Metidos ya en otoño, he vuelto a mirar atrás, al pasado verano. Porque los veranos, con sus largos días, son generosos en horas y permiten observar pedacitos de vida que, con la llegada de la nueva estación, se van perdiendo entre hojas amarillas.

Perdonadme si, hoy, solo hablo de esos pedacitos, si solo hablo de mí…

Fiel al ritmo de sus tiempos, el 8 de septiembre se fue, un punto de nervio y otro de expectación, camino de su colegio. Comenzaba el nuevo curso. Primero de primaria. ¡6 años ya!

Cuando volvimos de California, y una vez que la emoción desbordada de la familia se fue relajando, su abuelo Ricardo -el Yayo- acudía todas las tardes a casa para salir a pasear con él. Con paraguas y plásticos, si llovía; con gorras y buscando las sombras, si el sol deslumbraba. Todas las tardes, sin faltar una. Ignoro si en esos paseos se hablaban o solo se miraban y sonreían, pero seguro que fueron la base del cariño profundo que mi hijo siente por mi suegro. Los dos solos patearon las calles de Vallecas, sus parques, sus bulevares. Los dos solos, conectando en un salto generacional California y Madrid.

El Yayo ha tenido en los últimos meses dos cirugías. Y eso deja huella. Son 91 años. El día previo a salir de vacaciones, fuimos a despedirnos de los abuelos. Quisieron bajar a la calle con nosotros. Alonso, fuguillas como es, salió el primero. De pronto escuchó descender a Ricardo, se dio media vuelta y subió las escaleras corriendo. Con una mano retiró la gorrilla que colgaba de los dedos de su abuelo y con la otra lo agarró con fuerza. El abuelo bajó apoyado en el nieto y la barandilla. Ambos felices. El nieto, de ser tan mayor que ya podía ayudar a su Yayo. Mi suegro, de ver como su nieto pequeño estaba junto a él, pendiente, cuidándolo.

…En la calle, Alonso aprieta fuerte el cuello anciano en un largo beso y se va parloteando, como hace siempre. Yo siento el pecho henchido de orgullo. Por mi familia. Toda ella. Mi familia extensa. Una familia que une dos mundos más allá de un océano.

 

Mi madre -la Manana- va camino de los 85 años. Se emociona cuando le digo, este 24 de agosto, que Kara ha escrito al niño. Alonso está encantado con los correo de ella. Mi madre se queja, una vez más, de su salud y sus dolores, que no le permiten ir corriendo a darle un beso. Esa mujer nunca va saber lo que yo la quiero”, se lamenta. Se lo hemos dicho, mamá. Lo sabe. Sabe que dio la vida a Alonso y a mucha más gente. Mi madre sonríe y se prepara para salir a celebrar el sexto cumpleaños del nieto.

Hace 25 días fue intervenida. Una cirugía mayor. Pero el nieto es el nieto y ella se va de juerga porque él lo vale. Alonso, en el postoperatorio, se acercaba a ella y le decía ¿te doy un masajito? y deslizaba sus dedos, por la cabeza o los pies de su Manana, con un cariño más grande de lo que se puede poner en palabras.

Unos días después recogimos todo para marcharnos del pueblo. La abuela se quedará allí, esperando a diario una llamada para escuchar a su nieto decirle algo, aunque sean solo dos palabras. Eso le da fuerza y energía. Quiere verlo crecer.

Cargamos el coche y nos preparamos para el viaje. Alonso, ya en su silla, con el cinturón puesto, baja el cristal de la ventanilla y dice a su Manana: Te quiero mucho. Nunca me voy a olvidar de ti-. Mi madre abre unos ojos como platos, se agarra a la puerta y murmura “¿qué has dicho?”. Alonso lo repite despacio, como para que lo entienda. Mi madre se yergue, arrebolada, me mira y dice “Eso no me lo ha dicho nunca nadie, ¡ni tú!”. Y la luz brilla por toda su cara.

…No podrá cruzar un océano, pero continuará aquí para ver cómo, poco a poco, aquel niño que llegó cuando nadie pensaba que vendría, crece y le sigue diciendo a la oreja: te quiero mucho.

Del pueblo nos fuimos a la playa, a casa de mi hermano. Desde hace años, a través de una asociación, acoge durante el verano a niños saharauis. En esta ocasión la pequeña se llama Fathima. 10 años y dos ojos negros de intensa mirada. Tras los saludos, Javier y yo nos vamos a nuestra habitación a deshacer maletas. De pronto, la puerta se abre y entra Alonso seguido de la niña.

Este y este-, dice mi hijo, señalándonos. –Estos son mis dos padres-. Ella sonríe y se tapa la boca con la mano, en un gesto infantil muy común. Mi hijo sale el primero, levantado la cabeza, pisando fuerte, con ese aire suyo de ¿lo entiendes por fin?

Luego supimos que, en el salón, Fathima había preguntado al niño por “su madre” y él respondió que no tenía madre, que tenía dos padres. No le creyó y preguntó a mi cuñada, que confirmó las palabras de Alonso. Pero este prefirió la acción y la explicación más clara. Agarró a la niña y la llevó a nuestro cuarto. Para que, con sus propios ojos, viese a su familia y sus padres.

…Fathima no volvió a tener ninguna duda.

¡Lástima que los veranos acaben! Cuántos detalles de la vida de mi hijo me voy a perder ahora, cuando apenas lo vea unas pocas horas al día.

La crianza es como adictiva. Mezcla tortillas y besos con un arte que, realmente, engancha.

Amar engancha mucho. ¡Y por eso quiero más!

Más…

Como este verano del 16.

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