Con la vida en las manos – Vacaciones en Valizas

[Lee aquí el cuento n.º 1]

Luego del juicio, Lu, Elisa y los niños se fueron de vacaciones a Valizas. En realidad fueron cuatro días y tres noches, no había dinero para más. Es una playa oceánica, un pueblo de pescadores que en temporada se llena de turistas que buscan tranquilidad, playa y una movida nocturna juvenil bastante bohemia. Pati estaba encantada. Elisa la dejó tomar caipirinha. Si iba a beber, era mejor que lo hiciera en casa, delante de ella y no sola, en una reunión rodeada de desconocidos. Y tenía derecho a evadirse un poco después de todo lo que había pasado. Estaban alegres y tristes a la vez. Alquilaron una cabaña del lado de la arena, es decir, en los médanos, sobre la playa, en la zona donde no hay luz eléctrica.

Tres días soleados, de brisa suave, desayunando, almorzando y cenando en la arena. La luna llena casi roja, proyectada en el océano. El sonido del océano, implacable, paciente. Aquella luna fue una de las más hermosas de la historia de Elisa. Enorme. Obstinada. Tres noches seguidas emergiendo temprano desde el oleaje, allá en el horizonte. Tomando una altura exactamente en el centro de la vista de la ventana de la cabaña apenas iluminada con la luz de una vela. En el centro de las retinas de todas las personas que estaban allí, casi cómplices y amigos en el pequeño pueblo. Parecía que todos conocían su historia, todo lo que Elisa había pasado y todos la miraban así, y con sus miradas le decían: “Sabemos lo que pasó, sé que el mundo parece una mierda, pero no lo creas, no estás sola, hay gente suave y agradable en este mundo”. Esa tranquilidad que produce ver que todo sigue, que amanece. Y luego cayó la lluvia y aquella tormenta, todo se inundó. Así que Elisa, Lu Pati y Fede sortearon charcos, subieron al ómnibus de vuelta a Montevideo. En el camino, en aquel ómnibus, bajo la noche lluviosa, todo empezaba de nuevo. Elisa pensaba en los niños, en los tiempos repartidos con el padre. Estaba triste y preocupada. Pero todo aquello era el ejercicio de su libertad, el instinto de proteger a sus hijos, el amor y el adiós al miedo. Todo eso era, ni más ni menos, que felicidad.

Elena Solís

http://elenasolisescritora.blogspot.com/

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