Cuando nuestro cuerpo, mente, emociones y acciones estén en armonía, estaremos sintonizados y gozaremos de una salud plena. Cuando no gozamos de esta armonía surge el desequilibrio y el cuerpo físico avisa, manifestando síntomas que anuncian la enfermedad.

Hoy traigo mi visión personal, no científica, relacionada a cómo podemos afectar a nuestros hijos. Muchos papás y muchas mamás permanecemos en una continua lucha entre nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra manera de pensar, nuestra forma de actuar… Nuestros hijos son esponjas, son seres extraordinarios capaces de incorporar a sus vidas su entorno más inmediato. Si lo que sus papás sienten es desconexión y un profundo malestar ellos lo asumirán como propio. Algunas enfermedades comunes de los niños no son más que el reflejo de las carencias de sus padres.

La medicina tradicional lucha contra los síntomas y todo lo enmascara. Un síntoma es un aviso, es una carencia, algo que necesitamos incorporar. Si como adultos no comprendemos esto, si no le damos luz a nuestras sombras, si no resolvemos nuestros miedos, nuestros hijos lo tendrán que absorber todo y entonces enfermarán.

Los virus que nuestros hijos cogen en el mes de septiembre son los virus de la tristeza, la tristeza de nuestros hijos por separarse de nosotros, de cambiar el parque por las cuatro paredes de las aulas del colegio.

Los adultos cada vez más desconectados de nuestra esencia parece que no comprendemos esto: llevamos a los niños con 4 meses a la guardería o si tienen un poco más de suerte con 3 años al colegio. Los episodios de resfriados, gastroenteritis, gripes se repiten y los padres creemos que nuestros niños empiezan a inmunizarse con los virus de otros niños. Empieza uno y siguen todos, no se contagia el virus, se contagia la pena. Y sólo con la enfermedad nuestros pequeños consiguen quedarse unos pocos días más en casa cerquita de sus papás, para regresar de nuevo al aula y volver a contagiarse, no de virus sino de tristeza.

Los diagnósticos cada vez más frecuentes de niños con hiperactividad o déficit de atención también aumentan vertiginosamente. Niños que se dispersan, que no atienden, que no paran de moverse, de saltar o de dar gritos. Y otra vez padres que no comprenden la naturaleza del niño pequeño. Padres exigentes y competitivos. Profesores que pretenden que los niños pasen demasiadas horas sentaditos, sin hablar y sin moverse. Todo contra natura; los niños necesitan hablar, necesitan levantarse. Lo fácil es medicar, la pastillita les deja tranquilos.

Pocas veces se para uno a pensar la cantidad de información que bombardea continuamente a nuestros hijos y que les vuelve locos. Libros de texto que no se adecuan al nivel madurativo de los alumnos; consolas, televisión, ordenador, tablet… Y luego lo que a cada uno le toca vivir en su casa. A veces son hogares llenos de confusión de gritos y de agresividad que nuestros hijos se tragan y después vomitan donde pueden, para que enseguida se les cuelgue el cartel de hiperactivo o déficit de atención.

Algunas madres que van por la vida llenas de nervios se quejan de que a sus bebés no se les acaba el cólico del lactante. ¡Qué fácil ponerle un nombre al llanto del niño! Y que difícil reconocer que son sus propios nervios los que provocan angustia en su hijo.

Otros padres se empeñan en llenar el estómago de sus hijos mucho más allá de lo que el niño puede aceptar. Exigencias con la comida que provocan el vómito. Miedo de  los adultos a que nuestros hijos no estén bien alimentados o no cojan el peso correcto que provoca trastornos alimenticios en los niños y más tarde en los adolescentes, convirtiéndose en el peor de los casos en problemas tan serios como la anorexia o la bulimia.

Algunos niños tienen otitis crónicas simplemente como respuesta a no querer escuchar los gritos que inundan sus hogares. Otros son diagnosticados de astigmatismo (una curvatura asimétrica de la córnea que provoca que el enfoque de los objetos tanto de lejos como de cerca no esté claro). Y nadie se da cuenta de que todas las emociones se expresan a través de los ojos, que los traumas pueden dejar huellas en ellos. La visión se distorsiona deformando la realidad. Algunos niños nunca son escuchados ni tenidos en cuenta y sienten la necesidad de distorsionar la realidad, simplemente para lograr sobrevivir.

Los adultos cada vez estamos más lejos de comprender la naturaleza humana. Nuestros hijos necesitan contacto, necesitan parar de vez en cuando, necesitan más tiempo con sus padres y menos con los psicólogos, con los neurólogos y con los pediatras. A veces no les pasa nada, simplemente enferman para avisar de algo que no va del todo bien. Los niños son nuestros grandes maestros, ellos todavía no han perdido la conexión natural con su esencia. Mirémosles,  sólo tenemos que observarles y sabremos lo que necesitan: no son juguetes, no son nuevas tecnologías, no son chucherías,  no son colegios caros y maravillosos… Los niños necesitan contacto, respeto por sus ritmos naturales, tiempo de calidad con sus papás, adultos conscientes y disponibles. Será entonces cuando podamos relajarnos y cuando todo estará bien.

Mayte Gómez González

Visita mi blog: lacasitademayte.blogspot.com

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