“Daniel tiene 14 años y es mi hijo mayor, soy padre de tres, los otros tienen 11 y 2. El pequeño es hijo de mi segundo matrimonio.

Es verdad lo que dicen sobre que el hijo mayor te marca. En mi caso fue completamente inesperado, pero yo estaba muy enamorado de mi primera mujer así que la idea de formar una familia con ella hizo que centráramos todos nuestros esfuerzos en ser buenos padres y una familia unida y feliz.

Dani se convirtió en mi ojito derecho, y me esforcé porque no sintiera que la llegada de su hermana empeoraba las cosas, tres años después, le afectara o lo hiciera sentir dejado de lado.

Cuando Dani tenía 8 me separé de su mamá y dejamos de vernos todos los días. Empezamos a vernos los fines de semanas. No me siento muy orgulloso de esa etapa en la vida de mis hijos, porque empecé a vivir mi vida y a delegar bastante en la madre de ellos sus cuidados.

Hace dos años, con el nacimiento de mi hijo menor, me di cuenta de que estaba cometiendo un error como padre y me esforcé en estar más cerca de mis hijos mayores. Con la nena fue más fácil, pero Dani estaba distante y me costó mucho acercarme a él.

Empecé a hacer planes con él de solo los dos, irnos a cenar, a ver una película al cine, hasta que lentamente comencé a sentir que confiaba en mí, que su afecto era más grande y que le gustaba estar conmigo. Una vez se dejó el móvil en mi casa. Yo lo cogí, pero sin afán de registrar nada, el mío se estaba estropeando y quería ver qué tal era su modelo, que al ser un terminal de marca china era nuevo para mi.

Empecé a mirarlo y me salieron unas fotos que me dejaron pasmado. Dani estaba tumbado en la cama con otro chico. Vestidos, pero en posturas muy tiernas, de morritos, hasta que llegué a una foto en la que se estaban besando.

¿Qué pasó cuando descubrí a mi hijo de 14 años besando a otro chico? Se me cayó el mundo. Pensé que era  mi culpa, pensé que esos años donde yo había estado más ausente quizás le había faltado una referencia masculina y que por eso estaba confundido, pensé en todas las bromas que hacemos mis colegas y yo de “maricones”, pensé tantas cosas que a día de hoy me siento imbécil por todos esos pensamientos.

En mi seguidilla de errores cuando Dani regresó a casa a coger su móvil lo enfrenté. Mi hijo se puso a llorar y se cerró en banda, no quería decir nada. No lo enfrenté de manera agresiva, para nada, pero sin duda no tuve ningún tacto. Llamé por teléfono a su madre y seguí siendo imbécil. Mi tono era más bien recriminador.

Ella con mucha paciencia escuchó todo lo que le dije. Antes de cortar simplemente dijo: “no permitiré que hagas sentir mal a Dani por ser quien es”. Me quedé muerto.

Toda la semana pensando “ser quien es”, ¿quién es Dani? Con el paso de los días me respondí: “Dani es mi hijo, el niño al que amo hace 14 años. Eso debe ser suficiente”.

Leí bastante acerca de homosexualidad, me di cuenta que tenía muchos prejuicios, mucha ignorancia. Recapacité y me acerqué a Dani desde otra perspectiva, desde el amor incondicional, desde dejarlo fluir y empoderarlo para que fuera él mismo.

Hoy agradezco a mi hijo que me hiciera un hombre más abierto y un mejor padre”.

VER: Preciosa carta de un padre gay a su hijo recién adoptado.

Por Carlos Martínez

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