Se va 2019 y otra vez tenemos aroma a Navidad por todos lados. Vuelven unas fiestas que, por más laicas que parezcan, tienen un origen religioso y están centradas en el nacimiento de un niño y en la formación, poco convencional, de una familia.

Pensando sobre ello y en que son las fiestas familiares por excelencia, he recordado una publicación de Religión en Libertad del pasado verano. Un texto doctrinal destinado a ayudar a sus feligreses a orquestar un relato contra las familias LGTBI. El titular, de intenso color amarillo, decía ¿Quién es mi padre? Una hija de lesbianas revela la triste infancia que vivió por no saber quién era”.

Arrancaba así la triste historia de una mujer infeliz con “un testimonio inaudito porque nadie quiere escuchar lo que hay al otro lado del arcoíris, un lado que no es atendido, de niños que no crecen felices, porque crecen con una idea equivocada de cómo debe ser una estructura familiar”. ¿Idea equivocada? ¡Vaya por dios!

Guste o no, el artículo sí hace reflexionar sobre dos importantes cuestiones. La revelación de orígenes, en primer término, y si la crianza, en modelos familiares no heteronormativos, causa daños, en segundo lugar.

Ocultar la verdad es la tónica en las leyes sobre adopción. Planteado como garantía de integración familiar, pronto fue evidente que el anonimato no suponía ninguna ventaja. Que una niña llegue a los 7 años sin saber que es adoptada genera dolor y dudas sobre el amor de su madre o su padre. Pero no basta con saber cómo ha llegado a su familia. Necesita más. O estará toda la vida preguntándose el quién y los porqués; preguntándose si la quisieron en algún momento o si a veces piensan en ella.

En cuanto al anonimato de donantes de óvulos o espermatozoides, se pensó como vía para hacer más fácil la donación. Se arguye que, si el anonimato se levantase, disminuirían las donaciones. Por otro lado, y desde el punto de vista de la familia receptora, reconocer que se había recurrido a esta donación implicaba cierta mancilla y se solía ocultar a propios y extraños.

Hoy, la percepción social ha cambiado, el estigma social ha desaparecido en gran parte y hombres y mujeres, nacidos gracias a donación de gametos, quieren conocer su historia y afirman que “Estamos orgullosos de nacer por donación, por lo que no nos sentiremos estigmatizados” «Sólo queremos tener derecho a saber la verdad”. /. La misma reivindicación ha sido planteada en la reciente celebración del 30 aniversario de la Convención de los Derechos del Niño.

En España esta reclamación también se ha producido. Las personas nacidas gracias a donación de gametos piden saber. Desde el Comité de Bioética se apuesta a por levantar el velo del anonimato, mientras que la Sociedad Española de Fertilidad se opone pues, en palabras de su presidente, “si España abole el anonimato en la donación de gametos, pondremos en peligro el proyecto reproductivo de muchas mujeres”.

Personalmente creo que todos tenemos derecho a conocer nuestros orígenes. Los secretos de familia también deben salir del armario.

En adopción, donación de gametos, adopción de embriones, gestación subrogada, en lo que sea, niñas y niños tienen derecho a saber. Porque no son nuestros.

Decimos Mi hija, Ma fille, Nuestros hijos, Useré Kinder, Mei filho, Figlio mío, Binti zangu, Our daughters, Døtrene mine.… mas no son nuestros. Como mucho, y por un breve espacio, dejan que nos veamos en el iris de sus ojos. La vida es suya y suyas las decisiones y lo que vendrá.

Sé que en estas reflexiones influye, y mucho, mi experiencia personal. La relación de mi hijo con la mujer que lo trajo al mundo, verlo reír a su lado, ver como cuenta su historia y saber que eso le permitirá decidir sobre sus futuros, me hace creer que saber es esencial. Porque es su camino, su viaje, no el de su padre ni el mío.

VER: Como ayudar a nuestros hijos a construir el relato sobre sus orígenes

En cuanto al segundo punto, el supuesto daño que ocasiona crecer en una familia homoparental, la publicación religiosa ofrece referencias científicas para demostrarlo. En concreto, se añade un enlace a siete investigadores cuyas pesquisas probarían la existencia de perjuicios. Supongo que han puesto los enlaces pensado que sus lectores, almas cándidas y crédulas, no los revisarían. Porque, en realidad, las referencias no dicen lo que se afirma en la publicación.

Por ejemplo, M. Regnerus, uno de los señalados, reconoce que su estudio no está diseñado para afirmar que hay perjuicio, pues es una muestra sesgada y no se ha valorado la historia familiar previa (separación/divorcio, rupturas familiares, etc.). Aún más, pese a que desearía otras conclusiones, Regnerus acaba su trabajo reconociendo que «El tenor de los últimos 10 años de estudios académicos sobre los padres homosexuales y lesbianas sugiere que hay poco o nada en ellos que pueda estar asociado negativamente con el desarrollo infantil, y hay una variedad de cosas que pueden ser excepcionalmente positivas«. Una gran verdad.

Cinco años después del trabajo de Regnerus, podemos ir más allá y decir que los estudios de los últimos 15 años no confirman trastorno alguno. Niñas y niños presentan un desarrollo normal, sin más problemas que otros criados en entornos tradicionales y, en todo caso, las diferencias apuntan a una mayor empatía y respeto hacia los otros.

Las familias LGTBI podemos declarar, con orgullo (y múltiples referencias bibliográficas, estas sí que sí) que “el consenso científico es que los niños criados por padres del mismo sexo no enfrentan problemas particulares en comparación con aquellos criados por padres heterosexuales(Ce que nous savons –vraiment– sur l’homoparentalité) y como “son niños muy orgullosos de su familia, en el sentido de que tuvieron que luchar contra la mirada externa para ser reconocidos en su vida social: se crean unidades familiares muy solidarias”

Los totalitarismos, religiosos o políticos, tienen una querencia irrefrenable hacia la categorización de las familias, convencidos como están de la existencia de familias de primera y de segunda clase. Bien, ese es su problema.

Nosotros sabemos que no es así. Que todas las familias somos iguales. Pero por si acaso, y puestos a clasificar, que tengan claro que todas somos familias de primera.

De primera Primera.

¡Felices Fiestas y Feliz Año 2020!!

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