Mi amigo Manuel me escribió hace unos días.

“Buenas noches Pedro,

¿qué opinas sobre la posibilidad de inclusión de discriminación positiva para familias lgtbi?”

Pergeñé una respuesta retórica y estándar, de esas tan socorridas y habituales, que ni yo me creía.

Manuel, que es sabio de natural, me respondió a vuelta de correo.

“En un principio pensaba que se podría favorecer la diversidad, premiándola o positivizándola… Después  de preguntar a varias familias y reflexionar sobre ello,  y pensar en nuestras proles, creo que sería contraproducente. Tendemos o queremos ir hacía la igualdad…”

Le agradecí con toda el alma esa respuesta.

Toda discriminación es contraria a los Derechos Humanos. Toda, sin excepción.

Discriminación positiva no es más que un oxímoron, un sarcasmo del tipo “honrado ladrón”. No hay discriminación positiva. Ni negativa. Discriminación es discriminación aunque la mona se vista de seda.

Desigualar en “positivo” sirve, por una simple regla de tres, para que se excusen delitos de odio. Es el abono apropiado para criar otros lastres. Como la homofobia positiva que, es sabido, previene el contacto con gentes de mal vivir, enfermos o pervertidos.

Reduciendo al absurdo el “positivismo”, podemos encontrar la pena de muerte positiva, esa que logra un cadáver, yerto y frío, que no volverá a delinquir.

Justificar cualquier tipo de diferencia en base a la palabra “positivo” no es otra cosa que tratar de explicar, con bonitos colores, una marginación, intentando que sea bien vista y, de corrido, acallar las voces discordantes, a las que se acusará de machismo, de atacar la libertad de palabra o cátedra, de impedir educar al hijo como los padres consideren, de adoctrinamiento ideológico, de… Pretextos.

El fin no justifica los medios. Tratar de prevenir o corregir un daño, a costa de los derechos de otras personas, es un concepto tan perverso que resulta incomprensible el arraigo y la aceptación que ha alcanzado en la sociedad.

El ideal de “todos los seres humanos somos iguales” es difícil de explicar desde la óptica positivista.

—¿Somos o no somos iguales?

—Sí, claro, lo somos, pero ten en cuanta que la sociedad ha discriminado durante años, décadas, siglos, a muchos colectivos y, para recuperar el tiempo perdido, hay que dar un empujón y ponerlos por delante del resto de la sociedad. ¡No me toques los paradigmas, hombre! Tiene que ser así.

Podría ser conceptualmente impecable. Podría.

El problema aparece cuando uno se detiene, observa y valora los resultados.

¿Qué ha logrado la discriminación positiva? Poco, muy poco, por no decir nada.

Los grupos relegados se sienten perseguidos, acosados, se revuelven contra la marginación que se les quiere imponer y encuentran, en esa asimetría, el nicho ideal para ni creer ni practicar la igualdad.

Los emigrantes o las personas pertenecientes a otras razas siguen siendo vistos como acaparadores de bienes y se les rechaza más cuando se intentan esas acciones afirmativas. Francia pretendió dar mayores facilidades a soldados franceses de origen árabe para lograr permisos de conducir o para la promoción interna de jóvenes reclutas. Se generaron tales problemas al colectivo protegido, a la sociedad y al Estado, que la norma se anuló.

Las brechas salariales entre los sexos persisten; el acceso al empleo sigue siendo diferencial. No hay mas rectoras que rectores en las universidades españolas.

La mujer no va a dejar de morir a manos de su  pareja porque una ley se centre en el hecho de que es mujer, olvidando que los hombres también mueren a manos de sus parejas, sean estos hombres o mujeres.

La discriminación positiva en acceso a técnicas reproductivas ha aportado, en los colectivos marginados, la sensación de ser “deseados”, sólo, como pagadores de impuestos, útiles sociales para que otras partes vivan, crezcan y se reproduzcan gracias a esos tributos y otras donaciones.

