Llegó a nosotros a través de cesárea. La diabetes hizo que fuese un niño grande. Macrosómico, se dice en jerga médica. Sus partos previos habían sido normales, sin embargo ahora no podía ser. El proyecto era que nosotros dos estuviésemos presentes en el nacimiento pero, al ser un acto quirúrgico, ella deseaba (con toda razón) tener a una persona más cercana en el quirófano. En la sala de espera quedaron sus hermanas, sus hijas y mi marido. Su madre y yo nos fuimos a poner la vestimenta adecuada para acceder al área quirúrgica. Al entrar me quedé próximo a ella, junto a su mano izquierda. Me habría gustado tocarla, pero me desplazaron hacia donde estaba el equipo de reanimación neonatal. Su madre se sentó en la cabecera de la camilla y acarició su cara, su cabello brillante. Ella me sonrió tranquilizándome, con ese estilo tan suyo de mirar, hasta que el paño quirúrgico la aisló de mí.

Grabado en mis huesos quedó el momento en que la mano del médico entró a buscarlo, a sacar su cabeza, sus hombros, todo su cuerpo, gordote y rosa, que en unos segundos descansaba sobre el campo estéril. Y en ese instante lloró. Mejor dicho, gritó, bramó con toda la fuerza de sus jovencísimos pulmones. Había imaginado que un nudo me ahogaría, que lloraría, que… ¡Qué se yo! Pero no. Sólo sentí paz, tranquilidad. Respiré. Tras tantos años oyendo el primer lloro de un niño, lo entiendo y me habla. Aquel grito lo decía claro: estoy aquí, estoy bien, ¡he llegado!! Alargué el brazo y lo acaricié y desde ese momento no dejé de tocarlo, de sobarlo, de estrujarlo. Mi piel y su piel se encontraban al fin. Establecimos el vínculo. Éramos el uno del otro.

No es que no estuviera alterado, lo estaba (amén de preocupado porque la cesárea fuese bien y sin problemas) y tan nervioso que puse la pinza en el cordón del niño, corté la parte sobrante y… ¡Se aflojó y cayó! ¡La había puesto mal y empezó a sangrar! En  casi 30 años nunca me había pasado. Claro que en casi 30 años nunca había puesto la pinza umbilical a mi hijo.

Tranquilos, no pasó nada. La enfermera de neonatos estuvo ágil y enseguida solucionó el entuerto de mi “impericia”.

Lo tomé a mis brazos y se lo mostré (ella dijo: “It is a perfect boy”), luego salí del quirófano.

Mi marido me vio llegar a través del cristal de la puerta. Me miró fijo a los ojos, antes casi de mirarlo a él. Buscaba saber. Con la mirada le dije todo: está bien, tranquilo, está muy bien. Él sí que lloró, mientras lo contemplaba como si no diese crédito a que estuviese en sus manos, a que fuese real…

En un tris estaban allí las hijas y las hermanas de ella, hablando de lo guapo que era, de cómo se parecía a nosotros (es cierto, se parece a los dos, aunque parezca imposible), de cómo había ido todo, dándonos la enhorabuena…

No nos separamos del niño ni un minuto. Lo acariciábamos, lo palpábamos, lo apretujábamos. Estuvo en observación neonatal, por lo de la diabetes, pero controló perfectamente el azúcar.

El primer biberón fue difícil, no encontrábamos la posición correcta para dárselo, la postura para ponerlo, para que estuviésemos cómodos, para que el aire entrara bien por su nariz (me parecía estar a años luz de ese médico que había aconsejado a tantas mujeres en su primera tetada o su primer biberón)… pero aprendimos. Juntos aprendimos. Él aprendió quiénes éramos. El vínculo entre los tres se selló y aquí sigue, cada día más fuerte.

La primera vez que dije que el hombre puede hacer piel con piel igual que la mujer, much@s me miraron indignad@s (y algún susurro de machista me pareció escuchar, muy discreto, eso sí).

