Todos recordamos el momento en que la escritora y presentadora dijo algo tan confuso y poco venido a cuento como que «aplaudo a todos aquellos que viven su sexualidad en privado porque la condición sexual, señores y señoras, es privada, y sólo atañe a dos personas». Como la pólvora se corrió rápidamente la voz y las redes sociales pudieron gritar lo que llevaban meses esperando. «¡Sandra habla de su sexualidad! = Sandra sale del armario». Sólo cuando los autores de esas mismas redes vieron el vídeo, ¡horas o días después! se percataron de que no decía nada sobre ella misma, sino todo lo contrario. En aquel momento no se supo si salía del armario o se metía un poco más adentro. Fue cuando los medios más activistas criticaron su ambiguedad y su defensa de la privacidad.

A todo aquello se sumó su indignación pública a que El Mundo la incrustara dentro de su selección de 50 gays y lesbianas influyentes españoles. Todos se preguntaban ¿Qué pasa, se averguenza?

Parecía como si Sandra quisiera defender su derecho a no salir del armario, pero no. Yo detrás de las pantallas, detrás de los periódicos, veía una persona  muy humana y confusa. Que daba medio paso para alante, para tropezarse sobre su otro paso para atrás. Al momento de ver toda esta maraña de titulares estallar, decidí hacer un juego que me gusta mucho y que me he inventado yo: ponerme en su lugar.

Antes de jugar a esto, hay que observar bien al individuo en cuyo lugar te quieres colocar. Observando a Sandra pude concluir con seguridad que es tímida. Echada pa´alante, si. Pero tímida. La que en el cole levanta la mano la primera para decir la lección de memoria pero cuando la profe la señala, se pone roja. Ese tipo de tímida valerosa. Me imaginé siendo Sandra: haciendo el trabajo por el que me pagan, con todos los focos apuntándome como pistolas y pensando en ser un poco referente para mis semejantes, pero a la vez deseando quejarme de la presión que a veces he sentido de algún colega activista para que dijera a grito «pelao»: ¡¡Soy lesbianaaaaa!. Me imaginé diciendo para mis adentros «¡Jolín, yo sólo vengo aquí a trabajar!» Es en ese estado donde yo creo que la hermosa Barneda metió la pata con todo el equipo. Dijo lo justo y necesario para que la criticaran los suyos y los otros.

Me imagino siendo Sandra al día siguiente, metiendo la cabeza entre las sábanas, mirando el Facebook o el Twitter donde me ponen mas que verde y me tachan casi de homófoba.

oveja rosa sandra barnedaY es así como creo que Sandra ha ido dando pequeños pasos hacia su visibilidad univsersal (y digo univsersal porque yo creo que la muchacha tal vez estaba fuera del armario en su casa y con su familia, amigos y compañeros del trabajo). Con «susto» y con esa sensación de que ya uno no lo hace por uno, sino porque si no lo hace, ¡se lo comen!

Entonces llegó su comentadísimo comentario en Hable con ellas:  «Aquí la homosexualidad es legal y te puedes casar entre hombres y mujeres, y aunque seamos cinco mujeres, yo también diría que las mujeres pueden estar viéndonos y sintiéndose atraídas». Me imagino siendo Sandra y diciendo «Oh, dios mío, qué he hecho». «Toma ya. Ahora que nadie se queje. Soy la reina de los mares». «Qué susto» y muchas frases de estas, tan contradictorias como humanas.

Y así, con «pa´alantes» y «pa´atrases» llegamos al momento en que, a una pregunta tan irrelevante y de la que podría haber salido sin pena ni gloria, como «Si tuvieras que elegir a un hombre y una mujer para repoblar la tierra» ella respondió algo tan absurdo y gracioso como: «a mi pareja, que es mujer (momento pa´alante), de la que no os pienso decir el nombre (momento «susto», o momento «pa´atrás»), y al hombre más guapo y fértil de la tierra (momento tonto)»

Sí, señor. Me sentí fascinada viendo el momentazo. Como si me estuviera pasando a mí. Me sentí como cuando levantas la mano en el cole y dices la lección entre dientes pero «fetén», todos te miran y quedas estupenda.

Entonces sí. Todos aplaudieron. Los suyos y los otros. Todos felicitaron a Sandra por su valor. Yo, sin embargo, ya la venía aplaudiendo, como una madre aplaude a un hijo en el baile de la guardería aunque no baile, desde que intentó por primera vez ser ella misma y hacer algo por las demás. ¡Sí señor, Sandra! No sólo te defiendo y te felicito, sino que te declaro ¡mi referente lésbico español por excelencia!

Ana Rojas

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