Violadores colectivos, en Sudáfrica, de mujeres lesbianas. Asesinatos grupales, en Chile, de jóvenes gais. Ecos ante los que la élite dirigente europea, tan civilizada, se yergue horrorizada. Mentira. Como sucede con tantos otros quebrantos de los derechos humanos, es solo fachada, postureo de nuestra clase política y de las “gentes de bien”. Puro cinismo.

En su informe sobre la situación en Europa de las personas LGTBI, dice la Unión Europea que a mayor nivel cultural, mayor tolerancia. ¿La fobia LGTBI vive en la incultura? Sí, sin duda, aunque donde se cría es en la cultura. La cultura vivida, enseñada e inducida por los poderes sociales. Y en ella hay una microfobia que crea surcos de besana donde la semilla del odio crece fuerte y robusta.

La Manif pour Tous francesa, con su cohorte de odio o las presiones de los Fratelli d’Italia  para evitar la aprobación del matrimonio igualitario, son solo la punta del iceberg, la parte visible y agresiva de una fobia cuya expresión cotidiana suele ser sutil, de pequeños detalles, de chistes y gracias, de tengo muuuchas amigas lesbianas, de estribillos (¡a rebote!, ¡a rebote!…el que no bote), de miradas oblicuas, de medias sonrisas intencionadas. O de un mensaje en el contestador telefónico de un cataor de flamenco llamándole ‘pedazo de maricón’.

Son estos detalles -tolerados, si no alentados, por quienes detentan el poder- los que expresan la microfobia. Los detalles conforman la mente grupal, la moldean, aun sin querer, en la diferencia entre normal y anormal. Una presentadora, y no la acusemos de homofobia, hablaba hace poco del “hábitat gay”. Algo que, como un foco de luz fría, expone el problema en toda su crudeza. La inteligencia emocional de la sociedad sabe que existe un tiempo y un espacio para el gay, para la persona LGTBI. Ahormada por los detalles, y con siglos de práctica, de tradición, la fobia LGTBI es algo que el inconsciente colectivo asume y vive.

Detalles. El emperador Constantino terminó con la persecución del cristianismo, otorgándole privilegios, y convirtiendo a sus líderes, de perseguidos y mártires, en perseguidores. Su influencia propició un decreto que castigaba la sodomía, en su vertiente pasiva. Cuando, en 538, Justiniano codificó la ley romana, prescribió para los homosexuales la tortura, la mutilación y la castración antes de su ejecución. Con independencia de su actividad o pasividad, que no quería el hombre discriminar a nadie.

No es que los siglos de historia hayan cambiado mucho estos postulados. No nos queman en hogueras, pero la tortura sigue. Junto con la mutilación social. La Iglesia y sus jerarcas mantienen un mensaje que ceba la microfobia y condena a quien no muestra una orientación heterosexual, como si el resto de las orientaciones no fuesen, igualmente, obra y gracia de Dios.

Detalles. El TEDH ratificó, con toda pomposidad, el derecho a impedir la donación de sangre a hombres que tengan relaciones con hombres. Es una medida que “puede resultar justificada” sentenció el Tribunal. Una forma legal de decir que no somos como los demás, por si acaso se había pensado que no importa la orientación sexual. Importa. Por supuesto desde los DDHH que, como se ve, son para tod@s pero pertenecen a la heteronormatividad.

Detalles. Los países avanzan y regulan derechos en igualdad. Sin dejar por ello de radiar anuncios que eviten equívocos. Se permite la unión civil, pero nada de matrimonio, que eso es para personas cabales, no para pervertid@s. El recado es meridiano: “ya os dejamos vivir en arrejuntamiento, agradecedlo y no pidáis mas…”.

Otros territorios sí aceptan el matrimonio y se ufanan por lo igualitarios que son en todo. O casi, porque niegan el derecho a adoptar, no nos vayamos a confundir. Que una cosa es una cosa y un plato es un plato; que no da igual que los menores se críen en una casa como está mandado, que en un revoltijo de bollos, manzanas y peras.

Los estados más adelantados aceptan la adopción. E incluso regulan el acceso a técnicas reproductivas… pero ¡ay! según qué casos. Reproducirse no es para todo el mundo ¡hasta ahí podíamos llegar! Que no está hecha la miel para la boca del asno. Ya se sabe que tod@s tenemos derechos sexuales y reproductivos, pero de eso a que se tengan hij@s así, al buen tuntún, sin casarse o por cualquier retorcido método inventado por la medicina, media un abismo. Además, “ya te dejo adoptar…, que no es poco”… Y encima querrás sanidad pública. ¡Cómo si fueses normal!

Detalles. Que respaldan el gran detalle: la ausencia de una Ley de Educación en Igualdad. Nuestro estamento político, nacional o europeo, decadente, corrompido, nada hace. Porque, como es sabido, una ley así constituiría un caso claro de adoctrinamiento. Y eso, ¡Jamás! Hablar de igualdad es adoctrinar. Dejar que el desprecio se desarrolle es libertad de opinión. Se excluye la educación social contra el odio, mientras se machacan nuestras retinas con imágenes de personas LGTBI agredidas por ser lo que son. Imágenes para denunciar los delitos de odio, sí, denuncia necesaria, por descontado. Pero también pedagogía subliminal para que tod@s sepan lo que le espera al “diferente”, a la “rara”. Palos. Acoso. Miedo. Dolor.

 ¿Nos extraña que descerebrados radicales islamistas arrojen a un chico desde lo alto de una muralla por ser homosexual? ¿Nos extraña? Pero… si cada día son arrojados desde lo alto de las murallas de las heteronormatividad miles de chicas, de chicos, que viven asustadas, encerrados, tapadas, temiendo que su vecino sepa lo que son, que descubran que tienen una vida llena de sueños.

La microfobia LGTBI está anclada en la sociedad; nutrida por una clase política adicta al dinero y al poder; afianzada en una formación religiosa e intelectual de siglos de acoso; acunada por activistas LGTBI que mantienen que somos diferentes. Está enquistada en una cultura popular que sigue considerando una tragedia tener una hija, un hijo, LGTBI.

Cambiar el curso de la historia implica saber esto, saber que ni un solo día podemos renunciar a uno solo de nuestros derechos, a una sola de nuestras reivindicaciones. Al respeto debido en toda circunstancia y siempre. Hay que entender que la microfobia LGTBI es real, que está presente, que nos rodeada y, a poco que pueda, nos arrinconará dentro de cualquier armario. Combatirla a diario es cuestión de supervivencia.

No lo olvidemos. Porque, si lo hacemos, nos quitarán todo.

 

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