El contacto piel con piel beneficia a los recién nacidos en muchas cosas:

  • Mejora la regulación de la temperatura.
  • Mejora la regulación de los patrones de respiración.
  • Mejora la estabilidad del ritmo cardíaco, sobretodo en prematuros.
  • Mejora la oxigenación.
  • Mejora las constantes vitales, disminuyendo las maniobras de reanimación.
  • Mejora la maduración de los patrones de sueño tranquilo.
  • Mejora los estados de comportamiento.
  • Beneficios emocionales.
  • Beneficios neurológicos.
  • Mejora la lactancia materna y la producción de leche materna.
  • A largo plazo, mejora la ganancia de peso, el crecimiento y parece que disminuye las alergias y refuerza el sistema inmunitario.

Estas virtudes, halladas en estudios amplios realizados con mujeres, se han encontrado, de forma casi idéntica, al incluir hombres en los trabajos.

Las primeras investigaciones ya demostraron que el padre puede realizar contacto piel con piel las 24 horas del día, con igual técnica que la madre, asumiendo este cuidado desde el paritorio/quirófano si la madre, por circunstancias clínicas, no es capaz de hacerlo. Se considera que el “complemento” de la madre, el padre del bebé, juega un rol importante en la tríada madre-padre-hijo.

Y aquí disiento.

No tiene por qué ser un complemento pues, salvo el efecto sobre la subida de la leche (que está en discusión), TODO lo demás es igual. Lo más clásico, la mejoría en los comportamientos de afecto y el vínculo con la madre, según se ha profundizado, se ha visto que se diluye en el tiempo. Por tanto, el hombre, el padre, debe ser considerado en igualdad también en este aspecto de la crianza.

Con el acceso a la paternidad de hombres solos y de parejas homosexuales masculinas, los análisis sobre este modo vincular, sobre el método canguro, sobre el efecto vivificador de la relación padre/hijo van a aumentar, logrando más evidencia sobre lo que ya se acepta: que no podremos lactar, pero de cara a la utilidad del piel con piel somos iguales. Podemos dar a nuestros hijos la misma protección, los cuidados, el abrigo.

El contacto temprano, en cualquier momento de las primeras 24 horas después del nacimiento, piel a piel, aporta increíbles ventajas al niño. Pero no es exclusivo de la mujer.

No puedo demostrar que el buen control del azúcar de nuestro hijo se debiese al nexo piel con piel desde su nacimiento, pero yo creo que esa fue la razón.

Por eso proclamo, reclamo, el derecho de los hombres, de los padres,  a practicarlo.

No renunciéis jamás a él. Dejad que vuestro hijo os toque, os huela, se pegue a vosotros. Dejadlo, si quiere, que se agarre al pezón (os aseguro que lo hacen: el olor, aunque menos intenso que el de la mujer, es similar y lo guía). Disfrutad esos momentos que os unirán más si cabe.

En nuestro caso fue así.

No creáis esas historias sobre malcriar a un niño por mimarle mucho, por tomarlo en brazos, por dormir con él. No son verdad. No se puede malcriar a un niño de días o de meses de vida. No os perdáis ni un momento. Porque, antes o después, se irá y romperá el cordón umbilical de verdad. Ella, él, se irá porque la realidad es así de intensa.

Ahora, cuando es pequeño, cuando te necesita y tú lo necesitas, teneos mutuamente. Son actos y gestos irrepetibles, creedme. La vida está hecha de estrellas fugaces. Si te las pierdes, te podrán contar que son hermosas, pero no sabrás cómo es el fulgor de su paleta de brillos.

¿Nunca os habéis fijado en lo hermoso, lo tierno, lo íntimo que es el pecho desnudo de un hombre sobre el que duerme un niño? Pues hacedlo. Fijaos y, sobre todo, tomad a vuestro hijo, abrid vuestra camisa, retirad la camiseta del chiquitín y dejad que su corazón acompase su latido al vuestro. Te sorprenderá descubrir cómo va respirando al mismo tiempo que tú y cómo la alegría es algo diferente de lo que habías creído.

Dicen que la felicidad se hace con pequeñas cosas. Mentira. La hacen las cosas gigantes, enormes como montañas enormes. Cosas como tu hijo dormido agarrado a tu dedo meñique; cosas como tu hijo en brazos de tu marido mientras tú los rodeas a ambos con toda la savia del amor corriendo por la piel.

¡Vividlo!

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