Existe una tendencia generalizada entre los poderosos de toda ralea a reinterpretar y ajustar leyes y mandatos según su propia ganancia y criterio.

Un ejemplo reciente de ello ocurría hace unos días, cuando el Consejo de Derechos Humanos (CDH) de las Naciones Unidas adoptaba una resolución sobre la familia en la que se excluía toda mención a la diversidad de realidades familiares. La iniciativa es un alegato en defensa de la homofobia, una justificación, para perseguir la diversidad, encubierta en la bandera de los valores tradicionales. La misma bandera que se enarbolaba para justificar que la mujer no tuviese derecho a voto o que el color de la piel era el que daba o quitaba el aire para vivir. La iniciativa es contraria a los derechos humanos, pero hace tiempo que la ONU no sabe qué hacer en la defensa de estos. El derecho a veto de ciertos países la convierte en un órgano incapacitado para aplicar el concepto universal de que “todos somos iguales”.

La idea, promovida por Rusia, donde la homofobia institucional toma carta de hidalguía y naturaleza es degradante para cualquier persona, pero lógica en su filosofía, carente de toda autocrítica, tal vez  porque, si la hubiese, alguien podría recordar las imágenes del señor Putin, luciendo cuerpazo y músculo testosterónico, presumiendo de induraciones abombadas ante las miradas lujuriosas de sus paisanos, y alguien podría recordar el “dime de qué presumes y te diré de que careces”. Seguro estoy de que en la madre Rusia, existe una frase que, como esta, se explica por sí misma.

Bien, dejemos que las “virilidades” del líder ruso vaguen en su mundo particular.

Decía que de Rusia uno puede esperar esto, pero escuchar a la Iglesia Católica, interpretar la voluntad de Dios de modo torticero, falsear la palabra de Dios, ajustar sus designios a sectarismos personales y erigirse en traductores del pensamiento divino es más duro de soportar. Su impacto a nivel global es muy grande y el daño ocasionado es mayor.

Se ha presentado un nuevo título para la catequesis de los jóvenes cristianos.

Es el catecismo Testigos del Señor, que define la identidad sexual como un don que se recibe de Dios, don que no es opcional. Cierto, Monseñor Gil Tamayo. “…la identidad sexual no se elige .

Es decir, por sus palabras, cada cual es como es, como nace, con sus defectos, con sus virtudes, con sus metas y sus miedos. No se elige. Y… y aquí es donde  el Catecismo se cubre de gloria. No se elige, pero no hay que hacer caso alguno a eso con lo que se nace. Hay que hacer lo que diga Yo. Entendiendo por Yo al tarotista de turno interpretando las entrañas de las Sagradas Escrituras. “La Iglesia no va al pairo de ideologías de género”. No, por supuesto, Ella ha de ir al viento del ideario del machismo sacerdotal.

Pretenden ustedes enmendarle la plana al mismísimo Dios y decir que si Él ha decidido que una persona sea heterosexual no tiene por qué serlo y debe cambiar. Que si Él ha hecho a alguien transexual se ha equivocado y no hay que aceptarlo, sino mutar. Que los designios de Dios son los que dice la Conferencia Episcopal y no los que desea el Creador. Hay la idea de que Jesús habló en pasado, pero viéndoles decir y actuar, creo que en realidad estaba mirando al futuro y definiéndoles: …vosotros, por fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. Difícil es expresarlo mejor.

La falsía en la oratoria de la Iglesia, no por tradicional, puede justificar que se violente la palabra de Dios.

Él ha creado la diversidad humana. Enriquecedoras y diversas sexualidades, orientaciones, familias y todo tipo de vocaciones vitales.

¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Y sin embargo, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Es más, aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos (Lucas12:7). Son ustedes los que dicen que Él controla, decide y cuida de todo mientras, hipócritas, pretenden tener la verdad del Verbo en su palabrería y que sean sus propósitos los que obliguen a las personas.

Ustedes siembran dolor y daño, estimulan odios y muertes, miman iras y rabias.

Dios no creó a su Iglesia para que persiguiera a sus hijos, sino para que los amase. La pena es que ustedes sólo cuidan del reino material, de sus riquezas y prelacías. Y lo hacen a costa del dolor ajeno, sin importales las lagrimas que tantas mujeres y hombres derraman tras  escuchar sus lenguas de fariseos.

La Conferencia Episcopal Española ha olvidado que Dios es Amor.

Que alguien como yo, casi ateo, sea quien se lo recuerde más que un signo de los tiempos, es una muestra del bajo concepto de pureza que posee hoy la curia romana.

A ustedes, ¿quién les concederá el perdón?

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