El aumento de la LGTBfobia en España: «mi hijo de 11 años ya sabe que nuestra familia no puede moverse libremente por ahí»

Ser gay no es una elección, es quien eres. Ser intolerante es una elección que no deberías hacer.

Ser gay no es peligroso para las familias, enseñar a odiar sí.

Así se expresaba el vicepresidente de la Comisión Europea, Fran Timmermans, el pasado junio, tras la aprobación por el Parlamento húngaro de una ley que, entre otras, prohíbe hablar sobre homosexualidad en los colegios y que el gobierno ha incluido dentro de la legislación contra la pedofilia.

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De un plumazo, la ultraderecha húngara ha logrado dos de sus metas: censurar la información que se da en las escuelas y asociar, como es tradicional entre homófobos, al colectivo LGTBI+ con la atracción sexual hacia los niños.

La ley ya está en vigor y su aplicación, fuera del ámbito escolar, ha permitido poner una elevada multa a una librería por vender libros sin indicar que no tratan de «familias normales». El mensaje para todas las librerías -y para cualquier otro punto de difusión del pensamiento- ha sido claro y contundente.

Que España sigue la senda marcada por los ultras y que la homofobia está en ascenso, es una palpable y sangrante realidad.

Nosotros aún no tenemos leyes similares a la aprobada en Hungría. Pero tenemos su germen, pues no otra cosa es el pin parental que exige Vox y que, de forma más o menos descarnada, se empieza a imponer a la comunidad educativa.

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Pin y ley son peldaños de una misma escalera hacia la criminalización de las personas no heteronormativas y de todo aquel que ose decir a un adolescente que ser lesbiana o gay es completamente normal.

Es triste y resulta desolador ver avanzar a la ultraderecha española entre el silencio cómplice de otras derechas. Es triste y resulta desolador tener una casta política a la que los derechos de las personas le importan menos que sus credos particulares y los sillones oficiales.

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Vacaciones. Sol. Mar. Mientras comemos, se escucha de fondo la televisión. El coronavirus sigue campando a sus anchas por el mundo. Viajar a muchos lugares, por unas u otras razones, es imposible. Al poco, levanto la vista. Hay en pantalla un chico de Huelva, la cara ensangrentada, contando cómo un compañero de trabajo le ha agredido por ser gay. El asesinato de Samuel planea sobre sus palabras y las noticias continúan recordando la muerte de un periodista, en Georgia, tras las lesiones sufridas durante los disturbios de la fallida Marcha del Orgullo. Homofobia. Un suma y sigue que no tiene fin.

Salimos del chiringuito y, ya bajo la sombrilla, mi hijo -11 años- me pide el móvil.

–Voy a mirar sitios a los que ir cuando se pueda viajar.

–¿Sitios? –pregunto.

–Sí, sitios seguros para familias LGTB.

Siento formarse un nudo dentro de mí.

Lo escuchado en el televisor le ha llegado. Sabe que su familia no puede moverse por el mundo como otras familias.

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Me ahogo. No porque no podamos ir a cualquier país, sino porque ni siquiera estoy seguro de poder movernos mañana por nuestra tierra sin sentir miedo. Porque España podría ir camino de ser otro país peligroso. Para mi, para mi familia. Para mi hijo.

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Juan Andrés Teno, activista LGTBI especializado en diversidad familiar, confesaba en una reciente entrevista que, debido al aumento de la lgtbifobia, él y su marido, Tomás, se «retraen» de muestras de afecto en público si van con su hijo. Porque el niño no entendería que hubiese expresiones de odio dirigidas hacia sus padres.

Lo entiendo perfectamente. Me pasa igual y no somos los únicos. Es muy difícil, cuando sabes que el daño recaerá sobre los pequeños, plantar cara abiertamente. Sin embargo… sin embargo, aceptarlo es dejar que gane la intolerancia y vuelvan a indicarnos la puerta del armario. Ahora no solo para nosotros, sino también para ellos.

Edward R. Murrow, el periodista estadounidense que se enfrentó a Joseph McCarthy y su caza de brujas, dijo que «Una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos».

No podemos volver a tener miedo. Otra vez no. Hemos de ser visibles. Visibles y orgullosos, aunque por ello quieran partirnos el alma. No cabe otro camino. Porque, si tragamos con ser ovejas, incluso por un solo instante, los lobos devorarán a nuestros hijos.