Todas y todos conocemos los derechos humanos y lo que significan en nuestras vidas: suponen las garantías mínimas a las que todas las personas podemos acceder, independientemente de nuestra edad, nuestro sexo, el lugar donde nos encontremos o nuestras circunstancias concretas. ¿Se puede enmarcar la sexualidad dentro de los derechos humanos? ¿Existen unas consideraciones básicas que marquen los límites de la dignidad humana en cuanto a nuestra vivencia de la sexualidad? Definitivamente sí.

Y se lo debemos a la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo llevada a cabo en 1994 en El Cairo (Egipto), en la que buscando estrategias de control poblacional para lograr un mayor desarrollo en los países con mayor índice de pobreza, se llegó al concepto de Salud sexual y reproductiva. Tras diversos debates, se hizo evidente la necesidad de hablar de algo más que de control de la natalidad o planificación familiar como estrategia para el desarrollo económico y social de todas las personas, y fue entonces cuando surgió el objetivo más ambicioso y complejo de la salud sexual como estrategia para lograr una vivencia plena, positiva y libre de riesgos de las sexualidades. La Organización Mundial de la Salud la define, más allá de la ausencia de enfermedad relacionada con la sexualidad, como el estado de bienestar biológico, psicológico y social en lo que a la sexualidad de las personas se refiere. Cada uno de los países participantes en esta y otras conferencias en las que se hacía referencia a la salud sexual se posiciona en un punto diferente en cuanto al grado de consecución de este objetivo; y para poder medirlo y lograr el máximo, se elaboró la Carta de los derechos sexuales y reproductivos, que reúne exactamente las mismas características que los derechos humanos:

Son universales. Para todas las personas, en cualquier momento, lugar y circunstancia.

Son interdependientes e inseparables. No es posible garantizar unos sí y otros no; como tampoco es posible analizarlos de forma independiente, puesto que se relacionan e influyen entre sí.

Conllevan obligaciones. Los gobiernos firmantes de la Carta se comprometen a garantizarlos y, aunque no es un documento legalmente vinculante, sí supone una serie de obligaciones para las administraciones públicas y para la ciudadanía.

¿Cuáles son esos derechos? ¿Qué suponen en nuestro día a día? ¿Supone la existencia de un derecho la vulneración de otro? En mi opinión, tenemos la costumbre de confundir la existencia de un derecho con la obligación de acceder a él; así escuchamos protestas por el derecho de las mujeres a interrumpir su embarazo, como si esto supusiera una reducción en el derecho de esa mujer a no interrumpirlo. Es evidente que el hecho de que se nos permita acceder a cuestiones que por derecho nos corresponden no tiene por qué significar que tengamos que hacerlo… y aquí es donde entra el mayor de los derechos: a decidir uno/a mismo/a sobre el uso que hace de sus derechos y sus libertades. Conocer nuestros derechos sexuales y reproductivos es el primer paso para reivindicarlos y hacer uso de ellos:

¿Qué te parece esta carta? Es el resumen de lo que, seguramente, mujeres y hombres de todo el mundo, con sus biografías sexuales personales e irrepetibles concluirían si se sentaran a conversar sobre los mínimos para habar de dignidad. Estos derechos son nuestros, son de todas las personas, sin ganárnoslos ni posibilidad de perderlos: nos corresponden por el hecho de ser personas. Quizás te estés preguntando: “¿Qué le ha dado a esta sexóloga con hablar ahora de los Derechos sexuales?” Desde mi punto de vista, la sexología, como ciencia, está al servicio de las personas y, junto con esa reivindicación científica o académica del derecho a vivir una sexualidad plena (a través de la comprensión de la realidad de los sexos, del hecho sexual humano) necesitamos otra lucha más social y popular que nos lleve al estado de salud sexual y reproductiva que todos y todas merecemos. Los derechos sexuales son una de las herramientas más potentes que tenemos hoy en día para concienciar y sensibilizar a administraciones públicas, entidades privadas, grupos de participación y resto de la sociedad de la importancia de reconocer y aprender a valorar la pluralidad sexual que define al ser humano.

Patricia Huelves

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