Omar Mateen podía haber elegido entre una gran cantidad de clubes con gente riéndose y disfrutando pero eligió un club LGBT. Fue a la vez un acto de homofobia y de terrorismo. No alcanza con condenar la violencia: debemos entender qué es y por qué pasó.” (Owen Jones, @OwenJones84)

Pulse, Orlando, Florida (USA). Hacia las 2:02 del 12 de junio de 2016, Omar Mir Seddique Mateen comenzaba a disparar. Mientras el miedo y la sangre salpicaban todo, 49 vidas fueron segadas:

Luis Omar Ocasio-Capo, 20 años                                     Kimberly Morris, 37 años

Amanda Alvear, 25 años                                                  Miguel Ángel Honorato, 30 años

Paul Terrell Henry, 41 años                                             Brenda Lee Márquez McCool, 49 años

Cory James Connell, 21 años                                           Shane Evan Tomlinson, 33 años

Akyra Monet Murray, 18 años                                        Mercedez Marisol Flo…

Los valores que conformarán nuestra persona podrían estar ya presentes al nacimiento. La capacidad de empatizar, o el amor/odio que podamos desplegar hacia los demás, tal vez formen parte de nuestro bagaje neonatal. No obstante, en la inmensa mayoría de los casos, estos valores son aprendidos. Nuestro entorno, nuestra familia, nuestras relaciones nos van construyendo desde la infancia, interactuando con la personalidad y definiéndonos con el paso de los años.

Omar Mateen pudo nacer con odio dentro. Pudo. Aunque lo más probable es que ese odio fuese brotando, alimentándose y creciendo a lo largo de su vida. Un odio aprendido desde la infancia y enseñado por quienes tienen el poder de enseñar y formar. “La venganza contra los homosexuales corresponde a Alá”, dice el padre de Mateen en un vídeo. Venganza, odio y educación patriarcal. Educación, basada en lo que debe ser un hombre de verdad”, que ha definido vida y acciones a lo largo de los años y mutilado a infinitud de personas, atrapadas entre el miedo a ser diferentes y el terror a que alguien descubra esa diferencia.

El asesino podría ser solo un islamista radical. O podría ser un homosexual islamista, lo que no cambia la esencia de sus actos. Si Mateen era gay (y trataba de reprimirlo o taparlo socialmente casándose, una y otra vez, con mujeres), la historia es la de una tristeza bien conocida por millones de gais de todo el mundo y que, demasiadas veces, conduce al suicido. Porque, cuando es imposible mentirse más, cuando el rechazo propio se vuelve mayor que el miedo al rechazo social, la gente se mata. Este caso es diferente. No fue él la victima. Lo fueron unos hombres y unas mujeres llenos de proyectos, de futuros, de anhelos, asesinados de golpe en una noche de cuerpos rotos y dolor.

Fue homofobia.

Gay, o no, Omar Mateen era un homófobo. Un peón más de la homofobia aprendida e institucionalizada que recorre el mundo, con el visto bueno de muchos de los que, ahora, hacen declaraciones grandilocuentes mientras por detrás continúan su discurso de odio.

Discurso que, reiteradamente, es exhibido y defendido por las grandes religiones, como la católica o la islámica, dispuestas a reprimir todo lo que no sea heteronormativo. ¿Cómo vivir con normalidad una orientación sexual si, desde pequeño, oyes que es pecado, que es malo, que es contrario al plan de Dios o de Alá o de quien sea? y ¿cómo no sentir repulsa hacia ti mismo cuando se te dice que somos peligrosos, que traemos enfermedades (y por eso no hay que dejar que donemos sangre), que somos una vergüenza para nuestras familias, que somos escoria? ¿Cómo no odiarnos si se educa para que se nos odie y se nos rechace?

Discurso al que se asocian gobiernos y gobernantes, que deberían ser declarados enemigos de los DDHH, pero sobre los que se extiende un velo de silencio e impunidad.

Desde las leyes antigay promulgadas por el ruso Vladímir Putin al «Es cierto que he dicho que habría que cortar la cabeza a todos los homosexuales” del presidente de Gambia, Yahya Jammeh; desde el Irán de los ayatollahs o Arabia Saudí, tan mimada por sus riquezas, al impresentable Gobierno de Uganda, la educación en el odio es constante y tolerada. Tanto, que se ha precisado esta masacre en USA para que el Consejo de Seguridad de la ONU se refiera a la homofobia, de modo oficial, por primera vez en toda su existencia. Y esto por ser USA, que si los muertos hubiesen sido en otro país, ni eso habrían tenido.

El pasado junio, todos los grupos que conforman el Parlamento canario registraban una proposición para pedir, al Gobierno central, que se dirija a la Corte Penal Internacional y exija que se persiga los ataques homófobos como delitos de lesa humanidad.  Ojalá esto fuese una petición global. Ojalá organismos internacionales de toda índole considerasen los ataques homófobos delitos de lesa humanidad y que, con independencia de cargo, riqueza o posición social, se acusase y persiguiera a los dirigentes que diesen consignas discriminatorias o creasen leyes homófobas.

Lejos de ello, la realidad es más dura, más cáustica, más frustrante. Y más cercana. Porque no, no hay que ir a “montañas lejanas para percibir esa cultura de desprecio al homosexual. Ni siquiera ir a Francia, que acepta el rechazo de un embajador por ser gay, ni a Grecia o Alemania, donde se prohíbe el matrimonio igualitario. La venganza y la fobia están aquí, a nuestro lado, a la vuelta de la esquina, al alcance de un tañido de campana, e impregna organismos como la Conferencia Episcopal Española, para la que atacar homosexuales es “libertad de expresión”. Esta mentira, diseñada bajo el signo del amor al prójimo, es un ultraje intolerable. Porque la libertad de expresión termina cuando es usada para que otros aprieten el gatillo o apaleen a quienes, en nombre de esa libertad, se les ha dibujado una diana en la frente.

El portavoz de la Santa Sede, el padre Lombardi, dijo a raíz de la matanza del Pulse: «La terrible masacre que ha tenido lugar en Orlando, que ha causado numerosas víctimas inocentes, suscitó en el papa Francisco y en cada uno de nosotros, sentimientos muy profundos de execración y condena, de dolor, de confusión frente a esta nueva manifestación de una locura homicida y de un odio sin sentido«.

¿Dolor? ¿Execración? ¿Condena? Francisco, somos millones los que estamos esperando que, de verdad, condene la homofobia, que mande callar a Reig Pla y al Opus Dei y a Hazteoir. ¿Condena? Lo tiene fácil, Santidad, muy fácil. Un solo gesto y evitará un río de daño. Abra el balcón de la Plaza de San Pedro. Abra sus brazos y diga, claro y alto, que todas las personas somos iguales. Que todas tenemos el mismo derecho, incluido el colectivo LGTB+, a amar, a tener hijos, a formar nuestra familia, a vivir y reír bajo el sol que Dios creó. Diga que cualquiera que considere la homosexualidad como algo malo, va en contra del Amor de Dios.

Francisco, condene asesinos y rece por los muertos. Pero, ¡por Dios!, alce la voz por los vivos. Esos que ahora están siendo maltratados por culpa de las palabras de muchos “siervos del Altísimo”. Y no olvide, nunca olvide, que la homofobia es un crimen que, en cualquiera de sus manifestaciones, mata. Permitirla vivir, crecer y extenderse es un crimen contra la Humanidad. Pararla es prioritario. O se estará ayudando a generar, aquí, otros Omar Mateen. Otros asesinatos por odio. Por homofobia.

 

Ver: Las otras tragedias de la historia LGTB

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