La fuerza de la sangre es una de las Novelas Ejemplares de Don Miguel de Cervantes. Desarrollada en Toledo, tiene como protagonistas a dos jóvenes del lugar. Leocadia, muchacha de 16 años, de origen humilde, es hermosa y dulce. Rodolfo, joven de 22 primaveras, de buena familia, tiene en cambio una mentalidad, digamos, liberal.

El muchacho, fascinado por la niña, decide acostarse con ella. Tras proponer la idea a sus amigos, todos dan media vuelta para raptarla y dar gusto a Rodolfito, faltaría más. Los jóvenes se cubren los rostros (¡qué valentía!) y, embozados, desenvainan las espadas. A pesar de los esfuerzos de la familia por defenderse, de sus llantos y las llamadas de socorro, Rodolfo logra raptar a Leocadia, que se desmaya por el camino. El pollo se la lleva a su propia casa, donde la viola aprovechando su inconsciencia (¡qué virilidad!). El final de la novela es ejemplarizante, por supuesto, e invito a leerla y extraer conclusiones, que todo es aplicable a nuestros tiempos de una u otra manera.

Aunque los que deberían de leerla (esta y más, que novelas ejemplares hay muchas) son los Magistrados de cierto Alto tribunal europeo de justicia.

Este modelo, él de hombre heterosexual violador de doncellas, mantenedor de relaciones sexuales a su capricho y libre albedrío, parece ser el preferido por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), en oposición al hombre homosexual, ese que el derecho francés excluye, permanentemente, de la donación de sangre por tener relaciones con otros hombres, cosa mucho peor que desflorar adolescentes, como apercibe cualquiera que tenga algo de perspicacia.

El TJUE consideró, el pasado 28 de abril, que los homosexuales pueden ser excluidos de donar sangre si lo justifica la situación sanitaria en su país.

Ahí queda eso.

De modo que ya es oficial.

Los homosexuales somos unos vectores malignos, posiblemente desarrollados por crueles demonios, para trasmitir enfermedades que destruyan al ser humano. Es por ello por lo que la sociedad ha de protegerse de nosotros. Tal vez deberíamos ser fumigados, como moscas tse-tsé, para prevenir que el sacrosanto cuerpo social sea contaminado por la sangre impura de los “maricones”.

Una persona heterosexual puede tener relaciones con quien quiera, como quiera, con/sin preservativo o con la promiscuidad que considere adecuada a su fogoso instinto, porque no transmite nada. Nada en general ni nada en particular. Lo han dicho sus Señorías, que se ve que de transmitir saben lo suyo.

Sentados en su Cátedra, recrecidos en su poder, han justificando lo injustificable. Lo que tampoco es nuevo. Lumbreras ha habido que han argumentado, siempre, la discriminación.

Invariablemente la mujer ha sido relegada. Por supuesto en base a datos y sentencias respaldadas por la mayor justicia y sabiduría.

San Juan Damasceno opinaba que “La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno”. Pero la cuestión ya venía de antiguo. Para Platón “las mujeres son resultado de la degeneración física del ser humano, sólo los varones han sido creados directamente de los dioses y reciben el alma”. Por su parte Aristóteles decía que “La razón por la que un hombre domina en sociedad es su inteligencia superior”, “Sólo el hombre es un ser humano completo”. Os ahorro, por caridad, lo que decía sobre el flujo menstrual y el semen.

Con estos mimbres no es de extrañar que, apenas un puñado de años atrás (o sin años ni atrás), se siguiese considerando a la mujer, por naturaleza, inferior al hombre, poseedora de un cerebro pequeño, una inútil. Sin derecho a voto, sin derecho a trabajar cuando quisiese, sin derecho a vivir su propia vida. Con respaldo de Cortes y Judicaturas, como es de recibo, que las cosas no se hacen sin una razón. El poso de tanta “erudición” continúa lastrando la sociedad.

El comercio negrero tenía una sólida base legal y social. Los negros eran seres inferiores, asimilados frecuentemente a animales, sin poder ser considerados sujetos de derecho, dado que no tenían alma.  ¡Y fíjese qué insolencia, las de estos seres, que pretendían tener los mismos derechos que los humanos animados! Hubo una mujer que un día, allá por 1955, en un autobús sureño de Estados Unidos, se negó a ceder el asiento a un blanco y largarse a la parte trasera, cabe pensar que con el rabo entre las patas, como correspondía.

