Cada niño nace con un programa de aprendizaje propio. Cada niño es único, especial e irrepetible. A pesar de ello los adultos parecemos empeñados en adelantar los aprendizajes y en comparar a unos niños con otros.

Opino que de nada sirve insistir en que nuestros hijos aprendan esto o aquello si no están madurativamente preparados. Aún estando maduros cada niño tiene una forma especial y particular de aprender. Lo más sensato sería acompañar a los niños en sus aprendizajes siendo respetuosos con sus ritmos y siempre a través del juego.

Los adultos debemos relajarnos y confiar en nuestros pequeños sin agobiarles. Cuando un niño no está suficientemente maduro para incorporar un nuevo aprendizaje no sirve de nada tratar de motivarlo ofreciendo un premio si lo consigue; simplemente no puede hacerlo, no está preparado. A pesar de ello el pequeño probará e intentará conseguirlo (más por agradar a sus papás o mamás que por conseguir la recompensa), al no lograrlo se frustrará, se sentirá triste y esto inevitablemente afectará a su autoestima.

Personalmente soy más partidaria de ofrecer al niño un determinado aprendizaje y probar. Si el niño lo rechaza o no está preparado podemos volver a ofrecérselo en unas semanas o en unos meses, dependiendo de lo que se trate. Ante todo debemos relajarnos y confiar. Cualquier niño sano aprenderá a caminar, a dejar el pañal o a montar en bici y no lo hará antes porque los adultos nos empeñemos en ello.

 La mayoría de la veces los adultos forzamos a nuestros hijos obligados por las circunstancias o por las presiones sociales. En la guardería o en el colegio no siempre son respetuosos con los ritmos de los niños. Cuando los profesores o cuidadores preocupan innecesariamente a los padres porque sus hijos no siguen el ritmo de la mayoría, estos se agobian y en consecuencia agobian a sus hijos.

En pocas ocasiones tenemos en cuenta algunos factores como las diferencias de edad que existen entre los niños de un mismo curso (los que han nacido en enero, febrero, respecto a los noviembre diciembre), tampoco tenemos en cuenta las inteligencias múltiples que cada ser humano posee y que cada persona tenemos desarrolladas unas más que otras. No se nos ocurre pensar en las circunstancias sociales y ambientales en que vive cada niño. ¿Cómo se nos puede ocurrir entonces comparar? Lo fácil es estandarizar, lo difícil comprender y acompañar.

Como padres y educadores respetuosos es necesario confiar; es imprescindible relajarse y comprender que cada niño es un individuo único y especial. Sólo así caminaremos junto a nuestros hijos respetando el ritmo que ellos elijan y no el que otros nos quieran imponer.

Mayte Gómez González

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