La adolescencia es una etapa preciosa. A pesar de ello, muchos padres la viven con miedo, con angustia, con incertidumbre. La adolescencia es una etapa de cambios y todos los cambios asustan un poco. Nuestros niños y niñas se acuestan una noche y cuando se levantan de repente dicen o hacen algo que nos hace caer en la cuenta de que ya son pequeños hombres y pequeñas mujeres. Cambia su cuerpo, cambia su voz, cambian sus gustos… cambios y más cambios que a los padres nos asustan.

Nos falta confianza. Confianza en ellos, confianza en nosotros, confianza en la vida. Nos hace falta creernos que, si hemos criado a nuestros pequeños con todo el amor y el respeto que merecen, superarán esta etapa sin dificultad. El amor del que se han nutrido durante años les convertirá en personas seguras, con alta autoestima, con criterio y resolutivas. ¿El qué nos da miedo entonces?

La adolescencia saca a nuestros pequeños del círculo seguro en el que se mantenían pegaditos a nosotros, sus padres. Ahora quieren dar un paso más: dejémosles. Es natural, es necesario, algún día querrán volar definitivamente y ahora ensayan para experimentar, es un aprendizaje más, acompañémosles.

Algunos adolescentes están demasiado solos y eso es lo triste y lo que da miedo. Un adolescente necesita ser sostenido y acompañado. Este adolescente solo, fue seguramente, un bebé solo, un niño solo. Si se deja a un bebé llorando solo, falto de amor, falto de brazos, ese bebé crecerá desconfiado, inseguro, miedoso. Este bebé falto de acompañamiento llegará a la adolescencia con muchas carencias que tratará de cubrir. ¿Y ahora qué? ¿Ahora dónde? ¿Buscará a los padres que no le dedicaron tiempo cuando más lo necesitaba? Suponiendo que ahora los padres estén disponibles estos adolescentes buscarán por otros sitios, y eso es lo que da miedo.

No da miedo que las niñas se quieran pintar el ojo con 13 años, ni que su habitación sea un desastre permanente, no da miedo que no quieran ducharse o que lloren desconsoladamente por algo que a nosotros nos parece un asunto sin importancia. Lo que da terror es que de pequeños aprendieran que no eran lo más importante, porque ahora querrán demostrarlo a toda costa. Ahora bien, si nuestro hijo o hija ha sido nutrido afectivamente durante su niñez, no hay de qué preocuparse, toca relajarse y disfrutar del trayecto.

  1. En primer lugar, los padres debemos tener claro cuáles son los límites que queremos establecer para nuestros hijos. Una vez establecidos debemos explicárselos, en caso de que el adolescente no esté de acuerdo, consensuar entre las dos partes.
  2. Como padres también nos corresponde explicar a nuestros hijos cuáles pueden ser las consecuencia de sus actos, informar no es meter miedo, es explicar de la forma más objetiva y clara posible.
  3. Es importante no compararles con otros adolescentes. Cada niño es único y así debemos aceptarlo. Cada uno vive su etapa según su momento y sus circunstancias, nada es comparable.
  4. Sus cosas son importantes aunque a nosotros nos parezcan tonterías. La empatía es fundamental. Debemos procurar ver la vida a través de sus ojos para poder comprenderles mejor.

La adolescencia nos da una oportunidad para ver madurar a nuestros hijos, para poder enseñarles algunos valores que necesitarán en la edad adulta: a ser responsables, consecuentes con sus actos, a respetar, a saber organizarse, y tantas cosas más.

Es una etapa nueva, es un momento nuevo, debemos permitirnos el ensayo-error y permitírselo a ellos. Están aprendiendo a ser hombres y mujeres, necesitan equivocarse, caerse, levantarse. Todo está bien, pero no les dejemos solos.

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