“Es que los jóvenes están por todo menos por lo que tienen que estar”, “No les interesa su futuro”, “Sólo están pendientes de la novia, del novio, de salir con los amigos y del whatsapp”. “Cómo se nota que no han hecho la mili, que no han trabajado, que no han pasao la guerra, que no han pasao hambre”. “Los jóvenes de ahora tienen de todo y no valoran nada”.

Los jóvenes y adolescentes no son ni peores ni mejores que antes. A menudo asociamos la ansiedad, la apatía, la violencia, la confusión o la rebeldía con actitudes, sentimientos y emociones propias de la etapa adolescente. No todos los jóvenes desarrollan estas actitudes, y existe una explicación. Dejemos de fijarnos por un momento en lo que hacen o dejan de hacer y miremos el cómo y el porqué. Las actitudes, sentimientos y emociones juveniles son sólo el reflejo de una serie de necesidades descubiertas. Lo realmente inquietante es que muchos de nuestros niños y jóvenes no tengan a nadie que les enseñe a gestionar y comunicar sus emociones de forma asertiva. Es entonces cuando las exteriorizan de una forma a menudo poco respetuosa primero consigo mismas y después con las demás. Porque no saben. Porque nadie les ha enseñado. Se desconectan de la vida y de la felicidad cuando no se sienten escuchados y acompañados, cuando se sienten incomprendidos, cuando se sienten frustrados e impotentes, cuando sienten que su opinión no importa, que no pueden tomar decisiones, que han de someterse a unas normas que a menudo no entienden, que son demasiado mayores para ser niños y demasiado niños para ser mayores.

Seguimos inmersos en un sistema educativo que prioriza la formación académica por encima de la formación emocional. Y sin formación emocional no hay madurez. Aprender a gestionar la ira, la frustración, la rabia, el no, la impotencia. Aprender a identificar los propios sentimientos —agradables y desagradables— y a asociarlos con necesidades —cubiertas o descubiertas— para emprender estrategias respetuosas con uno mismo y con los demás. Hemos dejado este aprendizaje en manos del azar, de los padres (a quienes nadie enseñó y tuvieron que aprender por sí mismos), del ensayo-error y de los golpes que a cada uno le vaya dando la vida. Y no es suficiente. Y nos quejamos y criticamos a los chavales. Se merecen y necesitan nuestra atención, nuestra escucha libre de juicios, nuestro respeto y cariño, nuestra flexibilidad para dejar que aprendan, nuestra consideración. Ellos no nos pertenecen ni nos deben nada, somos nosotros los que debemos acompañarlos y serles útiles para que mejoren un mundo en el que no hemos sabido más. Somos muy rápidos poniéndoles etiquetas y normas, juzgándolos y diciéndoles lo que han de hacer y lo que es lo mejor para ellos, o acatando sus exigencias y satisfaciendo sus deseos para que haya paz y tranquilidad.

Motivarles y animarles a construir, establecer límites basados en criterios razonados y pactados, no en exigencias y normas de lo que a ti te gustaría o lo que tú crees que debería. Porque esos exámenes los hará él, y para superarlos los tendrá que estudiar él y sólo él. Porque quien se pondrá el despertador para levantarse pronto será ella, y no lo hará solita hasta que se decida y se comprometa consigo misma. Podrás ir cada día a despertarla a las 7 de la mañana, pero así sólo habrás conseguido tener un hijo o una hija que necesitará de otra persona cada vez que quiera madrugar. No habrá aprendido nada. La clave es que el joven participe activamente en el diseño de su propio horario, que se comprometa consigo mismo y se responsabilice. Y a nosotros nos toca acompañar, escuchar y compartir nuestra experiencia. Y a veces nos tocará aceptar puntos con los que no acabamos de estar de acuerdo, pero merece la pena probarlos y si es necesario más adelante reconducirlos. El joven y los seres humanos en general no soportamos vernos sometidos ni mandados.

Y sin embargo, parece que sus preocupaciones no vayan más allá de quién está en línea en el chat y no le habla, de si no le han metido en un grupo de whatsapp, de si aquel tiene más músculos, de si necesita novio o novia o de tener el pelo como esa o la de más allá, de estar delgado, de tener más pecho, de tener esas bambas nuevas, tener fotos como las que se hace fulanito, poner los tuits adecuados para que todos le retuiteen.

¿Y sabéis qué? Que son iguales que nosotros. Viven absortos en su realidad psicológica. En aquello que les acontece y les implica estrictamente a ellos. La paz en el mundo, el futuro, las enfermedades, la mortalidad infantil, la tasa de paro o el calentamiento global son temas demasiado lejanos. No depende de mí, se dicen. Decimos. Es cierto. No depende de ti, depende de todos. No se trata de asociarse a Greenpeace ni de pagar la cuota de una ONG. Se trata de que aprendamos a vivir de forma respetuosa con uno mismo y con los demás. Se trata de que nuestro bienestar no dependa de personas o cosas. En el caso de los adolescentes: de que su bienestar no dependa de si tienen la ropa a la última, ni de si pueden salir de fiesta, de si tienen músculos o de si son populares, por ejemplo. Y en el caso de los adultos, lo mismo: no se trata de los ceros que hay en una cuenta, de si se te cae el pelo o has engordado, ni del coche que quieres, ni de si tu pareja te quiere o te abandona.

No. Tu bienestar, tu felicidad, tu autoestima está dentro de ti. Puedes decidir no buscarla porque es un camino difícil y largo. Porque implica responsabilizarse realmente de uno mismo y dejar de culpar a los demás y al exterior de todo lo que nos ocurre. Puedes decidir sustituirla por personas y por cosas, pero nunca tendrás suficiente. Nunca te llenarás del todo. Tendrás una cosa y ya querrás la siguiente. Disfrutarás hoy pero mañana ya no será suficiente. Merece la pena despertar. Madurar (jóvenes y no tan jóvenes) de una vez. Aceptar que ni siempre tenemos razón, que no somos perfectos y que no somos nadie para exigir a los demás que lo sean. Cambiarse a uno mismo y crecer día a día, con humildad, para cambiar el mundo. Merece la pena aceptar que aprender es para siempre, y reordenar la vida en este sentido. Aprender a amarse y respetarse a uno mismo para poder servir a los demás con alegría, incondicionalmente y sin apego. Esa es la clave, la meta y el camino.

César Cidraque Llovet

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