«Estos son unos promiscuos, siempre andan cambiando de pareja. No sé para qué se quieren casar si van a durar dos días». No pocas parejas homosexuales han tenido que soportar este despectivo comentario desde que en julio de 2005 se aprobara en España el matrimonio entre personas del mismo sexo. Un estereotipo que en su día cuajó en una pequeña parte de la sociedad pero que a tenor de los datos del INE, no tiene ningún tipo de base real. Al contrario. Según una aproximación estadística a esas cifras, las parejas homosexuales se divorcian menos que las heterosexuales. De hecho, su índice de rupturas entre 2005 y 2012 es casi la mitad, con 5,11 divorcios por cada cien enlaces, frente a los 8,56 de los matrimonios ‘tradicionales’.

Desde que el Gobierno Zapatero aprobara la ley 13/2005 que modificaba el Código Civil para abrir el matrimonio a las parejas del mismo sexo, en España se han celebrado 25.239 enlaces homosexuales (a fecha de diciembre de 2012, últimos datos oficiales recogidos). La mayor parte, un 63,3%, han sido entre hombres –un total de 16.053– frente a los 9.186 de lesbianas. La cifra de bodas se ha estabilizado en torno a las 3.300 anuales, lejos del pico más alto alcanzado en 2006, cuando 4.313 parejas se dieron el ‘sí quiero’.

La aparición del matrimonio homosexual conllevó, consecuentemente, la llegada de los divorcios. El primero, justo un año después, en junio de 2006, y desde entonces, 1.290 uniones han finalizado en ruptura tras pasar por el juzgado. El índice de separaciones en parejas de lesbianas es de 5,73%, un punto más alto que en las uniones de hombres. Los sociólogos no han consensuado una explicación a este dato. En los matrimonios heterosexuales suelen ser ellas las que interponen las demandas de separación, lo que lleva a algunos investigadores a plantear la hipótesis de que, cuando la pareja va mal, las mujeres prefieren tomar una decisión definitiva en vez de dejar pasar el tiempo.

matrimonio lesbico

El número de divorcios gays ha crecido año a año, de los 59 registrados en 2007 a los 408 de 2012. Los expertos creen que estos guarismos seguirán creciendo paulatinamente, una vez aumente el número de bodas y los enlaces ya celebrados comiencen a alcanzar el umbral de la década de duración. De ahí que vaticinen que a medio plazo se acortará esa diferencia porcentual que ahora existe entre los divorcios heterosexuales y homosexuales. «El matrimonio igualitario aún no está maduro. Es una posibilidad tan nueva que a lo mejor ha habido un aluvión de uniones los primeros años y todavía no ha llegado el momento de los divorcios. Pero llegará un tiempo en el que será más habitual», reflexiona Boti García Rodrigo, presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). «Pero lo que la gente tiene que tener claro es que nosotros nos divorciaremos tanto o tan poco como el resto de la ciudadanía. En este tema no tiene cabida ningún tipo de cliché», añade la activista, que se casó en 2005 y se divorció hace un par de años.

Homofobia social

Pero hasta que el matrimonio y el divorcio gay alcancen su «velocidad de crucero», los datos demuestran que sus relaciones se rompen menos que las heterosexuales. Al menos si se tienen en cuenta las rupturas de parejas que se dieron el ‘sí quiero’ entre 2005 y 2012 (un 5,11% frente a 8,56%). Para explicar esta diferencia, todas las fuentes consultadas coinciden en señalar las mismas razones. La principal es la «estabilidad» de las primeras parejas homosexuales en casarse, que en muchos casos llevaban juntos 10, 20 o 30 años pero que hasta 2005 no pudieron ‘convertir’ en oficial su relación. «Eran matrimonios sin papeles pero con una experiencia de mucho tiempo. Ahora pueden llevar casados tres años, pero la duración real de su unión se remonta a varias décadas», explica Ignacio Paredero, sociólogo, profesor en la Universidad de Salamanca y autor del estudio ‘Nupcialidad de parejas del mismo sexo: Igualdad legal sin igualdad social’. Esta hipótesis también explica que la edad media de los contrayentes del mismo sexo sea más alta que la de los heterosexuales.