En este ecosistema la educación en Igualdad brilla por su ausencia, incompatible con el concepto de discriminación positiva. Ocupados en discriminar, hemos dejado que todo siga igual.

La educación es el autentico pilar de la Igualdad y debe impregnar la Escuela y todo el plan curricular, toda la vida escolar, no unas horas lectivas semanales o una declaración de positivas intenciones que son viento apenas sale de la boca del dicente. Sólo una acción global, sin marginaciones, puede cambiar situaciones asentadas. Pensar (justificar) otra cosa es una blasfemia contra la inteligencia, más o menos humana, que se nos supone.

Claro que para blasfemia, blasfemia, la que nos ha endosado, envuelta en papel oficial, el Boletín Oficial del Estado este pasado 24 de febrero.

El lugar idóneo para reflejar el credo de una religión es el BOE. Por supuesto, con discriminación positiva, faltaría más, que hay que dar un empujón y ponerlos por delante…

Positiva porque, desdeñada en los pupitres, la pobre Religión iba camino de ser olvidada, por niños y adolescentes, como se olvida un amor pasajero. Positiva porque, salvo que el ministro de turno nos sorprenda mañana, mandando publicar las palabras de algún muecín, pastor o rabino en papel estatal, la diferencia será aplicada. Una vez más, vía  BOE:

Es decir, Dios ha creado al ser humano para que sea feliz en relación con Él.

…..

En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz.

…..

Todo este acontecer histórico de la manifestación de Dios está recogido en los libros sagrados de la Biblia…. La vida eclesial es alimentada y servida mediante los diferentes sacramentos  instituidos por Jesucristo, está ritmada por los tiempos litúrgicos, se expresa en la oración comunitaria y la caridad, fructifica en la generación de una civilización del amor.

Palabra de Dios. Te adoramos BOE legislador

Civilización del amor.

Ahora sé por qué no me quieren. No soy civilizado, pues nada más lejos de su civilización que el hecho de que dos hombres se amen y formen su propia familia, nada más lejano que dos mujeres se unan para una vida en común.

Contra los delitos de odio no se educará, pero para doctrinas segregadoras hay tiempo, dinero y voluntad. Para una religión (otra más) que persigue al diferente, que discrimina, que ofende y critica y margina hay todo un espacio cultural.

Por cierto, observo que los niños que sean educados por este catecismo oficial no necesitarán ser instruidos en Valores sociales y cívicos. De lógica es pensar que no hace falta, toda vez que la formación en religión cubre, sobradamente, los Valores si el alumno “Memoriza y reproduce fórmulas sencillas de petición y agradecimiento” y “Asocia la acción del espíritu en los sacramentos con las distintas etapas y momentos de la vida demostrando que “Es consciente de las diferentes formas de vivir la afectividad y prefiere la que reconoce como más humana”.

Más… ¿humana?

Ni uno solo de los Derechos Humanos ha recibido, por parte de un ministerio, una pizca de la atención que recibe la “enseñanza de Religión Católica de la Educación Primaria y de la Educación Secundaria Obligatoria”. El BOE consagra la inmoralidad de dedicar espacios y dineros públicos a una creencia contra la que nada cabría decir si se realizase en su ambiente natural, en sus lugares de culto y catequesis, no en la escuela de todxs.

Entre la discriminación positiva en derechos reproductivos, que para mí ni están ni se les espera; la discriminación positiva en violencia de género, en la que no tengo cabida por sexuado y alevoso; la discriminación positiva religiosa, gracias a la que se acosará a mi hijo en el patio de la escuela;… entre estas y otras, solo puedo rebelarme y jurar y maldecir en arameo.

Aunque mejor lo hago en castellano, que queda más fino, no vaya a irritar a alguna mente esforzada del positivismo que, desde hace lustros, inunda el Boletín Oficial.

Malditas, malditos seáis.

Ahora y siempre, por lo siglos de los siglos. Amén.

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