“Podemos decir que grosso modo en el 60% de esos casos se trata más que nada de actos de “efebofilia”, o sea, debidos a la atracción sexual por adolescentes del mismo sexo; en otro 30%, de relaciones heterosexuales; y en el 10%, de verdaderos y auténticos actos de pedofilia, esto es, determinados por la atracción sexual hacia niños impúberes”

Mons. Charles J. Scicluna,

Promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe

Monseñor Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares:

Don Juan Antonio, estoy preocupado, muy preocupado. Por su última Carta Pastoral.

Decía un tal Unamuno que “Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”.

Intentaré explicarme a usted, tan estudioso, para no parecer ni pedante ni estúpido, si bien la pobreza de mi habla hará más que posible esa apariencia.

Usted, padre benevolente, se hace eco de las sapientísimas palabras de Mons. Scicluna, quien de forma tan preclara evita, con el correcto uso de los términos, que se confundan las relaciones heterosexuales con actos de “efebofilia” y pedofilia, que no todo el monte es orégano. Dicho sea grosso modo, Su Prominencia.

El gentío debería entender que, con tan limpios principios, su Pastoral está llena de sabias y virtuosas reflexiones que nos alumbran y enseñan que “Nadie debe ser ordenado si no reúne las condiciones para ser un buen esposo y un buen padre de familia”. Excelencia, me huelo que su apostolado no impedirá, ya lo verá, que haya quien diga: “¿qué sabe de familia un señor que no forma ninguna ni es padre?”. Aunque, cierto es, se le puede responder con el conocido “nunca digas de este agua no beberé, ni este cura no es mi  padre”, que si eso se dice será porque de ser padres los eclesiásticos saben lo suyo, ¿verdad, Reverendísima?

Bien. ¿Comprende lo qué me preocupa? Que la gente es mala, Monseñor. Y fijo que va a encontrar muchos que le busquen los tres pies al gato de esa Carta suya. Usted, en su ingenuidad, no ve lo que mentes retorcidas pueden extraer de sus dulces frases.

Por ejemplo, Freud relacionaba el complejo de Edipo y la neurosis, estableciendo una conexión con una disfunción del instinto sexual, que quedaría paralizado en una de las cinco etapas del desarrollo: oral, anal, fálica, de latencia y genital. Los modelos psicodinámicos, que estudian la relación entre criminología y psicoanálisis, consideran que la Fijación en cada etapa se asocia a un patrón criminológico:

  1. Etapa oral: fijación a la expresión verbal, las injurias
  2. Etapa anal: delitos patrimoniales
  3. Etapa fálica: la que genera más problemas, con su tendencia incestuosa que propicia una sensación de culpabilidad. El individuo busca ser castigado, para poder sentir alivio, el delincuente confiesa y siente placer contando los hechos.

Le refiero todo esto (excuse mi cháchara de tosco escribidor), porque aparecerán parentelas, mi Señoría, que pensarán que usted se quedó atrapado en la etapa oral y que sus palabras son injuriosas para muchos hombres y mujeres. Otros opinarán que detuvo su desarrollo en la etapa fálica, razón por la que hablaría a menudo de falos y homosexualidad, ya sabe, chapurrearán sobre que “el delincuente confiesa y siente placer contando los hechos” y hablando de homosexuales abusadores de niños. ¡Qué mentes más sucias!, ¿verdad? Es que hay mucha depravación suelta por esos lares, Su Superioridad.

Es más, Señor Obispo, ¡pásmese!, me malicio que, poniendo cara de entendidos en la materia, exclamarán: “¡Qué malo es el inconsciente!”, apuntando que, pese a andar usted convencido de haber disimulado perfectamente sus querencias, su lengua pecadora le lleva, sí o sí, al mismo tema, a los falos, en esa idea pueblerina de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. ¡Maldito Freud!

