo.com

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