El año pasado, los papás llevaron a Mateo a la marcha del Orgullo Gay en el DF (Familia Cerpa Medina/Cortesía).

Los malabares de ser papá gay

Antonio y Jorge pasan todas las mañanas con su hijo Mateo. Bailan y cantan juntos, le enseñan a pronunciar sus primeras palabras y le dedican todo el tiempo posible. Desde que Mateo llegó a sus vidas, hace un año y nueve meses, relegaron aspectos de su vida profesional para ser padres.

Como cualquier otra pareja, Antonio y Jorge han tenido que aprender paso a paso cuáles son los trucos para cuidar con éxito a un bebé, en cuestiones cotidianas como bañarlo o darle de comer, y saben que siempre enfrentarán nuevos retos.

“Nos preocupamos por la salud de nuestros hijos, por su educación, que sean felices. La regamos a veces. De repente se te cae el niño y le sale un chipote [chichón]”, cuenta Antonio, de 44 años, periodista y profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Él y su esposo enfrentan las dificultades de cualquier padre. “[Los primeros días con Mateo] pasamos sustos, con el clásico reflujo, horrible. Que ahí sí sufríamos mucho. Eso fue lo más complicado pero poco a poco fuimos aprendiendo cómo mitigarlo”, añade.

La empresa en la que trabaja Jorge le dio un permiso para ausentarse durante 45 días, cuando se concretó la adopción de Mateo. Antonio dejó su empleo como profesor y en ese periodo contó con la ayuda de su mamá, quien les enseñó cómo bañar al bebé, cambiarle los pañales, “y todo lo que tiene que pasar con los niños”.

“Mi mamá es una doctora honoris causa de la maternidad, tuvo 10 hijos, le sabe al asunto”, apunta Antonio. “Nosotros tuvimos que absorber el conocimiento”.

El hecho de ser una pareja gay, comenta Antonio, “puede implicar un grado mayor de complejidad” al ser padres, porque en muchos casos persiste la homofobia y su hijo podría enfrentar burlas en la escuela o en otros círculos sociales.

Pero dice que la alegría de ser padres les da fuerza para enfrentar lo que venga en el futuro.

Un día en la vida de Mateo

Antonio y Jorge, de 37 años, acordaron que sólo trabajarían durante las tardes, así que están con el bebé hasta cerca del mediodía, de lunes a viernes.

“Ambos, durante la mañana, nos dedicamos únicamente a Mateo. No hacemos otra cosa. Me vale el trabajo. Me vale el activismo… de los siete días de la semana, todas las mañanas estamos los dos con él”, dice Antonio.

En la tarde, llevan a Mateo con sus tías (primas-hermanas de Jorge), que tienen la oportunidad de ayudarles a cuidar al bebé porque trabajan en casa. “Son las tías sagradas”.

Para cumplir con el compromiso de ser papá, Antonio tomó la decisión de dejar de lado durante cuatro o cinco años su carrera como periodista porque es muy demandante. De vez en cuando escribe reportajes, aunque su prioridad es Mateo.

El niño “se levanta a las 7 de la mañana en punto, casi casi como relojito, y lo primero que hace es pedir su leche”. Tras alimentarlo, Antonio se sienta junto a su hijo y le canta (su esposo Jorge se despierta cerca de las 10.00 porque sale tarde del trabajo).

Luego le habla las noticias que lee en el diario o sobre los textos que escribe. Sabe que su hijo todavía es muy pequeño para entender todo lo que le dice, pero le gusta establecer ese vínculo. “Nada más se me queda viendo, como diciendo ‘este güey qué onda’”.

Mateo es una “pirinola”, le gusta mucho ver estrellas y observar el vuelo de los aviones. Los fines de semana, Antonio y Jorge se turnan para jugar con él porque dicen que a veces es complicado resistir el paso a un niño, lleno de ganas de conocer el mundo y pasarla bien.

Una dicha muy grande

Los dos papás de Mateo llevan casi una década como pareja. En 2007 fueron los primeros en unirse legalmente como sociedad de convivencia en el Distrito Federal y dos años después se casaron.

Más adelante, optaron por dar uno de los pasos más importantes en su vida: adoptar un bebé.

“En mayo de 2011 conocimos la historia de una persona que quería dar a su hijo en adopción por circunstancias muy complicadas de su vida personal y cuestiones económicas”, cuenta Antonio.

La madre, a quien aún faltaban algunos meses de gestación, “no tenía ningún prejuicio porque quienes adoptaran a su hijo fueran una pareja gay”, agrega.

Antonio dice que vivieron ese periodo de espera como “un embarazo psicológico”: “Empezamos a tener un proceso de mucha ilusión. Ya en todo momento pensábamos ‘Vamos a tener al bebé, va a estar con nosotros, cómo va a ser. Hasta soñaba con cómo era Mateo”.

“Cuando lo vimos, con el ultrasonido, en ese instante se nos salieron las lágrimas y dijimos ‘Es nuestro hijo, no hay de otra’”, relata Antonio.

Así llegó el día en que se convirtieron en padres. “Desde el primer instante en que nació, (Mateo) estuvo con nosotros”.

“El proceso de adopción fue muy complicado. Pero cumplimos con todo. Hicimos un proceso pulcro en cuanto a tiempo, en cuanto a cumplir con todo, en tiempo y forma, todo lo que nos pidió el juez lo fuimos liberando”, comenta.

El mejor regalo

Mateo aprende a hablar poco. Le dice “papá” tanto a Antonio como a Jorge, aunque a veces también le dice “mamá” a alguno de ellos.

Psicólogas y pedagogas les explicaron que eso ocurre por una cuestión gutural, porque a todos los niños les resulta más sencillo decir “mamá”.

Están de acuerdo en que no le negarán a Mateo el derecho a conocer su origen si en algún momento tiene la inquietud de conocer a su madre biológica.

En su labor como padres, dice Antonio, han contado con todo el apoyo de su familia. Pero saben que en otros ámbitos, para algunas personas, todavía es difícil ver que una pareja homosexual tenga a un bebé en adopción.

El año pasado no celebraron el Día del Padre, en cambio, llevaron a Mateo a la Marcha del Orgullo Gay, en el Distrito Federal.

“Le gustó mucho, se divirtió, vio colores, alegorías, fiesta. Bailó mucho con los camiones que llevan música. Y seguramente lo festejaremos de nuevo”.

Antonio sabe que existe la posibilidad de que se burlen de su hijo cuando crezca y vaya a la escuela. “Él siempre va a saber la verdad, nosotros no le podemos mentir en nada… Somos dos hombres, somos dos papás homosexuales, gais”, añade Antonio.

“¿A qué es a lo que tenemos que apostarle como papás? A la honestidad. A educarlo con mucha seguridad, con mucho amor, con muchos vínculos, simplemente nosotros, como papás y ya. Si no, sus tías, sus abuelitas, sus primos, sus primas, los amigos…”, expresa.

“Sabemos que va a haber momentos difíciles pero le apostamos a que la sociedad va avanzando… En efecto, en la sociedad, en la escuela, está el famoso bullying. Y ahí la apuesta es que sea un niño tan seguro, tan querido, tan amado, que sepa enfrentar esas situaciones.

Este año Antonio no sabe si harán algo especial por el Día del Padre, aunque para él lo mejor sería que su hijo creciera y pudiera agradecer el cariño que le han dado sus papás.

“Le apuesto a que mi hijo sea un niño libre…. Que tenga opciones. Y que decida. Ojalá con el mejor criterio, con lo que le dicte su corazón”.

Fuente: CNN México

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