España se sitúa a la vanguardia en los derechos LGTB. Si bien, aún estamos a años luz de una igualdad plena o de facto, sí que es cierto que la normalización ha sido la nota predominante desde que en 2005, se diera el paso de legalizar las uniones homosexuales. Pese a las reticencias iniciales de numerosos colectivos, entre ellos, la Iglesia y determinados partidos políticos; en los últimos años hemos asistido a una aceptación de la realidad social, de las nuevas formas de familia, y sobre todo del derecho a amar de todos y cada uno de nosotros.

Los datos son alentadores, en cuanto a la vanguardia de derechos se refiere. Según el estudio elaborado por el Pew Research Center, el 88 por ciento de los españoles creen que la homosexualidad debe ser aceptada por la sociedad. La cifra supone un aumento, más que significativo, de lo que se contemplaba en el año 2005. Pero ¿qué ocurre en el resto del mundo?

Sorprenden casos como el de Francia, donde recientemente se legalizaban las uniones del mismo sexo. Tal vez fruto de ese complejo de inferioridad que arrastramos los españoles, sin fundamento, en muchas ocasiones; asistíamos perplejos a la fuerte oposición generada a la medida impulsada por los socialistas franceses. Recordemos que esta norma tan sólo supone una equiparación de derechos, un avance en las libertades y sobre todo, una igualdad efectiva.

Pese a todo, la utilización política del colectivo, a favor y en contra, ha generado en el país galo un encendido debate, que esperemos, se serene con el paso del tiempo.

Sí repasamos el continente europeo, sorprende la situación de Alemania. “El motor” tuvo el privilegio de ser el país, donde a principios del siglo XX, nació una cultura LGTB, sin legislación que lo acompañara. No es menos cierto que durante la II Guerra Mundial y la represión nazi, los homosexuales fueron recluidos en campos de concentración, torturados y humillados por su condición, al igual que otros muchos colectivos.

Este episodio negro en la historia europea, se contrapone con la situación actual. La sociedad alemana es una de las más tolerantes en lo que al movimiento y la cultura gay se refiere. Cabe reseñar que, esa tolerancia, fruto de la siembra de la primera parte del siglo XX, no se corresponde con la legislación que debería impulsarse en pleno año 2014.

En 2001 se aprobaban las uniones civiles entre personas del mismo sexo, aunque éstas, no son equiparables a un matrimonio de pleno derecho, como el que existe en España. Uno de los puntos de controversia son las ventajas fiscales de las que sí disfrutan las parejas heterosexuales.

A todo esto se acompaña, que la toma de conciencia social sobre los nuevos tipos de familia es una de las más elevadas de Europa. En el año 2003, el 65 por ciento de la población se mostraba favorable al matrimonio homosexual, y un 57, a la adopción de niños por parte de familias homoparentales.

Precisamente, la adopción es una asignatura pendiente de nuestros vecinos portugueses. Tras la aprobación del matrimonio gay en 2010, hace escasos días, el parlamento tumbaba una propuesta por 112 votos en contra y 107 a favor. De esta manera, los hijos de uno de los cónyuges de una pareja homosexual, no podrán ser adoptados por el otro miembro. Sin duda nos encontramos ante un paso atrás en los derechos LGTB.

En el continente encontramos casos extremos como el de Rusia, donde lejos de avanzar hacia una equiparación de derechos, la sociedad es claramente homófoba. Precisamente esta sensibilidad es la que permite que Vladimir Putin haya impulsado una legislación persecutoria, que fomenta el odio y que se disfraza como una protección para el menor.

Lo más grave de todo, es que este tipo de normas o conductas, no hayan recibido una respuesta clara, de rechazo, por parte de la Unión Europea. Rusia aprovecha cualquier circunstancia para volver a su particular “guerra fría” donde el valor occidental, ya sea de equiparación de derechos o de respeto, se ve como una amenaza ante unos “supuestos valores” que seamos sinceros, hoy en pleno siglo XXI, ya no existen, si es que alguna vez lo hicieron.

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Si nos movemos de continente, nos encontramos con otros casos donde el hecho de ser homosexual es una condena en sí mismo. Recientemente hemos conocido la aprobación de una nueva normativa en Uganda. La  ley en cuestión no sólo vulnera los derechos y libertades individuales, sino que criminaliza con hasta 14 años de cárcel o cadena perpetua a toda persona que conviva o se relacione con una persona gay.

Lo peor de una sociedad enferma, es la criminalización del diferente, la discriminación, la vejación, pero sobre todo la exclusión. Uganda ha iniciado una “caza de brujas” en la que la sospecha debe llevar a la denuncia, en la que el conocimiento lleva a la repudia, y sobre todo en la que el Estado reprime al diferente.

Uganda se suma con esta normativa a una serie de vergüenzas internacionales. En Irán las personas acusadas de “sodomía” son condenadas a muerte. Estos asesinatos, amparados por el Estado, se producen tras juicios en los que las garantías no existen, y en los que los supuestos delincuentes son colgados bajo escarnio público, a modo de advertencia para el resto de la población.

Pero no sólo Irán forma parte de esta “lista de la vergüenza”, sino que Arabia Saudí, Yemen, Somalia, Emiratos Árabes, Mauritania y Sudán del Sur también se caracterizan por el nulo respeto a la vida, a los derechos y a la dignidad humana.

Si bien es cierto que América Latina ha avanzado en los últimos años, no lo es menos que la penalización sigue existiendo. Argentina, Uruguay y Brasil reconocen el matrimonio igualitario desde hace muy poco tiempo. Pese a esto, aún encontramos países como Jamaica, Guyana, Granada, Santa Lucía, Trinidad y Tobago, Barbados y Belice, donde la homosexualidad tiene penas… ¡de hasta 50 años de cárcel!

Llama la atención el caso de México donde, pese a los pasos dados en pro de la legislación en materia de derechos civiles, encontramos una de las mayores tasas de criminalidad contra el colectivo LGTB. A esto se suma, la poca aceptación, que este tipo de normas en favor de la igualdad, tenían hace muy pocos años. No obstante, esa concienciación social ha aumentado hasta alcanzar, según el Pew Research Center, el 61 por ciento en 2013.

Estados Unidos ha legislado de manera desigual dentro de su territorio. Si bien existen estados donde la aceptación social ha ido acompañada de una normativa, en este sentido; existen otros, donde ser gay es, simplemente, una condena social. ¡La desigualdad es intolerable!

Según los pocos datos que existen sobre una cuestión tan delicada como son los suicidios;  alrededor de 2.000 menores de 20 años, acabaron con sus vidas en 2004 por la presión de ser homosexual en un entorno que les rechaza, les humilla y les veja.

En resumen, si algo se desprende de todos estos datos es que la legislación debe acompañarse de una conciencia ciudadana. Y éste es un punto, que no ofrecen los poderes públicos. Se trata de una cuestión que no debe imponerse, sino enseñarse.

Por todo ello, somos nosotros, todos y cada uno, los que debemos tomar conciencia del respeto, de la igualdad y de la capacidad de elegir de cada individuo para ser quien es y amar a quien le plazca, porque así, y sólo así lograremos derribar Los muros que nos separan.

Texto: Cristian Delgado.

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