“El planeta no necesita más personas de éxito. El planeta necesita desesperadamente más personas que cultiven la paz, personas que ayuden a sanar y rehabilitar, que narren historias y den amor en todas las formas posibles.” Mahatma Gandhi.

Hay algo que nos une, que nos hace iguales a todos. Es la fuente de todo lo que nos mantiene unidos a la vida y el origen de todo lo que la destruye. Es la causa de los besos, el aire de las sonrisas y el origen primero —en su ausencia— de todas las guerras y conflictos. Es la necesidad más básica, junto a la alimentación, la hidratación, la respiración y el descanso. Bellísima, ajena de las etiquetas del bien y del mal. Se trata de ese gran impulso nuestro por conectar, del deseo de querer y sentirnos queridos.

Alejandro Jodorowski dijo que “el miedo al cambio nos mantiene en un nivel de consciencia infantil, veneramos el seguro tóxico y detestamos la saludable incertidumbre”. No es la necesidad la que nos lleva a actuar de forma violenta o desordenada, es la estrategia que adoptamos. Las experiencias acumuladas, la educación recibida, nuestras heridas internas, el contexto sociocultural, nuestra herencia genética, nuestra personalidad, en definitiva, nos dota de una caja de herramientas a utilizar para tratar de satisfacer nuestras necesidades. A menudo utilizamos la herramienta adecuada, la que nos mantiene conectados con la vida y es respetuosa con nosotros mismos y con nuestro entorno. Eso se traduce en felicidad. Así, si necesito comer, opto por ir hasta la nevera y prepararme un bocadillo. Por ejemplo. O si necesito afecto, comprensión, comunicación decido llamar a un amigo y le propongo ir a tomar un café. Las necesidades siempre son maravillosas y se mantienen impolutas.

Es importante distinguir entre pensamiento, acto, sentimiento, emoción y necesidad. Frecuentemente lo confundimos. La diferencia entre tener sentimientos y emociones agradables o desagradables viene dada por las estrategias que empleamos para satisfacer una necesidad, no por la necesidad en sí misma ni por el pensamiento —siempre parcial y subjetivo— que se nos cruza por la cabeza. Detrás de cada acto que no sirve a la vida hay una necesidad que trata de ser cubierta. Una necesidad maravillosa acompañada de una estrategia quizá desastrosa e inefectiva que daña al que la lleva a cabo y al que la recibe. Eso se traduce, tarde o temprano, en infelicidad e incluso en enfermedad. A veces es tan grande la herida interna o tan pobre la educación emocional recibida, es tan enorme el miedo camuflado detrás de algunas acciones, tan poco el amor recibido, que nuestra caja de herramientas no contiene nada o casi nada que sirva para construir. Esto no justifica ni exime a nadie de sus responsabilidades. La primera víctima y el primer beneficiado de cada acto es uno mismo. No creo en las malas personas, creo en las malas estrategias.

César Cidraque Llovet

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