Se llamaba Rosa, Rosa Parks, y movió una sociedad y unas leyes y unos jueces que hasta entonces le escupían a la cara su desprecio.

El siglo XXI aún nutre discriminaciones de este tipo por todo el planeta. Avaladas por “evidencias” y la “mejor” de las intenciones, perviven situaciones que, no por habituales, son menos vergonzantes.

En abril de 2009, en la ciudad francesa de Metz, un médico rechazó la donación de sangre de Geoffrey Léger porque había mantenido relaciones sexuales con otro hombre. Leger reclamó su derecho a ser tratado con equidad por el sistema sanitario. En abril de 2015, en Luxemburgo, un juez por cada país de la Unión Europea y nueve abogados generales le han dicho: no.

Señores magistrados:

Ser heterosexual no garantiza nada. Se infectan y transmiten y sufren igual que los homosexuales. Debería haber primado en su juicio la calidad y salubridad del sistema sanitario, no la persona ni su vida íntima.

Ustedes han traicionado el espíritu humanista más elemental.

Su sentencia es vertical. Un muro de concreto que concreta y circunda los modernos apartheids. Segregan por orientación sexual en vez de decir lo que es lógico. Lo que es sano. Lo que evitaría sufrimiento de una y otra parte.

Que hace falta un sistema de detección de enfermedades transmisibles (de todas las enfermedades implicadas) en todas las muestras de sangre y productos hemoderivados. En todas. Eso, sólo eso, garantiza que el sistema funcione, con seguridad, para aquellos que necesiten una transfusión o un producto derivado. Eso y no exclusiones por prejuicios trasnochados.

Declaran vuesas mercedes que de no existir tales técnicas diagnósticas, habría que verificar si hay “métodos que garanticen un alto nivel de protección de la salud de los receptores y sean menos coercitivos que la exclusión permanente de la donación de sangre y, en particular, si el cuestionario y la entrevista personal a cargo de un profesional sanitario pueden permitir identificar con más precisión las conductas sexuales de riesgo”. ¿Cómo que de “no existir” tales técnicas diagnósticas? Existen, señorías, existen, y debería ser punible no aplicarlas en cualquier estado de la Unión (del mundo, si no les importa). Lo que no se puede es razonar que, si no se aplican, se sustituyan por criterios homófobos. El cuestionario y la entrevista personal sirven para identificar conductas de riesgo, pero no en razón de la orientación sexual, sino de la persona. Porque las conductas de riesgo SON independientes de la orientación sexual. Aunque no les guste, señorías. ¿Cuándo van a entender que las enfermedades de trasmisión sexual no discriminan en función de la persona, que les da igual Paca que Paco y con quién se acueste cada cual?

Francia debería haber sido condenada por violar los derechos humanos y no garantizar, científicamente, que lo que sus bancos de sangre ofrecen está libre de toda duda.

Francia, perdida en su maraña de retroceso de libertades, asfixiada por sectarismos fascistoides (ahora en vez de “Libertéégalitéfraternité” existe, para vergüenza del mundo, la “Manif pour tous”), se erige en la protagonista de un retroceso cultural y sanitario, brutal, respaldada por ustedes.

Cuando mañana un francés, uno solo, sea diagnosticado de VIH, hepatitis C o hepatitis F (sí, existen esas y más), o cuando… cuando eso ocurra, Francia sonreirá con cara de sabia meretriz y dirá: tranquilo, tranquilo, que te has contagiado de algo, pero tranquilo. Es con sangre heterosexual, no te preocupes.

Magistrados, ustedes no sólo han olvidado los derechos humanos. Han institucionalizado la homofobia. Han dado argumentos a los homófobos. Les han armado al sentenciar que ser homosexual es un peligro, que está justificada la exclusión. Ustedes se mancharán las manos con dolor de inocentes, esos que serán perseguidos y maltratados gracias a su alegato.

Han tenido una ocasión de oro para hablar, con voz limpia, a favor de los derechos de todos los seres humanos, de romper una lanza por el respeto de todos para con todos. Sólo hacía falta que tal respeto existiese en su interior. Por desgracia, ni existe, ni parece esperable que aparezca.

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