por María Jesús Méndez
Directora Oveja Rosa

¿Y si un día tienes que ver llorar a tu madre porque no eres lo que ella esperaba que fueras? ¿Y si tu padre dejara de hablarte o te pidiera que no llevaras a tu pareja a las celebraciones familiares, o que vivas con “discreción”, que es como respirar bajito, al borde del ahogo?

Imagina por un momento que no subes fotos a las redes sociales de ese fin de semana tan romántico que pasaste en la playa con tu novio o novia, porque tienes miedo de que tus compañeros de trabajo o tu jefe lo sepan y los prejuicios les empañen los ojos.

¿Sabes lo que es dar la mano o un beso a tu pareja en la calle y atraer todas las miradas y, de vez en cuando, un insulto o incluso una paliza?

Escuchar que Dios nos quiere a todos, pero a ti un poco menos. Para Él no somos todos iguales y, por ende, para el Estado tampoco, pues aunque pagues los mismos impuestos las leyes no contemplan tus derechos para formar una familia. Llevemos la imaginación unos kilómetros más allá e intentamos calibrar la posibilidad de ser arrestados solo por tener una relación amorosa y/o sexual con alguien que nos gusta. La posibilidad de que si eres mujer seas violada por un grupo de hombres que considera que tu forma de amar es una aberración. Y si eres hombre seas lanzado desde lo alto de una torre por tus preferencias sexuales. Nada de esto es ficción ni dramatismo. Es Europa, América, África, Asia, Oceanía. Es la vida de muchísimas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales hoy.

Los personajes homosexuales, que cada vez aparecen más en series de televisión y películas, aportan visibilidad pero no son representativos de la abrumadora mayoría. Los teléfonos móviles e internet tienen más años que la ley de matrimonio igualitario en España (2005). Sólo en 20 países las parejas del mismo sexo pueden casarse, mientras 79 siguen penalizando la homosexualidad. 75 de ellos pertenecientes a Naciones Unidas.

De los crímenes de odio que se cometen en España los primeros siguen siendo los provocados por orientación sexual.

¿Por qué nos sentimos Orgullosos cuando celebramos el Orgullo LGTB?

Porque quizás sí hemos visto llorar a nuestras madres o sufrido la indiferencia de un amigo o familiar, pero nos hemos negado a respirar bajito. Porque un beso en la calle nos ha valido más que el peso de las miradas o los insultos, porque hemos vivido muchos años intentando tener familias al margen de la ley, ha sido dura la lucha para la inscripción de nuestros hijos, porque las lesbianas seguimos intentando que nuestras ganas de ser madres sean iguales a las ganas de mujeres heterosexuales, que pueden acceder a los tratamientos de reproducción asistida de la sanidad pública en todo el país.

Nos sentimos Orgullosos y Orgullosas por defender la igualdad y al mismo tiempo la diferencia, porque a veces salir del armario en todas las esferas de la vida es difícil, porque la lucha no solo ha sido individual, de cada uno consigo mismo y su entorno. También ha sido y sigue siendo colectiva.

Detrás de las banderas arcoíris, las pancartas, las carrozas, las risas, los disfraces y las plumas que abundan en las marchas del Orgullo LGTB de España y el mundo, hay historias. Historias que determinadas por el contexto geográfico acaban bien o mal. Historias de superación que tienen el denominador común de apostar por el amor y la libertad. Y eso vale una fiesta, la fiesta del Orgullo LGTB.

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