[Lee aquí el cuento n.º 1]

Fede no tenía armado su equipo terapéutico. Las que habían tramado alejarlo de la madre ya no contaban. Se necesitaba:  una acompañante para el colegio y un equipo que abordara sus tratamientos. Los tratamientos que necesita Fede son los típicos de un niño con un trastorno del espectro autista. Hay que apoyarlo en todo lo que tiene que ver con la socialización, enseñarle cosas que un niño promedio aprende en forma natural. Enseñarle cuándo y cómo saludar. Qué es apropiado decir y qué no. Que si los ruidos son muy fuertes hay que tener paciencia. Que no hay que atropellar en el ómnibus. Que hay que esperar el turno para casi todo.

Cuando Elisa piensa las cosas que su hijo debe aprender, muchas veces siente que él de alguna manera tiene razón. Es tan duro aprender todo eso. El mundo es un lugar hostil. Una vez Fede se detuvo en el umbral de la puerta de una tienda. Se negaba a entrar. Tenía que comprarse ropa, pero a él no le importa la ropa, ni la moda. Elisa le preguntó por qué no entraba. Él respondió que porque no le gustaba la música. Fue imposible hacerlo entrar. A veces Fede tiene toda la razón del mundo. Era en un centro de compras. Los centros de compras son horribles. Todo ese ruido que no te deja pensar. Una deslizándose como una autómata. Pobres niños, ¿por qué los llevamos a esos lugares?

Fede no tenía su equipo terapéutico bien formado. Elisa se puso a buscar. Recorrió todos los centros de Montevideo. Tuvo muchas entrevistas. Cuando todavía tenía diálogo, había discutido mucho con el padre sobre la necesidad de que Fede empezara a tener un apoyo de psicoterapia. Era importante porque todas las terapias de Fede, hasta el momento, estaban destinadas a normalizarlo. A imponerle reglas, a igualarlo a los demás niños y a toda la gente. Elisa quería que Fede tuviera un espacio de expresión. Un ámbito donde pudiera decir lo que sentía, donde pudiera hacer lo que le gusta. Descalzarse. Tocar instrumentos musicales. Escuchar música. Reírse de las cosas que le hacen gracia.  A Fede le hacen gracia algunas palabras. Le gusta mirar dibujitos animados. Mira el mismo capítulo en muchos idiomas. Y los recuerda perfectamente. A Elisa le parecía importante ayudar a Fede a potenciar esas capacidades especiales y todo eso que a él le gusta hacer. Pero el padre no estaba de acuerdo.

Ya sin diálogo entre los padres, Elisa había tenido varias entrevistas. Había decidido cuál sería la psicoterapeuta. Faltaba el equipo que hace el otro abordaje, el normalizador. Estaba en dudas cuando recibió un mail de alguien de la familia del padre, actuando como mediadora. Una mujer con una paciencia extrema. Soporta todo lo que su pariente le pide. Eso es bueno, porque de esa forma ayuda a Pati y a Fede. Contribuye a apaciguar el despotismo y la irracionalidad del padre. Pero no deja de responder a sus órdenes. Elisa recibió un mail en el que, haciendo de mediadora, le informaba quién sería la terapeuta de Fede por decisión del padre. Como era una de las que Elisa ya había entrevistado y le había parecido aceptable, aceptó. A pesar de la decisión unilateral. Eso era lo de menos. Fede necesitaba arrancar el 2014 con un equipo formado.

Arrancó el 2014. Elisa volvió a tomar contacto con la terapeuta que había elegido el padre. Le explicó la situación. Fue sincera, como siempre.

Y Fede siguió haciéndose psicoterapia. Adora a esa psicóloga. Es una mujer que se comunica muy bien con él. Lo entiende mucho. Justo es reconocer que esa fue una decisión unilateral, una decisión que tomó Elisa. Así que ambos padres tomaron su decisión unilateral. Para ser una buena terapeuta de un niño como Fede, hay que comprometerse mucho, hay que quererlo y eso no se enseña en ningún libro ni en ningún manual. No hay ortodoxia que valga.

Fede aprendió muchas cosas, creció mucho. A pesar de todo, por sus propias capacidades y por el apoyo que tuvo, el 2014 fue un gran año para Fede.

Elena Solís

http://elenasolisescritora.blogspot.com/

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