Todos los años por estas fechas nos encontramos con multitud de información acerca del festival europeo de la canción. Para algunos se trata de algo desfasado, “carca”, politizado e incluso friki. Para otros, (entre los que me incluyo) no es más que un certamen de canciones en el que los países se ven representados por un tema, un intérprete y una puesta en escena.

Si algo nos caracteriza a los españoles es “nuestro amor por los dramas”, y sobre todo el “echar la culpa a los demás”. Que perdemos en el fútbol: culpa del árbitro; que no ganamos medallas: los demás se dopan; que nos piden que controlemos nuestras finanzas: culpa de Merkel…y así con todo. Y claro ¡Eurovisión no iba a ser menos!

Desde que se inicia la elección del representante y de la canción se suceden opiniones de todo tipo, a favor y en contra, unas más educadas y otras (las menos) sin fundamento, ni con el más mínimo respeto. El que te guste o no un tema, el que lo consideres digno o no para representarte, no te capacita para desprestigiar a todo un certamen, y mucho menos, el trabajo que conlleva.

Por otro lado, se argumenta que se trata de algo caro, que paga el Estado y que por tanto en la época en la que estamos, “España debería dejar de participar”. ¡Pongamos las cuentas en claro! RTVE abonó el pasado año 398.615 euros a la Unión Europea de Radiodifusión. Evidentemente se trata de una cantidad elevadísima, más aún con la enorme crisis económica que vive el país.

Si nos quedamos con ese dato, a la mayor parte de los ciudadanos nos parecería desproporcionado. No obstante, y para ser justos, se debe explicar que de los casi 400.000 euros; el 80 por ciento sirve para abonar el canon al ente que organiza el certamen. Dentro de este precio, la UER abastece a las televisiones públicas, durante todo el año, no sólo del formato de Eurovisión, sino de documentales (muchos de ellos emitidos en la 2), programas educativos, derechos de retransmisiones deportivas, así como de imágenes de informativos.

Si bien es cierto; RTVE abona más que otros países, ya que prefiere que el candidato o candidata en el certamen participe directamente en la final sin tener que pasar la criba de las semifinales. (Algo que podría reconsiderarse y reducir así el montante global). Por tanto, el coste del concepto mismo de participación (viajes, alojamientos…) se reduce a 80.000 euros. A esto hay que restar que en los últimos años, se buscan patrocinios privados, lo que ayuda a aliviar la carga para las arcas de RTVE, cuyo presupuesto anual se asigna en los Presupuestos Generales del Estado.

Si esto se compara, por ejemplo, con los 600.000 euros que costaba cada capítulo de Águila Roja o los 45´5 millones que pagó el ente público, en 2013, por diez partidos de la selección española de fútbol, llegamos a la conclusión que Eurovisión “no es tan caro”.

Aclarados estos puntos pasemos al público objetivo. El festival es el programa de televisión más antiguo que aún se emite en el mundo. Se estima que la audiencia oscila entre los 100 y los 600 millones de personas. En España, entre cuatro y seis millones y medio de ciudadanos se reúnen cada año en torno al televisor para seguir la retransmisión.

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Si bien, esa es la media, ha habido años como 2008, 2003 o 2002 donde esa cifra se rebasó ampliamente. Precisamente en ese último año, Rosa logró, con su “Europe´s living a celebration”, que Eurovisión se convirtiera en la emisión más vista de la historia de la televisión en España. En la actualidad sólo ha sido superada por tres retransmisiones deportivas: los penaltis del España-Italia en la Eurocopa de 2008, la prórroga del España-Holanda en el Mundial de 2010 y la final de la Eurocopa 2008 entre Alemania y España.

Con esas audiencias decir que el festival está acabado es simplemente “una absurdez”. Así las cosas, público de todo tipo es seguidor del festival cada año. Entre ellos destacan las personas LGTB, muchas de ellas convertidas en auténticos “eurofans” durante estos días.

El festival se ha celebrado en los países más diversos que han tenido que aceptar, muchas veces a regañadientes (como en Rusia) que el público gay es un soporte importante de la iniciativa. Así, los guiños de los intérpretes han sido constantes a lo largo de los 58 años de vida del certamen.

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La defensa de los derechos LGTB ha sido asumida, incluso desde la propia organización, quien ha solicitado respeto por la diversidad en aquellos países que, como Rusia, han aprobado recientemente leyes en las que se vulnera la dignidad de las personas homosexuales. Precisamente el país en cuestión, no dudó en censurar (al poner un fundido en negro durante la emisión) la actuación de la cantante de Finlandia, el pasado año 2013, cuando durante la interpretación de su tema “Marry Me”, que abogaba por el amor libre, besaba en la boca a otra mujer.

Este año la “polémica” por la participación de “la mujer barbuda”. Conchita Wurst ha demostrado ser una excelente intérprete, cuya barba y aspecto no desmerece su mérito. Pese a todo, y desgraciadamente, ha habido quejas de determinados países, incluso comentarios de sus representantes, en los que han menospreciado a la candidatura de Austria, que, tal vez sin buscarlo, se ha convertido en un referente de los derechos LGTB. Ella sólo transmite un mensaje: TOLERANCIA.

Eurovisión se abre, por tanto, como una ventana al mundo para mostrar lo que somos, lo que tenemos, para que nos promocionemos, para que viajemos y conozcamos, para que nos culturicemos y para que respetemos… ¡Así que, aprovechémoslo! Si lo hacemos, encontraremos canciones de todo tipo y para todos los gustos, intérpretes buenos y malos, candidaturas más o menos serias; pero sobre todo nos adentraremos en un mundo de música y espectáculo. Recordad que las polémicas son como las gotas de lluvia que te pueden mojar mientras paseas, pero que finalmente se secan, así que “Keep on dancing in the rain”.

@crisda9delgado

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