Paredero apunta un segundo motivo: la «homofobia social» que aún existe en una parte de la sociedad española, que en muchos casos dificulta que la gente se case en su comunidad, «forzándoles a emigrar o a no visibilizarse». Esa misma presión provoca que sólo las parejas «que lo tienen muy claro, las muy estables y enamoradas» tomen la decisión de casarse. Es decir, no banalizan el matrimonio y «cuando dan el paso lo hacen para siempre». «Primero has tenido que hacer pública tu condición y, en ocasiones, enfrentarte a familia y amigos. Y superado eso, decides casarte, sabiendo que la boda es el acto de visibilidad suprema de una pareja. Pasas a los libros del registro. Todo eso te lleva a asumirlo con más responsabilidad y madurez. Por eso cuando nos decidimos, lo hacemos con un mayor conocimiento de las consecuencias», analiza la presidenta de la FELGTB.

Otro de los posibles factores que explican la diferencia es el «reparto más equilibrado de los roles en las parejas». Varios estudios publicados en los últimos años señalan que en las parejas homosexuales no están tan diferenciadas las tareas que cada cónyuge debe realizar en su vida en común «al no tener estrictos referentes de género que seguir». Es decir, no está tan marcado –como ocurre en muchas parejas heterosexuales– que el hombre sea siempre el que trabaje fuera de casa, mientras que la mujer sea la que, además de su profesión, deba cuidar del hogar y de los hijos. Ese reparto más equitativo es «algo positivo y reduce ciertas tensiones» en la pareja que en ocasiones pueden desembocar en una crisis y, posteriormente, en un divorcio.

Otras posibles razones, como la mayor tolerancia de los homosexuales a las relaciones extramatrimoniales –que no las llegan a considerar como infidelidades–, no cuentan con el respaldo de ningún estudio científico e incluso son rechazadas de plano por el colectivo al considerarlas «falsas, homófobas, discriminatorias».

Parejas de extranjeros

José García Berzosa es un abogado madrileño especializado en separaciones y divorcios. En los últimos años una parte significativa de sus casos, alrededor de un 10%, ha tenido como protagonista a una pareja homosexual –«más de hombres que de mujeres»–. «Y cada vez vamos a más», asegura. Legalmente, a la hora de tramitar este tipo de litigios, no existe diferencia alguna entre matrimonios gais o heterosexuales, aunque normalmente los primeros suelen ser «más sencillos» de llevar. «En el sentido de que casi nunca hay hijos de por medio y por lo tanto no hay que discutir por las pensiones de manutención. Por la liquidación de bienes sí, y por las compensatorias también, en el caso de que alguno de los miembros de la pareja no haya trabajado», detalla el letrado. «Desde 2005 no es necesario aclarar las causas del divorcio y yo siempre les digo a mis clientes que no es necesario que me lo cuenten. Pero cuando se trata de una pareja homosexual y lo hacen, casi siempre se trata de un asunto de infidelidad», asegura.

García Berzosa también se ha topado en estos últimos años con varios divorcios ‘internacionales’, de bodas celebradas en España en las que uno o los dos cónyuges eran extranjeros, o bien de enlaces que tuvieron lugar fuera pero se registraron en un consulado español. «Nos han llegado casos desde Francia, Brasil, Venezuela…», desvela el abogado. En estas ocasiones, «si es de mutuo acuerdo, se tira de correo electrónico y postal para apoderar a un procurador y solventar todo el proceso».

Extremadura acogerá el sexto Encuentro estatal de familias LGBT (de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) en la primavera de 2016. Se aprobó por unanimidad en la asamblea de clausura del quinto encuentro, celebrado esta semana en Tarragona con más de 500 participantes. Entre ellos, familias de Fundación Triángulo Extremadura, fundamentalmente lesbianas solteras o en pareja, que han ido conformando un grupo cada vez más vivo que comenzó a desarrollar actividades hace cuatro años, a raíz de asumir la organización del IV Encuentro en Hervás en abril de 2011. Para Silvia Tostado, coordinadora de Familias LGBT en Triángulo, asumir por segunda vez este reto «es un compromiso, con nuestros hijos y nuestras hijas, con nuestras familias y las entidades que cada día vamos consolidando más, empoderándonos como parte de una sociedad, la nuestra, en la que queremos vivir en plena libertad, con absoluta normalidad. Pero al mismo tiempo supone una clara señal de nuestra mayor madurez como grupo humano, aquí en Extremadura, cada día con mas fuerza y ganas de seguir haciendo de nuestra tierra aquella donde queremos que crezcan los nuestros, una tierra donde nadie pueda ser discriminado por ser como quiera ser».

 

Reportaje publicado por Hoy

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