Su Grandeza, que hay un montón de serpientes de lengua bífida, tenga más cuidado con su incontinencia, verbal quiero decir, que hay mucho experto en “sacarle punta al lápiz”. Redichos que ni siquiera reconocerán que, en su mansedumbre, usted busca la forma de decir las cosas finamente. Como si acariciase una flor. “…es muy importante impedir, como exige la Iglesia, la ordenación de candidatos con atracción sexual hacia el mismo sexo (AMS)”. Excelencia, su delicadeza no va a ser apreciada. Llame a las cosas por su nombre, hombre, no se humille ante los correctos de la nueva homofobia, que usted es el poderoso heredero de una recia estirpe de santos varones. Diga conmigo: invertidos, invertidos, invertidos. Pero no, usted no. ¡Qué corazón tiene!

Y claro que sí, hay que impedir que entren en Iglesia esos desviados, no en vano son responsables de algo más de la mitad de los abusos sexuales cometidos por eclesiásticos.

No es igual, no señor, que se ordene un macho como Dios manda. Esos, aunque abusen de niñas o jovencitas, no son comparables con “los otros”, que todos sabemos que la mujer no deja de ser una creación divina para disfrute del varón (¿Lo he dicho bien, Su Ejemplaridad?). Pues eso, que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como peras y manzanas, que se dice. Diga usted que sí, que no es lo mismo un maricón que no deje en paz a monaguillos o seminaristas de blancas y tiernas carnes, que un macho que ande revolcando novicias conventuales o beneficiándose a beatas en el baptisterio. ¡Faltaría más!

Sí, sí, ¡SÍ! Totalmente de acuerdo, Don Juan Antonio, La ordenación al diaconado o al presbiterado de varones con AMS es absolutamente desaconsejable e imprudente y, desde el punto de vista pastoral, muy arriesgada. Una persona con AMS no es, por lo tanto, idónea para recibir el sacramento del Orden sagrado. Ni el sagrado ni el no sagrado, que usted en su bondad no remata en tablas. Sin embargo alguno dirá que no es la orientación sexual, sino el tipo de hombre, que no tiene respeto por la libertad ni la dignidad de otros y abusa de tirios y troyanas, ya sea en masculino, en femenino o en ambivalente, que la perversión de los tiempos no tiene hartazgo.

Es que en su suavidad a veces existe, Reverendísimo, y perdone la confianza, un ligero patinar neuronal. Dicho con el mayor de los respetos, que no quiero decir que sea como si perdiese aceite, en el mejor sentido de la palabra. Cuando ofrece su mano para que la muchedumbre se dispute el beso del anillo episcopal, permite, en su candor y magnificencia, que bocas venenosas saquen de contexto los versos del poeta, comentando que su “amor a los alamares y a las sedas y a los oros, y a la sangre de los toros y al humo de los altares” refleja el estereotipo de un sistema clerical arcaico, desconectado del pueblo, que no honra ni personas ni principios cristianos, que sólo vive para el boato y el hedonismo de la corte episcopal.

El populacho no ve su gran amor y afecto (que no afectación) para con los hombres. Bueno, no, no, con los hombres no, vaya que alguien piense lo que no; quiero decir con las mujeres. Ay, que no, que tampoco…. madre mía, Su Señoría, con esto de las AMS ya no sé ni lo que me digo, ¡qué lío!, pobre de mí, que no tengo su erudición ni su donaire, Ilustrísima.

Don Juan Antonio, lo que quería decir es que, en concluyendo estas letras, préstese a tener más encelo, que el gentío no agradece ni afanes ni desvelos y de cierto que algunos, malandrines de negra entraña, insinuarán que su corazón es homófobo y late aún con el espíritu que inspiró la ley de vagos, maleantes y maricones. Vamos que, si nos descuidamos, sacarán a relucir esa bandera preconstitucional bajo la que usted oficia con humilde apego, tal que si ella no mereciese seguir ondeando por sobre la Historia de nuestra España, despertando memorias de tiempos antiguos, de un Imperio donde nunca se ponía el sol, de aquellos dorados días del Santo Oficio, cuando los pervertidos se podían quemar alegremente en hogueras públicas para una mejor y más sana educación de los niños.

Un saludo,

Pedro Fuentes Castro

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